El tiempo es oro

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Por Carmen Prada

Reconozco que desde niña he sido una apasionada de los cuentos, y además, tanto me impregnaba de ellos que me los llegaba a creer de algún modo. Con el paso de los años, me he dado cuenta que muchos de ellos tienen un trasfondo de verdad, o más bien una reflexión a la que nos deberían llevar.

Hace unas semanas, recibí un regalo maravilloso de mi esposo. Un libro titulado Regálame la salud de un cuento, de José-Carlos Bermejo. Confieso que lo estamos aprovechando juntos, pues cada noche al acostarnos él me lee un cuento, y yo lo disfruto como una niña.

El libro está repleto de cuentos que te llevan a la reflexión, son historias breves de diferentes temáticas, pero hasta el momento ha habido uno por encima de todos que me ha llamado mucho la atención. Quizá alguno de vosotros ya lo conozca, pero aun así quiero compartirlo:

“La noche había caído ya; sin embargo, el pequeño niño hacía grandes esfuerzos por permanecer despierto. El motivo bien valía la pena; estaba esperando a su papá. Los traviesos ojos iban cayendo pesadamente cuando se abrió la puerta.

Hijo: “Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?”
Padre: “Sí, claro, ¿qué es?”
Hijo: “Papá, ¿cuánto dinero ganas en una hora?”
—dijo con ojos muy abiertos.

Su padre entre molesto y cansado, fue muy tajante en su respuesta.
“Eso no es asunto tuyo, ni tu madre lo sabe, ¿por qué me preguntas tal cosa?”
Hijo: “Sólo quiero saber, por favor dime, ¿cuánto ganas por una hora?”

El papá contrariado contestó con un simple: “100€ por hora”.
Hijo: “Oh” —
El niño con tristeza agacha la cabeza hacia abajo…
“Papá, ¿puedo pedir prestado 50€?”

El padre se puso furioso: “Si la única razón por la que quieres saber lo que gano es para pedir prestado dinero para comprarte algún juguete tonto, entonces quédate en tu habitación, no salgas y piensa por qué estás siendo tan egoísta. Yo trabajo duro todos los días, como para lidiar con este comportamiento tan infantil”.

El niño en silencio cerró la puerta de su habitación. El hombre se sentó y comenzó incluso a ponerse más enojado acerca de la pregunta del pequeño. ¿Cómo se atreve a hacer tales preguntas sólo para obtener algo de dinero? Después de una hora o algo así, el hombre se calmó y comenzó a pensar: Tal vez había algo que realmente necesitaba comprar con esos 50€, después de todo, el niño no pedía dinero muy a menudo. Así pues, se acercó a la puerta de la habitación del niño y abrió la puerta.

Padre: “¿Estás dormido, hijo?”
Hijo: “No papá, estoy despierto”.
Padre: “He estado pensando, tal vez yo fui demasiado duro contigo. Ha sido un día largo y descargué mi frustración en ti. Aquí tienes los 50€ que me pediste…”
El niño se irguió, sonriendo.
“Oh, gracias papá!” -susurró el niño mientras metía su manita debajo de la almohada y sacaba varias monedas.

Entonces, se levanta y agarra debajo de la almohada unas monedas y unos billetes arrugados. El hombre vio que el muchacho ya tenía dinero, empezó a enfadarse de nuevo. El niño contó despacio su dinero, y luego miró a su padre.

Papá: “¿Por qué quieres más dinero si ya tiene bastante?”
Hijo: “Porque yo no tenía suficiente, pero ahora sí.” –Contestó entusiasmado.
“Papá, ahora tengo 100€. ¿Puedo comprar una hora de tu tiempo? Por favor, mañana ven a casa temprano, me gustaría cenar contigo.”

El padre se sintió acongojado. Puso sus brazos alrededor de su pequeño hijo, y le suplicó por su perdón.

Recordemos siempre, que la mejor inversión de nuestro tiempo es en la familia que tenemos, las personas que tenemos a nuestro lado y en nuestros corazones. Si el día de mañana morimos, en apenas unos breves días habría alguien reemplazándonos en el trabajo; en cambio, para la familia y amigos que dejamos atrás, la pérdida sería eterna. Valora el tiempo que pasas con los tuyos, porque no hay nada más valioso”. Autor desconocido

Esta es una conversación de un hijo con su padre, pero, ¿en cuántas ocasiones “robamos tiempo” a las cosas que son realmente importantes? ¿No nos ofrecemos con la excusa de que “no tengo tiempo para nada”?

Vivimos en una sociedad envuelta en compromisos, en la que vivimos deprisa y corriendo, sin percatarnos de las cosas que realmente merecen la pena y de las personas que precisan de nuestros oídos porque necesitan ser escuchadas.

La falta de tiempo es la excusa perfecta para evadir responsabilidades, responsabilidades de las que en muchas ocasiones simplemente queremos huir. Siempre he escuchado que “el tiempo es oro”, y sin duda, así lo creo. Es uno de los bienes más preciados, y en muchas ocasiones no nos damos cuenta que la vida, las oportunidades, los sentimientos, momentos…, corren y transcurren a la misma velocidad que éste lo hace, dejándonos muchas veces sin cosas a las que en un momento dado no dimos valor. Y lo peor de todo es que puede que muchas de ellas nunca regresen.

¿Has pensado alguna vez cuántas personas estarían dispuestas a pagar por tener un minuto de tu tiempo para que simplemente las escuches?

 

 

 

 

 

 

 

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, Pixabay

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¿Solo reaccionamos cuando hay muertos, o quizá ni así?

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Por Carmen Prada

Quizá lo que escriba a continuación sea un intento de mostrar sensatez y sensibilidad, o más bien, ¿una necesidad imperiosa de dar un grito al aire y expresar mis emociones y sentimientos hacia una realidad social atroz?

Hace poco me encontré en una red social lo que una joven de 13 años había compartido en su muro. Os puedo decir que me partió el alma, pero esta es la realidad en muchos adolescentes y jóvenes, y no la que muchas familias quieren mostrar, o lo que es más grave, desconocen.

“Querida sociedad:
Has cambiado bastante. ¿Por qué? ¿Por qué ahora todos me juzgan? Ellos no saben nada de mí ni de mi vida, ellos no me conocen. Si me visto de una forma, soy una hípster y si me visto de otra voy de moderna. Si twitteo mi vida soy una gilipollas que piensa que a todo el mundo le importa lo que me pase y si no twitteo nada soy una aburrida. Si tengo trece años tengo que fumar, beber alcohol y ser una puta. Y si tengo dieciséis soy una inmadura que no sabe nada. Si soy rubia, soy tonta, si me tiño soy una teñida de mierda. Si me gusta el heavy soy emo, si me gusta el pop soy infantil. Si apruebo todas soy una empollona, si suspendo soy imbécil. Si me gusta un videojuego soy una friki. Si soy fan de un cantante o grupo soy una obsesionada. Si digo palabrotas soy una mal hablada y si no las digo soy una aburrida. Si estoy delgada, estoy anoréxica. Si estoy gorda, estoy obesa…..
Yo creo que ya basta con las etiquetas. Hay gente que le puede dar igual lo que le llame, pero a otra mucha le puede doler muchísimo y puede llegar a hacer cosas horribles y tan solo por culpa de unas estúpidas etiquetas. Cada persona es como es, y eso es lo que la hace única, perfecta y especial. Ser ella misma”.

¡Malditas etiquetas! ¡Dichosos juicios! Lo deja claro en la frase que he resaltado en negrita.

¿Hacer cosas horribles? ¡Claro que sí, y le creo! Y le creo porque cada vez más estamos viendo cómo hay niños que no viven esa etapa, jóvenes que viven una vida que aún no es la que le corresponde, y adultos que no se dan cuenta de nada porque “ya bastante tienen con su propia vida”, para qué molestarles.

Os puedo decir que las tentaciones han existido siempre, las maldades también, pero también es cierto que la forma de afrontar todo ello no es la misma.

Recuerdo que en mi adolescencia muchos de mis amigos empezaron a fumar, ¡siempre dije NO! En el colegio sufrí con una compañera su superioridad física y despotismo, lo intenté afrontar con la mayor entereza posible, aunque una nunca lo olvida. Respecto a los dichosos botellones que tan de moda están ahora, solo participé en dos, y fueron inocentes veladas en la orilla de la playa cuando iba a veranear con mis padres a un cámping, nada que ver con el desmadre actual. Mi hora de llegada aún con 17 años los fines de semana eran las 22 horas, y cuando salía en mi bolsillo solo había 500 pesetas, lo suficiente para pagarme la entrada a la discoteca y comprarme a la salida unas chuches, ¡no daba para más!

Reconozco que en esa etapa de mi vida era una jovencita frágil, pero, ¿sabéis quién me ayudó y me formó para decir NO a muchas cosas? Mis padres, unos padres que no tuvieron la suerte de poder estudiar demasiado, ya que desde muy jovencitos tuvieron que trabajar, pero eso no les ha impedido nunca tener una cultura de valores impresionante.

Vemos en el caso de los adultos noticias que son incomprensibles. Observamos cómo se utiliza la violencia de la manera más irracional, cómo se finge y miente en muchos casos para dañar a otros, estamos infectados de materialismo viviendo en un mundo irreal, cada uno mete la mano en el “saco” en la medida en la que puede, vivimos en una continua tensión por ser mejor que el que tengo al lado, y ya da igual si ese es uno al que llamamos amigo.

¿Y todo esto para qué? ¡Ni idea! ¿Qué intentamos lograr? ¡Ni idea! ¿Por qué tenemos que estar continuamente mostrando un yo monstruoso? ¡Ni idea!

¿Qué estamos haciendo entre todos con esta sociedad? ¡Sí, porque todos estamos colaborando en deshumanizar principios que deberían ser incuestionables! Cada vez parece más “normal” pasar por encima de cualquiera a base de codazos, pisotear los sentimientos y abrir heridas en muchas personas. Incluso hacemos cambiar a base de miedos a determinadas personas porque creemos estar por encima del bien y del mal.

¿Qué estamos consiguiendo? ¡Eso lo tengo claro! Destruir valores, principios y marcar dramáticamente la vida de otras personas.

Los hogares muchas veces son cunas de toda esta deshumanización, ¿qué pretendemos esperar de los más jóvenes?

No comprendo como un chaval de 13 años pueda llevar 50€ en el bolsillo, ¡que a veces ni yo los llevo! Ven con toda normalidad, incluso como un derecho, tener el último móvil que ha salido, bien por no ser menos que sus amigos que ya lo tienen, o bien por poder presumir ante ellos de tenerlo si ellos aún no. Yo no acostumbro a trasnochar, pero cuando lo hago me sorprende ver a las 2 de la madrugada a muchachitos de 13 ó 14 años por ahí. Menudo negocio las tiendas de 24 horas, se forman colas los viernes y los sábados ya a media tarde con jóvenes que la mayoría de ellos no tienen la edad permitida para comprar alcohol. Jovencitas maquilladas que quieren aparentar una edad y una vida que todavía no les corresponde vivir. Precisamente esta semana, ha salido a la luz el caso de una chica de 12 años, ¡12!, que ha fallecido tras un coma etílico en una fiesta de Halloween. ¿Y a alguien le importa? ¿Si no hubiera fallecido se habría comentado en los noticiarios? ¡Miserable hipocresía!

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Y podría seguir, pero, ¿para qué? No hay más ciego que el que no quiere ver.

Alguno estará pronunciando la dichosa frase de ¡es que los tiempos han cambiado! Benditos tiempos anteriores, entonces.

¡Basta de hacer daño impune y gratuitamente!

¡Basta de colgar etiquetas que en muchos casos llegan a destrozar vidas!

¡Basta de buscar víctimas vulnerables para satisfacer egos!

¡Basta de juzgar por la talla de vestir o por el color de tez!

 

Es lógico que se sientan perdidos y confundidos si a diario es lo que vemos en la televisión, por la calle, en casa… Pero entonces, ¿no creéis los adultos que debemos de ser nosotros los que los guiemos? ¡Claro que antes tenemos que volver a retomar valores que nosotros mismos hemos perdido y olvidado!

No me importa la edad que tengas, si llevas gafas o no, si eres rubio o moreno, si eres alto o bajito, si estás delgado o un poquito grueso, me es indiferente si tienes algún problema físico o mental, si te gusta el rock o eres más de hip hop… Lo único que te puedo decir y de todo corazón es que nunca dejes de ser tú para pasar a ser una persona que ni conoces. Vive cada momento como te corresponde, disfruta de la vida según tu edad, vive y deja vivir, respeta y no odies, pero sobre todo, ¡nunca dejes de ser tú!

Los que vengan detrás, te lo agradecerán eternamente…

 

 

 

 

*Fuente de la fotografía, Pixabay.com

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Sencillo homenaje en este 19 de marzo

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Por Carmen Prada

Habitualmente cuando soñamos, y más en los últimos años, como dice el anuncio, “los sueños no son baratos…” Hasta en eso han cambiado las personas, ahora hay que soñar muy a lo grande, en fin…

Mi padre nació en la localidad de Puente de Domingo Flórez, que dista por carretera de Ponferrada 35 kilómetros, y mi madre fue a vivir también para allí muy joven, aunque su origen es gallego. La casa donde mi padre nació y creció fue en la que vivieron sus abuelos, después sus padres la habitaron, y por último mi padre pudo cumplir su sueño, adquirir y reformar esa casa que tanto significa para él y en la que tantas y tantas experiencias ha vivido.

Aun era yo una jovencita, y recuerdo que el sueño a mis padres no le resultó fácil ni barato. Siempre han sido muy trabajadores, generosos en el esfuerzo, no han puesto límites a sus sacrificios, y también han sido soñadores. Claro que no es como en la actualidad, lo comenté en el primer párrafo, ahora soñamos o más bien “antojamos” muy a lo grande… Lo nuestro tiene que ser mejor que lo del vecino, no vayan a pensar que no me puedo permitir lo que quiera, que el coche sea mejor que el de la plaza de garaje colindante, o que podamos presumir como siempre de las últimas vacaciones. ¡Pues no! Eso nunca ha encajado en mi familia.

Soy la mayor de 3 hermanas, siempre me han hablado de la gran humildad de mis bisabuelos, he tenido la gran suerte de conocer de primera mano la de mis abuelos, y desde mi más tierna infancia en el día a día la de mis padres. Tanto por el lado materno como por el paterno, los pilares de la familia han sido los mismos: humildad, sencillez, honradez, sacrificio… Son los valores que nos han legado mis bisabuelos, abuelos y padres.

Ellos soñaron con esa casita, la que es ahora su hogar, ¡claro que sí! Pero sus sueños fueron más allá de algo material, la parte sentimental ganó la batalla a la anterior y con mucho esfuerzo, apoyo y tesón, lograron su sueño.

En ese hogar, nos hemos reunido y unido en momentos duros y tristes, también ha habido bellas confesiones, hueco para horas y horas de charla con mi madre, no nos hemos perdido una celebración navideña o un cumpleaños en familia, la matanza del cerdo o la recogida de uvas… Tantos y tantos momentos que no se pagan con dinero.

Llegado a este punto, ¿cómo no voy a ser soñadora? Lo he respirado en mi casa, me lo han inyectado en las venas, me han enseñado a respetar y actuar con seriedad ante los demás, a llevar por bandera la humildad y la sencillez, he visto cómo ellos han luchado y sacrificado muchas cosas por nosotras y por sus sueños, me han regalado el tesoro más preciado, que es el valor que para mí tiene la familia, por todo ello sé que primero debo soñar con el corazón y después llevarlo a la realidad. ¡Porque sin soñar no se puede vivir!

Gracias a su legado, el legado más difícil, el de la educación y los valores, mis padres me han hecho ver que también hay lazos que no son de sangre, pero en ocasiones son tan fuertes que los sientes como un regalo divino, que te ayudan a crecer de igual modo y acompañarte en la vida, que por momentos hacen de muletas, o te sacan una sonrisa. Me han enseñado tantas cosas, que me siento incapaz de devolvérselas por muchos años que viva. Y, ¿sabéis por qué me gustaría devolvérselo? Porque cada día me doy más cuenta, que el trabajo que han hecho ellos en 39 años con nosotras, no lo veo reflejado actualmente en la sociedad.

Veo unos padres acomodados a las tendencias, con resistencia a renunciar a algo por el hecho de ser padres, a seguir viviendo la misma vida que tenían hasta ese momento, a entender que la educación de sus hijos está en manos de los profesores, a que los hijos estén entretenidos para que molesten lo menos posible, a mostrarse indiferentes ante el dolor humano, a no tener el menor cuidado en cómo se muestran ante sus hijos, a pretender que los cambios de pareja sean vistos por sus propios hijos como algo natural, le dan a sus hijos todo lo que pueden en el aspecto material, y muchas veces no les dan tiempo para jugar con ellos o escucharlos.

Por todo ello, los chicos de hoy están impregnados, o quizá sea más preciso decir contaminados, de materialismo, compiten con el amigo por tener el mejor móvil, no les sirve cualquier cosa para comenzar laboralmente, el concepto de honradez apenas lo conocen, los deberes son demasiados, cuando eso antes ni se cuestionaba, tienen mucha menos tolerancia a la frustración, acostumbrados como están a ver satisfechos sus deseos con inmediatez, y aunque están conectados todo el día al whatsApp y las redes sociales, son muchas veces víctimas de esa epidemia tan de nuestra época, la de sentirse muy solo aun rodeado de un montón de gente.

Es preciso en la vida salir de la zona de confort que supone dejarse llevar por la corriente, y creo muy sinceramente que cada día es más complicado educar a los hijos, porque el ambiente no es que precisamente ayude. No obstante, no podemos perder la esperanza en los jóvenes, el futuro es de ellos, y no es verdad eso de que “cualquier tiempo pasado fue mejor.”

 

Gracias a mis padres por inculcarme tantas cosas que yo resumo en la frase que encabeza este blog, “haz de tu vida un sueño, y de tu sueño una realidad”.

Para terminar, os invito a escuchar una canción que me cautivó en mi juventud, y que continúa emocionándome por lo mucho que expresa su letra.

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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