Vanidad de vanidades

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Artículo publicado por Carmen Prada

La semana pasada estuve con una amiga que me hizo recordar una vez más el tema que voy a tratar hoy.

Hacía muy pocas fechas había fallecido su abuela, además de una manera repentina, lo cual todavía lo hizo más doloroso. Cabe destacar que mi amiga es una persona con un gran corazón, mucha humildad en combinación con su generosidad, y algo que impacta cuando la conoces es su belleza interior. Estaba muy apenada y llevaba días acompañada del llanto. Reconocía que tanto ella como su abuela -con la que su relación era muy cercana- eran conscientes de que en cualquier momento la llamada de la muerte tocaría a su puerta. Lo cierto era que su lamento iba más allá del deceso en sí, ya que era algo que por la muy avanzada edad de su abuela, tarde o temprano tenía que llegar, sino por el hecho de no haber tenido la oportunidad de acompañarla y cogerle de la mano en el momento final.

Entendí perfectamente ese dolor, ese lamento, esa espinita clavada… Porque a mí con mi abuela me ocurrió algo muy similar, y esa sensación me lleva acompañando desde entonces, diecisiete años… Pero con el paso de éstos, sorprendentemente te das cuenta que recuerdas momentos, palabras, sonrisas, situaciones… como antes no habías sido consciente, y parece que la persona que ya no está te acompaña más que nunca.

Estoy hablando de la muerte,  un tema tabú, casi prohibido en nuestra sociedad, tan libérrima y sin embargo tan inmadura a la hora de tratar cuestiones trascendentes y a la vez cotidianas.

Muchas veces no nos queremos dar cuenta que la muerte existe, sencillamente porque hemos vivido. Vivimos pensando que no nos tocará, que queda mucho, nos colocamos una venda en los ojos ante esa posibilidad, y eso nos aleja de la realidad, y en vez de prepararnos para afrontar esa realidad de una manera serena y madura, preferimos construir nuestra existencia sobre castillos de arena. No hay muerte, no hay sufrimiento, no hay dolor… Que los niños no vayan a los entierros, hay que sobreprotegerlos…

La vida es un caminar, y tiene principio y final. Entender esto, óntica y existencialmente, no solo de forma superficial o racional, debería ser asignatura obligatoria en la educación de los chavales.

A lo largo de este camino, que no sabemos cuándo va a llegar a su fin , vivimos muchas veces una vida desenfocada, egoísta, prepotente, soberbia, llena de materialismo, una vida egocéntrica…, sin pensar que tenemos compañeros de viaje a la derecha, a la izquierda, adelante y detrás… Y lo peor de todo, es que  a veces somos así con las personas que más nos acompañan con su amor.

 

Una palabra dura a destiempo, un gesto equivocado, un “despiste” que te pasa factura, el no tener tiempo nunca, el recurrir constantemente a la coletilla “no te preocupes, mañana…”, acompañar en las alegrías pero no acordarte en las penas, un consejo egoísta, la falta de un gesto de cariño que no se pide pero es necesario… Esta dejadez y egocentrismo nos lleva después a tirarnos de los pelos, a pensar; “ya es demasiado tarde y no estuve a la altura”. Este sentimiento será nuestro compañero durante nuestro propio caminar. Y es que, ¡la muerte existe! No pensar en ella, el creer que el mañana es un derecho en vez de un don, en que nada pasará factura… solo nos hace vivir en un engaño. Al final de ese camino está la muerte, que solo es el comienzo de un eterno caminar.

Vivamos sin pensar que hay mañana, atendamos sin demora las penas de los que nos acompañan, estemos atentos al dolor de los que nos quieren, no nos olvidemos de decir “te quiero”, practica “el deporte” del abrazo-beso, ten un gesto preparado de compasión, préstate sin que se te pida nada, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, porque si no terminas la jornada sin hacer la paz, el día después es frío y duro y es más difícil hacer la paz…

 

Porque si nada de esto llevamos a cabo, es ahí donde realmente comienza nuestro terror a la muerte, por que seas creyente o no, en el fondo nos da miedo pensar que no hemos hecho los deberes, que no hemos levantado la vista más allá del cuello de nuestra camisa, y de repente se nos enciende una luz de alarma. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Si te llegas a plantear estas preguntas, las respuestas están claras… Echarla a perder, tener un gran vacío interior…

¡Y estas respuestas sí que son crudas realidades, no la muerte!

 

La nobleza humana, es una buena compañía durante el camino, y además es capaz de secar lágrimas si éstas aparecen cuando el fin de la vida se asoma, pero, ¿cuántas veces nos encontramos con ella en el día a día cotidiano? Tristemente, pocas.

 

Miguel Delibes, nos dejó muchas enseñanzas con sus palabras, y entre ellas esta frase. “Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”.

 

 

 

 

 

 

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

*Fuente de la fotografía, Pixabay.com

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¡Viva la madre que me parió!

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Con cariño por Carmen Prada

 

Siempre he escuchado que para ser madre, una mujer nunca está preparada.

Yo no lo soy, pero sí hija y hermana, y tengo varias amistades en mi entorno que son madres. También he escuchado que te cambia la vida… Y es algo que jamás he dudado.

Admiro a mi madre, lo he hecho toda mi vida. Soy consciente de que cuando hablamos de nuestras madres, se utilizan muchas frases hechas. Pero es que, aun hechas, son verdaderas.

Admiro a mi madre por muchos motivos, y entre ellos, el regalarme su ejemplo de vida humilde, honrada, de sacrificio, generosidad, y repleta de entrega. Entrega por su esposo y por sus hijas.

Ella siempre dice que su mayor orgullo son sus tres hijas, y hasta en eso es generosa. La vida no le ha regalado nada, siempre nos ha hecho ver que para lograr algo se debe derrochar mucho sacrificio. Que conseguir las cosas de un modo fácil y rápido no es el mejor camino. Y es que nuestra mejor carrera de estudios nos la ha regalado ella, la carrera de la vida.

Humildemente, pienso que ser madre es una carrera de fondo. Durante 9 meses hay momentos buenos y otros que no lo deben ser tanto. Poco a poco vamos creciendo y los hijos,  a veces sin percatarnos de ello, nos volvemos egoístas. Egoístas porque nuestra memoria es selectiva y se nos olvida  lo mucho a lo que nuestra madre tuvo que renunciar, y quizá lo siga haciendo, para darnos lo mejor.

Noches en vela, miedos, preocupaciones, decepciones, alegrías… ¡Tanto y nada que le damos! Pero aun así, ahí están, incondicionales.

Una madre ejerce con “título” siempre. En la más tierna infancia, en la complicada adolescencia, en la esperanzadora juventud, cuando nos casamos, pero también cuando nuestra edad y “experiencia de la vida” nos hacen pensar que en nuestra vida actual nuestra madre poco ha de ejercer. ¡Disculpadme, pero es un grave error! El punto de vista de una madre es único, por lo que creo muy conveniente estar siempre receptivo a lo que puedan decir, pues lo harán con amor y conocimiento, más allá de que después cada uno ha de tomar sus propias decisiones, pues en eso también consiste ser adulto.

Hay muchas frases típicas de una madre, pero sin duda la mía tiene un repertorio diferente para  cada una de sus tres hijas. Y es que cuando digo que una madre toda la vida sigue ejerciendo como tal y además debemos disfrutar con ello, pongo el ejemplo de frases típicas de la mía, que aún ahora, a mis 40 años, sigue diciéndome:

  • Me he podido comer medio cocido, pero para mi madre la frase “nena, no has comido nada”, es obligatoria.

 

  • Reconozco que me gusta mucho hablar con ella, y aunque estamos a poca distancia geográfica, al teléfono le damos bastante uso. Si pasa unos días sin llamar y al final acabo llamándola yo, solo descolgar el teléfono dice “justo ahora, hija, te iba a llamar yo…”

 

  • Puedo llevar cinco capas de ropa encima, pero sin duda dirá “abrígate, que después así se cogen los catarros”.

 

Podría seguir y seguir, pero independientemente de la edad que tengas, tú que me estás leyendo, seguramente hayas identificado a tu propia madre con alguna.

Y es que es cierto, ¡MADRE NO HAY MÁS QUE UNA!

¿Y por qué hoy hablo de las madres? Hoy se celebra su día. Será como recordatorio, porque a mi madre la tengo en la mente cada día e instante de mi vida.

No necesito un día como hoy para decirle “te quiero mamá”, o mandarle un beso por teléfono, achucharla cuando estoy con ella, decirle lo orgullosa que me siento de ella por recientes pasos que ha dado que solo los valientes se atreverían a darlos, a hacerle un regalo porque he visto algo que me ha hecho pensar en ella… ¡Celebro tener a mi madre, pero lo hago cada día!

Bello poema he encontrado para este día, a ti mamá que jamás me has soltado de la mano te lo dedico:

“Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Solo ellas son las santas, solo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!

Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Y cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.

Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas.
Para el dolor, caricias; para el pesar, unción.
¡Son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!”

                                                                                                              Alfredo Espino

 

No dejemos de dar gracias cada día por el hecho de habernos dado el regalo de la vida.

Dedicado a mi madre en especial y a todas las madres que leáis estas humildes palabras que salen del corazón. Unas palabras inspiradas por el amor de una hija.

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, propia

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En el amor, ¿”siempre” puede resultar demasiado tiempo?

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Artículo publicado por Carmen Prada

En el año 1994, y firmada por Edward Zwick, y basada en una novela de Jim Harrison, llegó a los cines una cinta maravillosa, mezcla de drama y amor, con tintes de los más grandes clásicos, una película con alma, que desborda pasión y derrocha majestuosidad. Como protagonistas, Brad Pitt y Julia Ormond.

Esta preciosa historia nunca la olvidaré,  Leyendas de pasión. Sí, una vez más, reconozco públicamente que soy una romanticona empedernida, pero esta película me dejó muchas frases interesantes, y hay una que sobresale por encima del resto y la he tenido presente en muchos momentos de mi vida, “siempre, resultó ser demasiado tiempo…” Una frase con contenido, de estas que dan para un café largo de tertulia.

Y es que me viene de perlas en este caso echar mano de esta “generosa” frase para hablar sobre el tema que quiero tratar hoy.

 En los días de descanso que pude disfrutar en el mes de julio, toda mi persona absorbía información y se quedaba con detalles y momentos que me darán para mucho… pero soy consciente que toda esta información la pude procesar en parte gracias al descanso y relajación.

En una de las playas en las que estuve, observé mientras estaba a la orilla del mar, como un hombre ya adulto y una anciana mujer –intuyo que eran hijo y madre-, disfrutaban como cualquier otra familia lo podía hacer en el mar, jugando con las olas. Evidentemente mi atención no se paró en ellos por ese motivo, sino por cómo el hijo transportaba a su madre sobre el agua con una especie de carrito que flotaba sobre el mar, ya que esta mujer, pude ver después, estaba impedida y ya sobre tierra utilizaba una silla de ruedas, pues no podía caminar.

La escena en sí no era lo que me mantenía entusiasmada, sino la ternura de ese momento. Al hijo se le veía incluso más feliz que a su madre, estaba disfrutando tanto o más que ella mientras ésta no paraba de sonreír, jugaba con sus manos sobre el agua y parecía feliz. Sus miradas lo decían todo, y todo era amor. Desprendían amor y felicidad… No sabría decir cuál de los dos se sentía más pleno en ese momento.

Fue en ese preciso instante cuando me pregunté, ¿por qué nos empeñamos en llamar amor siempre a “lo mismo”?

Sé que hablar de amor, puede llegar a ser un tema recurrente, ¿qué no se ha dicho ya sobre él? Estamos por un motivo u otro cada día hablando de este sentimiento, pero también es cierto que en los últimos tiempos me he encontrado demasiadas personas que han dejado de creer en él, por un motivo u otro.

Y es cierto, puede resultar un tema cansino pero, vuelvo a preguntar, ¿por qué nos empeñamos en llamar amor siempre a “lo mismo”? Y vuelvo al comienzo, con la famosa frase de Leyendas de pasión. ¿”Siempre”, puede entonces, resultar demasiado tiempo? Puede ser que aquí esté el problema. Nos desilusionamos con el amor porque lo vemos como “enamoramiento” por una persona, por nuestra pareja, esposo… y además estamos convencidos de que la palabra “siempre” debemos eliminarla porque no es posible en este contexto. Pensamos que el amor no es eterno.

El amor es más que ese sentimiento, vi amor en la mirada de ese hijo hacia su madre. Durante la estancia en el hotel durante esos días, vi amor en una pareja de ancianos que durante todo el día iban cogidos de la mano a todas partes y cuando llegaba la noche, bailaban agarraditos en la discoteca que había en el hotel, como si fuese la primera vez.

Y es que hay amores eternos, amores para siempre. Quizá el amor más fuerte es el de una madre hacia sus hijos, yo lo noto con la mía y creo en ese amor eterno. Creo en el amor y el cariño de unos abuelos hacia sus nietos. Creo en el amor por lo que uno hace o sueña, he crecido con el cariño que mi madre siempre ha mostrado hacia sus flores y plantas, y es que hay infinitos amores que no nos traicionarán, incluso el de pareja, fijaros en los ancianos. ¡No desesperemos, existe! Lo ha hecho siempre.

Pero por encima de todo, creo en el amor que debemos tenernos a nosotros mismos y a la vida, aunque ésta a veces se presente llena de dificultades. Me tengo que querer para amar a la vida, y espero amarla siempre, porque es un regalo de Dios, y he pasado por momentos difíciles, pero les he plantado cara y todo porque sé que la vida merece la pena. Cada día es una oportunidad, cada día nos regala amor, ¡me da igual de dónde proceda, pero me lo regala!

¿De verdad os atrevéis a decir que el amor nunca es para siempre? Hagamos un pequeño ejercicio, ¿cuántos amores te atreverías a decir que tienes ahora mismo en tu vida? ¡Yo muchos, y muchos para siempre!

El primer sábado de agosto de 2012 fue un día inolvidable, el más especial de mi vida, pues celebré mi matrimonio con mi gran amor, mi gran amigo y alma gemela. Tras 4 años, que habrá quien piense que es poco tiempo, pero que han dado para mucho, puedo afirmar que el amor es posible, no faltan las dificultades, pero es viable y provechoso cultivarlo día a día, reafirmarse en el proyecto de una vida en común, compartiendo penas y alegrías, proyectos e ilusiones, momentos y sensaciones. No es imposible mantener encendido el corazón, la mirada cómplice, la caricia tierna, pero aun cuando pudiera llegar un momento de aridez, merece la pena tener presente que lo más importante no son las mariposillas en el estómago, sino la voluntad de caminar juntos, la lealtad contra viento y marea, el compromiso de ser una sola carne, el amor hecho camino, paso a paso, hombro con hombro…

No hacen bien algunas fantasías sobre un amor idílico y perfecto, privado así de todo estímulo para crecer. Una idea celestial del amor terreno olvida que lo mejor es lo que todavía no ha sido alcanzado, el vino madurado con el tiempo. Como recordaron los Obispos de Chile, «no existen las familias perfectas que nos propone la propaganda falaz y consumista. En ellas no pasan los años, no existe la enfermedad, el dolor ni la muerte […] La propaganda consumista muestra una fantasía que nada tiene que ver con la realidad que deben afrontar, en el día a día, los jefes y jefas de hogar»[137]. Es más sano aceptar con realismo los límites, los desafíos o la imperfección, y escuchar el llamado a crecer juntos, a madurar el amor y a cultivar la solidez de la unión, pase lo que pase.

Amoris laetitia, 135

 

 

 

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Hoy es ella, ¿y mañana…?

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Artículo publicado por Carmen Prada

Cuando vi colgado en una red social el llamamiento para buscar a una mujer de 82 años enferma de Alzhéimer, perdida desde hacía 8 días, no lo pensé. Esta mujer vive en mi ciudad, un día como otro cualquiera salió a caminar pero no ha regresado.

Reconozco que me emocionó que un día laborable a las 12 horas, allí en la plaza, lugar de encuentro de la convocatoria, hubiese tanta gente. Ese momento en concreto es difícil de describir, pero os confieso que me sentí inmensamente orgullosa de mis conciudadanos, la gente de Ponferrada y El Bierzo. Muchos de ellos dejaron a un lado sus ocupaciones y se centraron en la búsqueda de Jesusa, pues ese es el bello nombre de la persona desaparecida.

He querido involucrarme en tan bella acción, promovida por los propios ciudadanos, y rastrear los lugares más recónditos que uno pueda imaginar, para encontrar a una persona.

Ha sido y está siendo, porque a día de hoy no ha aparecido, una experiencia en la que se experimentan emociones tras emociones. Dos días de búsqueda entre matorrales, zarzales, escombros, casetas, incluso un cementerio,  además de pozos, contenedores… Durante todas estas horas de búsqueda he vivido con gran intensidad pensamientos, emociones, vuelcos del corazón, recuerdos, momentos y personas que te vienen a la mente… Han sido en mi vida algunas de las horas más aprovechadas en todos los sentidos.

Todos tenemos en mente a Jesusa, su ausencia está haciendo que nuestra comarca se una en beneficio de una gran causa, la mejor causa, una vida humana. Pensar lo que pueda estar pasando esa familia es tremendo. Los minutos, las horas, estos días probablemente estén siendo los peores de sus vidas, pero al menos no los están viviendo en soledad.

Hoy es ella, pero mañana puede ser que la ayuda la necesitemos cualquiera de nosotros, y cualquiera de nosotros no solo somos los que vivimos en la zona, sino cualquiera que esté leyendo estas humildes palabras…

¿A quién no le gustaría que se volcase la población en una desgracia personal o familiar? Podemos necesitar ayuda para nuestro padre, hermano, amigo, abuela… qué sé yo, ¡cualquiera! Y eso nos incluye a nosotros mismos…

Ver reunidas a más de 70 personas, con ilusión y esperanza de devolverla a su casa, me ha hecho pensar que son muchas las personas, jóvenes y no tan jóvenes, que cultivan y cuidan esos valores humanos que siempre me empeño en reivindicar. Esos principios que se adquieren y no se dejan manipular. Personas que piensan y actúan con el corazón, que son capaces de olvidarse de ellas mismas por la vida de otra persona.

No nos cansemos nunca de ser sensibles, porque eso no significa que seamos débiles, todo lo contrario, significa que nuestra fortaleza tiene buenos cimientos y mejores materiales para dar lo mejor de nosotros.

¡Evidentemente no todo el monte es orégano! No soy ilusa, por desgracia la indiferencia y el egocentrismo son más fáciles de contagiar, y el grado de aceptación es sumamente elevado. Quizá os preguntaréis, ¿por qué? Porque la comodidad egoísta está más de moda. No vaya a ser que nos llamen raritos porque estamos dispuestos a dedicar nuestro tiempo a una causa en la que la motivación no es pasarlo bien ni tampoco ganar dinero.

¿Qué me estoy llevando yo con esta experiencia? ¡Muchísimo, inimaginable! Sigo conservando la fe  y la esperanza en los valores humanos, apreciar con emoción la unión de la gente, la satisfacción de poner mi granito de arena en tan noble iniciativa, aunque por desgracia todavía no se haya localizado a Jesusa, haber conocido y pasado unas horas inolvidables con personas de gran corazón…

No pierdo la esperanza de que cuanto antes, entre todos, la podamos encontrar.

Qué bello es vivir fuera de nuestra esclavizante pecera, para poder observar con asombro la hermosura de otros horizontes. Un día descubrirás que la pecera es ridículamente pequeña, y quizá sea tarde para que fuera encuentres a alguien esperándote. Salta, sal, huye de los sucedáneos de libertad que en realidad aprisionan, hallarás la felicidad rodeado de personas con valores, podrás respirar ese aire que te faltaba, aunque quizá ni lo sabías.

Hoy es Jesusa, ¿y mañana…?

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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En mi soledad… Aprendí

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Artículo publicado por Carmen Prada

La vida es un aprendizaje. En muchas ocasiones parece que la semana tiene más de 7 días, dependiendo como vivamos nuestro día a día, pero también nuestras noches.

Cuando por momentos cerramos los ojos, somos capaces de ver lo que con ellos abiertos no conseguimos. A menudo vivimos una vida que no es la nuestra, y por instantes dejamos a un lado la verdadera, la honesta, la auténtica… Contigo y contigo y contigo… ¡aprendí!

Cuando compartimos algo, y no lo hacemos únicamente nuestro, las penas parecen menos penas y las alegrías se celebran como fiestas. De repente ese día, te das cuenta, miras a tu alrededor y observas que te llena una bonita palabra, un gesto, una caricia, una compañía, un amor, un deseo, y es que cada día es una carrera de fondo para seguir aprendiendo.

A veces apagamos la luz, porque queremos sólo sentir… Sentir algo más bello que unas palabras, una caricia que nos recorra todo el cuerpo, algo inconfesable, algo nuestro, que nos pertenece y solo somos capaces de sentirlo, pero en soledad.

Hay momentos para la compañía, pero también los hay para la soledad. La soledad enriquece, nos hace fuertes, ayuda a llegar a la profundidad del pensamiento, de nuestros deseos, y es que nos desnuda. ¿Todo lo que deseamos lo llevamos a cabo? No, apagamos la luz para soñar… Nace un nuevo día y seguimos y seguimos soñando despiertos, sin dar pasos porque el miedo nos amenaza.

Cuántas veces dejamos palabras por decir, gestos convenientes que evitamos , miedos que no pronunciamos, sueños que nos acongojan porque son grandes, acciones inconfesables… Y entonces, cuando todo esto sucede volvemos a necesitar apagar la luz… Y nos llenamos, ¿de qué? De todo aquello que no nos atrevemos a confesar pero nos pertenece. El miedo es legítimo, es nuestro, espeligroso pero por momentos emocionante. Muchas veces nos hace volver a sentir, a mostrarnos vivos, a reconocernos.

¿Quién nos dice entonces que el miedo es malo? ¡Nadie! Muchas veces es necesario sentirlo para reaccionar.

Me llenaré de ti, apagaré la luz únicamente para pensar. Y es que contigo aprendí, ese día que te conocí, amada soledad…

Búscala, llámala, encuéntrate con ella, porque sin la soledad no nos llegaríamos a conocer. No tengas miedo a encontrarte con ella, te enseñará mucho…

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

Bella canción, profundiza en ella…

 

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