La paciencia, clave para alcanzar tu objetivo

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Un riego de paciencia te dará su recompensa

 

Artículo publicado por Carmen Prada

Esta semana he visto cumplido uno de los objetivos que me había propuesto tras regresar de vacaciones, ver nuevamente en todo su esplendor una de mis plantas que con tanto cariño cuido cada día, pero que en esos días de descanso alejada de casa sufrió la pobre y mucho. Aunque el resto de las plantas sufrieron también la falta de riego, el perjuicio en ellas no fue tanto.

Lo cierto es que cuando vi su estado, recordé ese dicho de todo mi gozo en un pozo… ¡Pero no me rendí! Buena soy yo para eso… Y así lo he hecho, durante todas estas semanas he tenido un cuidado especial con ella y lo he logrado. Sus hojas ya lucen verdes y sus pequeñas flores blancas ya tienen luz propia.

La paciencia dicen que es una virtud, pero desde luego la tenacidad hasta lograr casi imposibles es el resultado de la confianza que uno deposita en sí mismo.

Parece que tanto en nuestra vida diaria como en la profesional, queremos y necesitamos todo ahora y en este momento, y además, si es posible, sin que nos dé muchos problemas lo que se nos ha metido entre ceja y ceja.

Es una cadena de impaciencias, las empresas quieren los resultados que ellas mismas marcan, ¡ya, sin demora! Sin pensar que entre objetivo y objetivo marcado y alcanzado hay personas. Personas que para algunas empresas son números, no piensan en lo que pueden necesitar, y en muchas ocasiones no se paran a escuchar lo que está fallando para lograr ese resultado esperado de ellos, simplemente porque todo corre mucha prisa, no hay tiempo… Y si algún profesional no da la talla enseguida, o en el tiempo que la empresa tiene estipulado como “plazo de cortesía” para que el profesional funcione independientemente de sus características, valores, atribuciones, aportaciones… ¡A la calle! Al final, son meros números.

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Las reglas o normas tan rígidas y universales que tiene cada empresa, no se adaptan a los trabajadores, son cada uno de ellos los que se deben adaptar a la empresa y en tiempo récord. Me reitero en algo en lo que siempre he creído, es muy injusto tratar a todas las personas por igual.

Con lo cual se quieren resultados ya, líderes ya, trabajadores estrella ya, equipos que despunten ya, ser empresa líder en ventas en tu zona ya, tener una buena reputación ya, crecer ya… ¡Y todo ya! ¿Pero qué sucede cuando no llegan los resultados en el tiempo esperado, básicamente porque no hemos trabajado cada día para obtener los resultados óptimos? Llega la frustración y la señalización de culpables.

¿No creéis que hay una gran falta de comunicación en las empresas? Para que lleguen los éxitos, debemos tratar a las personas como personas, formarlas, hacerles sentir partícipes incluso de los objetivos a marcar, que se sientan importantes, que tomen la iniciativa en muchos casos, que se les escuche y atiendan sus necesidades… Incluso negociar con ellos los incentivos, las comisiones, premios… De este modo se sentirán más involucrados para conseguir los logros, y al mismo tiempo se obtendrían profesionales, pero profesionales de tu empresa.

La impaciencia, casi siempre en la vida viene acompañada de derrotas. Todo en esta vida hay que trabajarlo, requiere esfuerzo, dedicación y tiempo.

Y en nuestra vida personal, qué decir… El ascenso, renovar el coche, cambiar el teléfono, todo sin demoras, que tus amistades te respondan siempre y ya, vamos a un restaurante y nos tienen que servir sin esperar… Vivimos en una permanente presión que nosotros mismos nos creamos. En muchas ocasiones colocamos nuestras expectativas demasiado altas, pensamos que la mayoría de las cosas se nos tienen que otorgar en la vida porque sí, no aceptamos los noes por respuesta y además no damos tiempo a la argumentación de la misma. Y todo en nuestra vida tiene que ser ya, ya y ya.

¿Qué nos sucede cuando las cosas no llegan cuándo y cómo esperamos? ¡Otra vez aparece la frustración! Y entonces vuelvo a reiterar que practiques la paciencia en tu vida.

Hay que sembrar para recoger, ser educado para recibir lo mismo, saber esperar a que lleguen las cosas cuando tengan que llegar, no presionar a los que tenemos a nuestro alrededor con nuestros propios propósitos irreales, ser paciente con quien lo lleva siendo tiempo contigo, ser ambiciosos pero sin caer en la precipitación y el agobio, disfrutar de los momentos que la vida nos regala. Y todo, con una dosis de la bella virtud llamada paciencia.

Mi planta está hermosa, es mi orgullo, logré mi mini-objetivo con cariño y un chorro fresco para ella de mucha paciencia y cariño. Todo ese esfuerzo me lo devolvió con sus pequeñas y frágiles flores blancas, que lucen como nunca.

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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No temas sacar lo mejor que hay en ti

 

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No temas volar…

 

 

Artículo publicado por Carmen Prada

Hoy no voy a comenzar con una gran cita de alguien célebre, sino con la de una humilde servidora. Una reflexión envuelta en cita en la que creo firmemente y es la siguiente, “hay mucho más talento oculto y tímido, que el que se divulga o presume”.

¡Sin duda así lo creo! A mi alrededor y a lo largo de mi vida, si hago memoria me vienen a la cabeza personas inteligentes, capacitadas, creativas y resolutivas. Lo que es lo mismo, talentosas. En muchos casos aún no han llegado a explotar todas esas aptitudes, y quizá la mayoría no lo hagan nunca, simplemente porque no se lo creen y su conformismo les lleva a no salir de su hábitat natural. Se pueden copiar o plagiar muchas cosas, el talento personal, jamás.

Con talento se nace, eso es cierto, pero el talento se trabaja, se cultiva día a día para poder llegar a alcanzar metas u objetivos brillantes. Las personas exitosas son aquellas que consiguen desarrollar sus potencialidades innatas, no son autocomplacientes por saberse capacitadas para algo en particular, sino que utilizan esas capacidades para crecer, mejorar, sacar lo mejor de sí mismas y alcanzar cumbres personales y profesionales que sin ese proceso no alcanzarían, lo cual supondría echar a perder los dones que la naturaleza les ha otorgado.

No te conformes con ser uno más de un grupo de trabajo, uno más en el mismo puesto que llevas ocupando años, uno más que siempre se postula en lo que estima la mayoría, que se suma sin abrir la boca a lo que el resto acepta, no seas de los que piensa que “es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer”… ¡Sencillamente no seas uno más, cuando puedes ser “lo más”!

Recuerda, se pueden copiar o plagiar muchas cosas, el talento personal, jamás.

Si crees que no eres una persona con las características antes mencionadas, piensa por un momento y contéstate a ti mismo, sin miedo y con humildad.

  • ¿Eres de los que se muerde la lengua porque cree que hay posibilidades en un nuevo proyecto, en un reto marcado y el camino tomado no es el correcto?
  • ¿Has creído en tus posibilidades o en las de un compañero o equipo y no te pronuncias porque crees que de nada serviría?
  • ¿Eres de los que conoces tus limitaciones y las tienes claras, pero temes decir “no” a una propuesta por si dejan de creer en tus posibilidades?
  • ¿Crees que el no echar “balones fuera” es la mejor opción, y por ese motivo te valorarán más por asumir tus errores?
  • ¿Escuchas en vez de oír porque lo ves como la mejor opción para comunicarte con los demás, además de creer que es la más efectiva?
  • ¿Acostumbras a creer en el trabajo en equipo ya que sientes que con él se llega más lejos y se alcanzan mejor y antes los objetivos?

 

Si las respuestas a estas preguntas son afirmativas, disculpa que te diga que ya es hora de que salgas de “tu escondrijo” y empieces a sacar la cabeza y poco a poco cada una de las partes de tu cuerpo, ya que te estás perdiendo lo mejor de ti. ¿Qué es lo mejor de ti?

  • Tu objetivo lo tienes claro, tan claro como cuál es el camino a recorrer y la meta a alcanzar. Nadie te va a despistar y además los que te rodean lo saben.
  • Eres optimista, asumes los desafíos porque crees que sin retos no hay éxito. Crees en tus posibilidades, en las de la gente que te rodea y ese es el motivo que te hace seguir adelante.
  • Eres una persona realista a la vez que humilde, conoces tus limitaciones y no vas a asumir aquello para lo que no te ves capaz. ¡Vas a ganar mucho a corto y medio plazo! Solo el tiempo te lo devolverá.
  • Eres perseverante, no pones excusas ni justificas tus errores. No te rindes y luchas todos los días por eso que te has propuesto. ¡Pronto tendrás tu recompensa!
  • No entiendes tu vida sin una buena comunicación. Eres una persona que sabes ofrecer tu ayuda, pero de forma clara, sin esperar nada a cambio, sabes pedir, sabes decir que no, y sobre todas las cosas, sabes escuchar. ¡Es un pilar básico en tu vida!
  • Fomentas compromiso en un equipo de trabajo, crees que es la mejor herramienta para llegar mejor y más rápido a la meta.

 

En resumen, ¿por qué tienes miedo a mostrar tu talento? No pongas excusas, no es demasiado tarde. No digas que a estas alturas no te servirá de nada. No seas vergonzoso y que esto te lleve al estancamiento. La humildad es una gran virtud y cuando se potencia con otras hace a uno más grande. No temas solapar a tu compañero, poner a la defensiva a tu superior por esa capacidad que él no tiene pero sí presume, porque al final al que estás perjudicando es a ti mismo. Si piensas que alguien te va a decir “eres el mejor candidato para el puesto por tu talento”, olvídalo,  porque aunque lo tengas no lo estás mostrando…

Solo veo dos posibilidades por las que no lo explotes, porque temes salir de tu zona de confort o simplemente porque no te lo crees.

Si es la primera, ¡fuera de ella! ¿Es que no te das cuenta que son muchas las personas que pagarían por lo que tú tienes? No lo deseches, o quizá cuando te arrepientas sí sea verdaderamente demasiado tarde…

Si es la segunda, quizá estás rodeado de personas que tampoco lo han apreciado, o puede que “tampoco les convenga”, confía en ti, eres inteligente… También te digo que sería bueno el hecho de que trabajaras tu autoestima, ¡créetelo, tienes algo que no está al alcance de cualquiera!

Y tú, empresario, cargo intermedio, responsable de RR.HH., ¿percibes el talento de tus trabajadores, colaboradores o posibles candidatos a ello? ¿Lo aprecias y premias? ¿Intentas potenciarlo para que esté en todo su esplendor y se pueda contagiar? ¿Sabes sacar lo mejor de una persona talentosa? ¿O eres de los que las dejas ir?

 

«Nadie respeta un talento que está oculto».

                                                             Erasmo de Róterdam

*Autora de la fotografía, Carmen Prada

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Recuperar la ilusión de aquellos maravillosos años

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Artículo publicado por Carmen Prada

Estos días he tenido la oportunidad de compatibilizar la atención debida a mi trabajo con la posibilidad de estar cerca del mar, el cual me apasiona y relaja, y puedo dar fe de que cuando uno ama lo que hace, no le supone ningún sacrificio meter en la maleta junto al bikini el ordenador, la libreta y la agenda.

He podido profundizar en inquietudes, pensamientos, preocupaciones… de algunas personas, las cuales han sido una fuente de información e inspiración que agradezco muy sinceramente.

En concreto me quiero centrar en una en especial, una mujer que conozco desde hace un año, y que cuando se trata con ella es fácil intuir lo mucho que puede dar y ofrecer a los demás. He tenido la gran suerte de poder charlar con ella largos ratos de temas variados, siempre interesantes y muy humanos.

Os pongo en situación, regenta junto a su familia un hostal, que en Galicia están denominados pensiones –algo que también ella me aclaró- , se le ve la cabeza pensante, pendiente de todo, y lo que sí confiesa es que es muy perfeccionista, maneja la cocina como pocas personas, sabiendo sacar partido a los ingredientes de manera que siempre se disfruta de sus exquisitos platos sin necesidad de sofisticaciones, pues su esencia es la comida casera aderezada de cariño y sapiencia. La cocina es un espacio en el que se mueve como pez en el agua.

En una de esas conversaciones surgieron preguntas realizadas por mí, y en este caso sin buscar respuestas concretas, pero realmente me volvió a sorprender. Mi lectura entre líneas da para mucho, e intento trabajarla y explotarla al máximo, es algo que me ha caído del cielo y lo siento como un regalo.

Hablando sobre todo del trabajo, le pregunté si le gusta la cocina, ya que dado el resultado de todo lo que sale de sus manos… A lo que ella con mucha humildad y sinceridad me confesó: “Carmen, cuando algo que te gustaba con los años se vuelve una obligación, llega un momento en el que ya dejas de disfrutar del mismo modo”.

En ese mismo momento para mis adentros pensé, uuufff, tema muy importante, ya que tendemos a tratar de lo bien que se siente uno cuando ama, disfruta, se apasiona con lo que hace, pero no del caso contrario. Del mismo modo que yo he reflexionado acerca de la respuesta que me dio, os dejo la pelota en el tejado y os pregunto, ¿qué os dice su respuesta?

Seguramente son muchas las personas que se sienten identificadas con esa situación. A todos los que lleváis años en el mismo puesto de trabajo, a los que vuestro oficio os resulta rutinario, a los que ya lo hacéis de manera mecánica, casi como autómatas, a todos los que su ocupación laboral no le reporta ninguna inspiración o aspiración, me voy a atrever a hacer las siguientes preguntas, preguntas que todos nos deberíamos hacer, sea cual sea nuestra situación:

  • ¿por qué se llega a ese punto?
  • ¿Puede haber remedio a esa situación?
  • ¿Cómo encontrar la motivación cuando se ha perdido?
  • ¿El trabajo se sigue haciendo con tanta profesionalidad como al principio?

Me encontré con todas estas preguntas de golpe y me dije que esta vez quiero, si es posible, que a todas ellas le dé respuesta alguien que lo esté sufriendo.

No pude evitar en la siguiente conversación comentarle que esa frase me había hecho reflexionar mucho acerca del tema, y si era posible me gustaría mucho que ella misma diera respuesta a unas preguntas, y sin saber aun cuáles eran,  en seguida me dijo “será un placer, Carmen”, cosa que le agradeceré siempre. Voy a enumerar sus respuestas, según el orden de las preguntas anteriores y de manera textual:

  • “todo se vuelve muy mecánico y monótono, es una situación que llega a provocar mucho sacrificio, dejas a un lado tu vida personal y renuncias a muchas cosas de las que antes disfrutabas”.
  • “Sí, dedicándose más tiempo y cuidados a una misma. Saliendo así de la rutina”.
  • “No sigues del mismo modo motivado, no encuentro motivos”.
  • “Yo sí lo intento y creo que sí”.

Tengo que apuntar a esta última respuesta, que no es que lo haga bien, es que lo hace estupendamente.

Al finalizar este cuestionario, me confesó: “Carmen, jamás me había cuestionado ninguna de estas preguntas”. Acto seguido me comentó que después del verano iba a hacer algún cambio, por pequeño que fuese, con respecto al modo de gestionar este tema.

Llego a la misma conclusión a la que he llegado tantas y tantas veces, ¿por qué no nos cuestionamos lo que vivimos?, ¿cómo lo vivimos?, ¿por qué estamos o llegamos a determinadas situaciones?, ¿qué cambiaríamos en nuestras vidas? Y una vital y quizá la más importante, ¿nos queremos lo suficiente como para dar lo mejor de nosotros a los demás?

Confieso que os dejo demasiados deberes en esta ocasión, pero del mismo modo que he dejado estas reflexiones en el aire, me las he cuestionado yo personalmente.

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Ana y sus pies descalzos (1ª Parte)

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Relato publicado por Carmen Prada

A sus siete años de edad, Ana era ya consciente de que algo le diferenciaba del resto de personas que de un modo u otro le acompañaban cada día.

Había nacido en el seno de una familia muy humilde. Sus padres, tanto a ella como a su hermana Magdalena, que acababa de cumplir veinte años, le habían inculcado todos los valores y principios que unos padres honestos, honrados y sensatos podían transmitir a sus hijas.

La familia vivía en una hermosa localidad en la costa asturiana, Llanes. Sus calles empedradas, sus estupendas playas y sus paisajes protegidos hacían que fuese una atracción turística, por lo que todo el año, pero especialmente en verano, el lugar se llenaba de visitantes.

A Ana le encantaba mirar a través de la ventana de su habitación y observar cómo la gente deambulaba por la calle, nadie parecía tener prisa, sus caras desprendían alegría, despreocupación… Y eso a ella de una manera inconsciente le producía calma. A menudo disfrutaba con el bienestar del resto de las personas, y es que este hecho le producía una paz interior que sin percatarse de ello, le dibujaba una sonrisa en su rostro.

Aun con su temprana edad, continuamente le surgía la misma duda, ¿Por qué mis compañeros de colegio, mi familia, los turistas van siempre calzados? Y lo cierto es que, este hecho le diferenciaba del resto de las personas.

Ana recordaba haber caminado siempre descalza y no encontraba una explicación. Porque al igual que a sus compañeros, le hubiese gustado estrenar sandalias, o calzar esos zapatos que no podía evitar de una manera fervorosa pararse a observar cada día ante el escaparate de la tienda que estaba a pocos metros de su casa.

Caminar descalza hacía que sus pies padeciesen, aunque era una niña con mucha vitalidad, fortaleza y buena salud, así que acostumbrada como estaba lo sobrellevaba bastante bien. Lo peor era cuando llegaba el frío o la lluvia, ya que sus pies se volvían más vulnerables, el frío le causaba muchos picores y la lluvia le provocaba una mayor sensación de cansancio aun cuando estaba en un lugar resguardada y con calor.

Ana era de otra pasta, y rápido se reponía de estos pequeños calvarios que le producían sus pies descalzos, aunque quizá por su edad no llegaba a comprender por qué ella. Aunque sí es cierto que había asumido y además con valentía “su misión”, la de andar descalza por la vida.

Era una niña inquieta, y un domingo en medio de la comida familiar se le ocurrió en la mesa preguntar a sus padres; “¿por qué todos vais con vuestros zapatos y yo tengo que caminar siempre descalza?” Su madre tomó la palabra y le respondió; “hija, todos en la vida hemos venido con una “misión” bajo el brazo, es pronto para que lo comprendas, eres joven aunque lista, pero en cualquier momento te darás cuenta cuál es la tuya…”

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Tú decides quién quieres ser

 

 

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Imagen cedida y proveniente de un trabajo realizado por Salvi Design

 

Por Carmen Prada

Una de las costumbres que, el que más o el que menos, tiene a primera hora de la mañana, cuando uno salta de la cama y apoya el primer pie sobre el suelo, por un motivo u otro es darse de frente con un espejo. A esas horas sólo pensamos: “si alguien viese con qué cara me he levantado”, “menudo pelo, esto no hay por donde cogerlo”, “esta arruga no la tenía ayer”… Pero a medida que va transcurriendo el día nos volvemos a encontrar con nuestro compañero, el espejo, en cualquier momento, como cuando nos retiramos a retocar el lápiz de labios, lavarnos las manos, cepillarnos los dientes, a desahogarnos por una desafortunada compañía… Y cuando el día llega a su fin, y las mujeres lo buscamos para extendernos la crema de noche y los hombres a indagar en la última cana que ayer no tenían, entonces es ahí, en ese preciso momento, cuando nos damos cuenta que lo que estamos viendo no es lo que hace horas habíamos observado.

Personalmente pienso que hay dos tipos de personas. La primera, aquella que le gusta prácticamente siempre lo que ve, y si algo no le encaja mira en otra dirección, pensando: “es lo que llevo viendo toda mi vida y no lo voy a cambiar ahora, al que no le guste que no mire”. Y es cierto, a estas personas ni con lejía. ¡Nadie las va a cambiar! Y el que pretenda hacerlo se sentirá frustrado una y otra vez.

La segunda, es aquella que con bastante frecuencia, lo que ve no le agrada. Ésta es consciente de que podría ser más dulce en su vida personal, o buscar ese tiempo que nunca tiene para escuchar a un amigo, tener la capacidad de comprometerse más en su trabajo, cumplir aquellas promesas que siempre se quedan en eso, quizá arreglarse físicamente para gustarse más, devolver una llamada perdida que nunca devuelve, dedicarle a la familia un poco por lo menos de lo tanto que ésta le ha dedicado… Pero también es cierto que a este tipo de personas, y no a las primeras, es a las que más difícil les resulta prácticar “deportes” como es el auto-beso y el auto-abrazo. ¿Alguna vez lo habéis practicado?

Debemos valorarnos, reconocernos y pronunciar públicamente del mismo modo nuestra satisfacción por lo bien hecho, las alegrías, el orgullo de un triunfo, una meta alcanzada y todo aquello bueno y mejor que nos suceda, sin esperar a que alguien lo haga por nosotros. Esto no es soberbia, altanería, arrogancia, sino humildad, comenzando ésta con llorar cuando debemos hacerlo, pero también celebrarlo cuando existan motivos para ello.

Alguna vez he puesto en práctica dicho “deporte,” y le digo a quien en ese momento lo precisa (y entre ellas me incluyo): “da infinidad de besos a una de tus manos, y cuando en ella no tenga cabida ni un beso más, llévatela a la mejilla y date todos esos besos que de ti venían,” todos terminan sonriendo.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto querernos y a la vez nos gusta tanto fustigarnos? Pon en marcha esa frase que tanto escuchamos o hemos dicho alguna vez los que somos futboleros, “hay que saber perder pero también ganar”. Afrontemos las pequeñeces que cada uno tenemos con humildad, compromiso, tenacidad, inconformismo… Pero eso sí, sin mirar a otro lado, y cuando tengamos algo que celebrar… muéstralo, compártelo, hazlo saber y sobre todo, ¡gústate mucho!

Hace ya unos cuantos años uno de los más grandes como fue Albert Einstein, dijo algo que no ha pasado de moda ni pasará: “si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo”.

Perdonémonos a nosotros mismos para así querernos y, una vez lo hagamos, tendremos la mejor versión de nosotros. Así lograremos ser quien deseamos. Tú decides quién quieres ser…

 

 

 

 

 

Carmen Prada/ Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

 

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Tú que te crees un crack, ni ganar ni perder sabes…

 

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Artículo publicado por Carmen Prada

 

Ha terminado la Liga y llegan las finales de las diversas competiciones futbolísticas, y con ellas los respectivos ganadores y perdedores. Los balances de algunos importantes equipos están aún por determinarse.

Después de ver todo el “espectáculo,” y no precisamente futbolístico que ha recorrido todos los medios de comunicación durante estos días, tengo que decir que las diferentes parodias que se han mostrado me han causado un auténtico y lamentable hastío.

Me dan igual los colores, la localización, el capital social e incluso los fanatismos, sencillamente después de todo esto y una vez más, he llegado a la conclusión de que en esta vida no sabemos perder, es cierto que resulta duro asumirlo, pero parece ser que tampoco sabemos ganar…

Y es un nunca terminar, porque miras a la política y otro tanto de lo mismo…

¿Por qué no somos capaces de disfrutar de nuestros logros y victorias? ¿Por qué nos tenemos que recrear en los derrotados para gozar más? ¿Por qué cuando perdemos, enseguida echamos balones fuera (nunca mejor dicho)? ¿Por qué nos cuesta tanto asumir los errores? ¡En fin, es el cuento de nunca acabar!

Lo que realmente me entristece es que la sociedad haga eco de estas situaciones, porque al final me da la sensación de que en el fondo “todos estamos cortados por el mismo patrón,” y sin necesidad de tener un balón de por medio…En el deporte diríamos que es falta de deportividad, pero en otros órdenes de la vida es falta de elegancia y saber estar.

Si esto lo llevo al mundo empresarial y profesional, sucede algo muy parecido. Quizá estamos pasando por una mala racha que como se suele decir actualmente a menudo, “no sé si de ésta saldremos”, pero parece que si al de la competencia le va aun peor, nuestra crisis milagrosamente ya no lo es tanto. Estamos más pendientes de la bancarrota  de la competencia que de nuestros propios objetivos alcanzados en el último mes, sencillamente porque no sabemos disfrutar de nuestros éxitos, pero eso sí, celebramos con confeti una mala noticia que nos traigan de quien nos merma negocio.

No me sorprende, ¡esto es España! No nos damos cuenta o no lo queremos hacer, que todos necesitamos de todos. Las empresas cierran, los concursos de acreedores destruyen montañas y montañas de empleos, las colaboraciones disminuyen, los trabajadores dejan de profesionalizarse, las situaciones personales cada vez son más precarias, los bancos no dan créditos… ¡pero nosotros no tenemos nada que ver! Y lo arreglamos diciendo que “esto únicamente es cosa del Estado, ellos son los culpables.”

La envidia es muy mala consejera, la deshonestidad no debe ser nuestra carta de presentación, la falta de humildad nos hace mediocres… ¿No te has parado a pensar que quizá en algún momento tengas que llamar a la puerta del que tanto criticabas? Esta vida da demasiadas vueltas, y nosotros no estamos preparados para girar.

Gracias a Dios que hay gente que me corrobora en muchas ocasiones que en esta vida no todo es de un solo color, porque soy de las que creo que ni todo es blanco ni todo es negro, aunque la reiteración de ciertas situaciones ya me haga por minutos hasta dudar.

Hay un lugar especial para mí en Ponferrada, un lugar de encuentro con los amigos, un lugar de reflexión, para disfrutar de grandes productos sobre todo de la comarca y que te aleja de la rutina… Además de un lugar en el que me siento muy bien acogida y rodeada de grandes profesionales. El negocio lo trabajan ellos mismos, los propios dueños, de ahí su empeño y tenacidad en que nada falle ni falte, y que la calidad en general sea su Marca Personal. Se trata de una Vinoteca y Tienda Gourmet. Hace pocos días, a escasos metros de ésta, se abrió un local de similares condiciones, con personal cualificado para la atención al cliente, pero con una calidez diferente, no es lo mismo… Aunque tengo que decir que es un lugar con un encanto especial por el gusto, sobre todo en la decoración y en la calidad de los productos.

Días atrás y con la confianza que tengo con la propietaria del primero, le consulté si la apertura de ese nuevo local le estaba causando algún agravio, ya que es una competencia directa. Su respuesta no me sorprendió, y no me sorprendió porque la conozco, es una profesional y empresaria de los pies a la cabeza, además de una gran persona. Su respuesta fue: “qué va, Carmen, cuantos más negocios haya por la zona más afluencia de personas. Al ser locales similares y con un tipo de clientela específica, las personas que salen del nuestro se van allí, y las que salen de allí vienen al nuestro. ¡Al final todos salimos ganando!”.

Respuesta, ¡chapó! Alguno se hubiera echado las manos a la cabeza, yo pensé, ¡no estoy loca, no soy la única que piensa en el bien recíproco!

No vivas de las falsas apariencias, tampoco que tus mayores alegrías vengan por parte de la competencia, no eches culpas fuera cuando te juegas el todo o nada en el último partido, deja de una vez por todas el juego sucio, no levantes trofeos dedicándolos al que juega en el equipo contrario, y mucho menos tires de hemeroteca porque un día puedes quedar retratado.

Disfruta de tus triunfos, y en la celebración solo recuerda los motivos que te han llevado a ese momento para intentar levantar más copas…

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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La gota que colmó el vaso…

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Por Carmen Prada

De repente algo trastoca nuestra rutina diaria, esas pequeñas costumbres de cada día que nos sumergen en nuestra aburrida monotonía, y es que un día sucede algo, que puede ser lo más insignificante del mundo, pero que hace que el vaso se desborde. Ese vaso que teníamos prácticamente lleno a falta de nada para colmarlo. Y nos damos cuenta que algo nos sucede.

Forzamos y estiramos nuestra cuerda, nos creemos todopoderosos, pensamos que llegaremos a todo y a todos, y de pronto y sin darnos cuenta, ese pequeño y minúsculo golpe que se curaría con una simple tirita nos lleva al quirófano.

Con toda seguridad sería más conveniente, sano, coherente, sensato… hacernos revisiones interiores periódicas para no llegar a esos extremos. La fortaleza física y mental de un ser humano muchas veces supera lo imaginable, pero también recibimos pequeños avisos cuando sentimos que algo no va bien, quizá nos damos cuenta que nuestra mente no funciona tan ágilmente como tiempo atrás, o nos cuesta levantarnos hasta cuando empieza un nuevo día. Entonces pensamos que es algo pasajero, que pronto volverá nuestra mejor versión, y nos colocamos un velo en los ojos para recurrir a las famosas frases como “es que no paro en todo el día”, “es el estrés”, “tengo demasiadas cosas en la cabeza”, “a ver si llega el fin de semana porque no puedo con el cuerpo…”

Nuestra mente es más precavida que nuestra voluntad,  y le manda señales a nuestro cuerpo, aunque previamente es nuestro interior, ahí donde reside nuestro yo más íntimo el que ya ha apretado el “timbre rojo”.

Evidentemente que hay que ser valiente, atrevido, autocrítico, por momentos egoísta, pero además de todo esto muy muy humilde para hacer un alto en el camino. Estoy segura que prácticamente todos nos hemos encontrado en esta tesitura, pero, ¿por qué siempre buscamos excusas para no hacer una parada y mirarnos por dentro? ¿Por qué no pensamos si el camino que llevamos es el que precisamente nos está minando las capacidades? ¿Qué es más importante, la salud física y mental o las facturas del mes que hay que pagar? ¿Nos preguntamos si disfrutamos con lo que hacemos, y lo vemos como nuestro prometedor futuro?… ¿O más bien lo que tememos encontrar es una respuesta que nos quiebre por dentro y esa posibilidad nos da terror? Puede que no seamos capaces de enfrentarnos a las pobrezas de nuestro interior sin ayuda, y debamos empezar a replantearnos todo esto desde la gran virtud, la puerta de la sabiduría por excelencia del ser humano, la humildad.

¿Nos duele encontrarnos con nuestras zonas más oscuras? ¡Claro que sí! Pero peor es no haberlas enfrentado y morir sin darnos la oportunidad de iluminarlas.

En mi caso, cuando siento estos “toques”, hago una parada en el camino, para mirarme dentro, hacerme preguntas y encontrar algunas respuestas, no las encuentro siempre todas, pero ¿quién sabe cuándo será la próxima? ¡Porque después de vivir una experiencia de este tipo, la vas a desear repetir! Mi vaso también se llena, como el tuyo. Te preguntarás, ¿cuáles son los pasos a seguir? Conozco los míos y quizá te puedan orientar; dejar a un lado cosas muy importantes para ti, armarte de humildad y pensar que si no estás bien conmigo mismo, no podrás dar lo mejor de ti a los demás, y para mí eso es vital.

Y os estaréis preguntando, ¿cuándo sientes el vaso al límite? Cuando lloras por cosas insignificantes y te preguntan y no tienes respuestas, cuando lo que hacías con ilusión hasta lo dejas de hacer, sientes que algo ligero como una pluma ahora notas que te pesa  demasiado, cuando la vitalidad y las fuerzas  no son las mismas, y necesitas la soledad más de la cuenta. Pero no nos confundamos, eso no significa que uno sea frágil o débil, sino que son demasiadas las cosas que llevas en la mochila y durante mucho tiempo. ¡Y esto nos sucede prácticamente a todos!

Las excusas son muy recurrentes, no necesitas irte de tu entorno si no puedes o no quieres, ni perderte en el Tíbet o en un paraje de ensueño, solo precisas momentos de soledad interior, silencio y más silencio para que te puedas escuchar, hacerte preguntas sin temor a las respuestas y llorar, seguro que lloras, porque no siempre es grato lo que uno encuentra cuando escarba en su mundo interior, ni darse cuenta del tiempo y oportunidades que tras perderse ya no volverán.

Un buen amigo dice que las personas somos demasiado emocionales y muy poco analíticas, y quizá tenga razón, pero también es cierto que echo de menos y mucho, más dosis de corazón en los demás y menos promesas incumplidas, olvidos, incoherencias, falsedades, disculpas que no se piden, abrazos que no se dan o llegan tarde, manos extendidas… Soy consciente y lágrimas me han caído por ello, que acostumbro a esperar peras del olmo, pero me resulta difícil evitar ser demasiado exigente conmigo misma, y por ello muchas veces soy mi peor enemiga. Ser tan exigente es una opción de vida, quizá la más dolorosa.

Si eres de las personas que das sin esperar, que extiendes tu mano sin que la pidan, si tu hombro siempre está dispuesto, no dejes de hacerlo. Pero no te asustes si sientes un día, quizá en breve, que el vaso se va a llenar… No tengas miedo, porque tú serás de esas personas que lo aceptarás con humildad.

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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