Líderes de nada, esclavos de si mismos

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Artículo publicado por Carmen Prada

Miras a un lado, miras al otro y da igual el color o la ideología, todos quieren pasar por encima de sus adversarios. Lamentablemente, España sufre un mal cada vez mayor, los sectarismos ideológicos quieren tener el poder a costa de lo que sea y de quien sea.

Me hace gracia – porque no gano nada con indignarme – la docilidad de la ciudadanía ante un sistema electoral y político que está diseñado para que los políticos jueguen groseramente con las voluntades de los votantes, planteando o rechazando según convenga pactos de lo más variopinto, regalando senadores que no han sido elegidos por los electores, tomando posesión de cargos sin respetar la ley en el mismo momento de la toma…

Hay muchas maneras de insultar al pueblo, pero lo peor es que al pueblo parece darle lo mismo, por lo que a veces pienso que no merecemos algo distinto a lo que hay. Lo de la búsqueda del bien común suena muy bonito, como la deportividad en el fútbol, pero a la hora de la verdad cada cual mira única y exclusivamente por sus intereses, y los debates políticos son sustituidos por broncas taberneras, la altura de miras y el sentido de estado por el afán de poder y la ambición personal, y la ciudadanía agacha la cerviz, quizá porque los ciudadanos, individualmente, en su vida privada, no son menos mezquinos ni más honrados que aquellos que nos pretenden gobernar.

Que cada sociedad tiene los gobernantes que se merece, es un dicho del que cada día estoy más convencida. Percibo en mi vida cotidiana un creciente individualismo en la gente, un progresivo deterioro en valores, por lo que no me sorprende que el nivel intelectual y ético de los líderes políticos sea a la par cada vez más pobre. No veo capacitado a ninguno para acelerar cualquier solución presente o futura, sino más bien, están buscando sus intereses presentes y futuros… Es triste que el poder se vea como un triunfo, que tras unas elecciones todos reivindiquen la victoria como si eso fuera lo que realmente importa. No hace falta ocupar ningún sillón ministerial en especial si lo que se quiere de verdad es servir a la sociedad, a tus semejantes, a los más necesitados…

El poder puede ser tentador, suculento y confuso. Sin duda, siempre peligroso. Ocurre lo mismo con el dinero. No conozco a nadie a quien el poder o el dinero haya transformado positivamente, haciendo de esa persona alguien más cercano, humano, humilde, fraterno, honesto, brillante… En cambio, creo que todos conocemos a alguien a quien el poder o el dinero lo ha llevado a ser más altivo, materialista, egoísta, corrupto, hipócrita y embustero… y en algunos casos un perfecto imbécil. Afortunadamente, no siempre ocurre, pero el riesgo está ahí.

En el mundo profesional, y muy concretamente en el sector comercial el conozco muy bien por mi larga trayectoria en él, también ocurre a menudo que toca convivir con gente “trepa” capaz de cualquier cosa por conseguir un puesto determinado, o con quien ya lo ha conseguido y se vanagloria de ello humillando a sus subordinados. Confiar un puesto de responsabilidad a alguien, exige no solo una capacitación profesional, o unos méritos constatables, sino también calidad humana que genere corriente positiva en el trabajo, como compañerismo, honestidad, afán de superación, reconocimiento, respeto, sentido de equipo… Aunque sin duda puede ayudar, en absoluto es imprescindible que las personas se lleven bien o tengan formas de ver la vida similares para trabajar juntas de forma exitosa. Es perfectamente posible hacer equipo y que la labor sea fecunda cuando las prioridades y los objetivos se tienen claros y no pasan por mirarse el ombligo, aunque los puntos de vista difieran en ciertos aspectos.

Saber valorar las diferencias como una posibilidad de enriquecimiento compartido puede ser muy provechoso, pero eso exige renunciar a los prejuicios y sectarismos que tienden a etiquetar a las personas, haciendo que nos cerremos a toda la riqueza humana y profesional que el otro puede ofrecer. Caer en este error, no solo es poco inteligente, sino que puede llegar a ser muy costoso, por lo que procuremos rodearnos de personas predispuestas a escuchar y aprender de otras, y  no malgastemos tiempo y energías con quienes levantan alambradas ficticias entre “los que son de los míos” y el resto.

En un equipo, siempre existen distintos carismas profesionales, que si se aprovechan y engarzan harán crecer más y mejor a la empresa, pero la figura de “poder”, si no se ejerce con autoridad moral y sobre todo enfocada a facilitar el desarrollo de las diversas potencialidades, terminará por diluirse en su propia inoperancia o ahogarse por la voracidad de su ego.

 

 

 

 

 

 

 

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, Pixabay

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Para eso pago…

Efectivo

Artículo publicado por Carmen Prada

Soy persona de costumbres fijas para ciertas cosas, y una mañana de la pasada semana fui a tomar mi café de primera hora a una cafetería donde acostumbro a hacerlo. El dueño del local, conocedor de mi profesión, me confesaba que muchas veces los clientes abusan del dicho “el cliente siempre tiene la razón”. Entonces yo le pregunté; “¿pero tú como profesional y empresario, crees que siempre la tienen?” Él fue sincero -siendo yo en ese momento clienta- y me dijo; “claro que no, Carmen”. De igual modo, yo me sinceré con él…

La frasecita dichosa la escuchamos demasiado, o por lo menos eso me sucede a mí, por desgracia…

En una cafetería, en la pescadería, en un restaurante, cuando ofreces un servicio, seguros, tecnología, asesoramiento…, en los campos de fútbol se silba hasta al propio equipo, y todo porque “para eso pago”.

“Pues señores, yo soy profesional y cliente (las mismas horas del día) y nunca, jamás he pensado tal cosa”.

 

El profesional que nos sirve una cerveza, también decide si ponérnosla o no según el estado de embriaguez, algo que muchas veces le supone problemas… En la pescadería, somos libres de irnos a otra si pensamos que el último día que nos llevamos sardinas no estaban lo suficientemente frescas… En un restaurante, nos dan de comer, y no nos equivoquemos, en función de lo que pagamos, ¡y es así, aunque a alguno no le guste escucharlo! Sin embargo, me llama la atención que las cadenas de comida rápida siempre tienen largas colas, ¿alguien se ha preguntado alguna vez si realmente la comida gusta en proporción a las colas? ¡No, pero es barata! Pero si vamos “por error” a un restaurante en el que no saben lo que es un precongelado, será mayor la factura que la de “esas cadenas…” y salimos diciendo “esto es un atraco, para lo que hemos comido…” En el tema de la prestación de servicios, creemos que el comercial por lo que le hemos contratado o comprado tiene que estar disponible las 24h como si fuese el 112 (y la multinacional no es de él), ni siquiera sabemos lo rentable e incluso muchas veces, lo no rentable que le habrá salido la operación, pero tiene que mover muchas veces la cabeza “de arriba a abajo…” Respecto a los aficionados al fútbol, cada domingo tengo que escuchar en mi estadio “El Toralín”, cómo se silba al equipo cuando no se juega “como el pueblo quiere o piensa que se debería”, cómo se falta al respeto a algunos jugadores en particular, y que también es cierto que hay demasiados “entrenadores no titulados”… Y siempre en la boca la misma frase, “digo lo que me da la gana que para eso pago la entrada”. Disculpe, ¿alguien le ha ido a buscar a casa con un palo para que vaya usted a ver el partido y moleste a los que realmente van a disfrutar con “sus colores”? ¡Pues no, quédese en casa que está calentito y le sale más barato!

Y es que, podríamos seguir y seguir y seguir con ejemplos para darnos cuenta de que el cliente no siempre tiene la razón, yo lo tengo muy claro.

Evidentemente que los clientes tenemos derechos y voz y algo muy importante, tenemos la última palabra porque decidimos dónde ir y dónde no, qué comprar y qué no, pero pretender tener razón por el simple hecho de ser en ese momento el pagador es un insulto a la inteligencia, es poner al dios dinero por encima de la dignidad de la persona que nos atiende, y es una muestra de prepotencia, superficialidad y escaso intelecto. Tener o no razón puede ser discutible, pero utilizar la billetera como argumento es mezquino y estúpido.

Aun suponiendo que la tuviéramos, no empecemos a perderla con las formas, ya que las discrepancias o  errores no justifican la ausencia de educación, respeto y elegancia. Estos valores distinguen a unos clientes de otros, pensemos que quizá a esa persona con la cual hemos perdido “los papeles” en algún momento, nos la podemos encontrar a lo largo de la vida, en otra “película”, y quizá, tenga memoria…

Sembremos cordialidad, empatía, y seguramente recojamos algo bueno de todo ello. Y, en todo caso, con no volver a ese establecimiento, asunto arreglado. ¿De verdad acudes habitualmente a un negocio sin competencia, sin alternativa, sin que exista otro similar al que ir?

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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La doble cara del poder

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Artículo publicado por Carmen Prada

Miras a un lado, miras al otro y da igual el color o la ideología, todos quieren pasar por encima de sus adversarios. Lamentablemente, España sufre un mal cada vez mayor, los sectarismos ideológicos quieren tener el poder a costa de lo que sea y de quien sea.

Me hace gracia – porque no gano nada con indignarme – la docilidad de la ciudadanía ante un sistema electoral y político que no respeta en absoluto los resultados de las urnas, y que está diseñado para que los políticos jueguen groseramente con las voluntades de los votantes, planteando o rechazando según convenga pactos de lo más variopinto, regalando senadores que no han sido elegidos por los electores, tomando posesión de cargos sin respetar la ley en el mismo momento de la toma…

Hay muchas maneras de insultar al pueblo, pero lo peor es que al pueblo parece darle lo mismo, por lo que a veces pienso que no merecemos algo distinto a lo que hay. Lo de la búsqueda del bien común suena muy bonito, como la deportividad en el fútbol, pero a la hora de la verdad cada cual mira única y exclusivamente por sus intereses, y los debates políticos son sustituidos por broncas taberneras, la altura de miras y el sentido de estado por el afán de poder y la ambición personal, y la ciudadanía agacha la cerviz, quizá porque los ciudadanos, individualmente, en su vida privada, no son menos mezquinos ni más honrados que aquellos que nos pretenden gobernar.

Que cada sociedad tiene los gobernantes que se merece, es un dicho del que cada día estoy más convencida. Percibo en mi vida cotidiana un creciente individualismo en la gente, un progresivo deterioro en valores, por lo que no me sorprende que el nivel intelectual y ético de los líderes políticos sea a la par cada vez más pobre. No veo capacitado a ninguno para acelerar cualquier solución presente o futura, sino más bien, están buscando sus intereses presentes y futuros… Es triste que el poder se vea como un triunfo, que tras unas elecciones todos reivindiquen la victoria como si eso fuera lo que realmente importa. No hace falta ocupar ningún sillón ministerial en especial si lo que se quiere de verdad es servir a la sociedad, a tus semejantes, a los más necesitados…

El poder puede ser tentador, suculento y confuso. Sin duda, siempre peligroso. Ocurre lo mismo con el dinero. No conozco a nadie a quien el poder o el dinero haya transformado positivamente, haciendo de esa persona alguien más cercano, humano, humilde, fraterno, honesto, brillante…En cambio, creo que todos conocemos a alguien a quien el poder o el dinero lo ha llevado a ser más altivo, materialista, egoísta, corrupto, hipócrita y embustero…y en algunos casos un perfecto imbécil. Afortunadamente, no siempre ocurre, pero el riesgo está ahí.

En el mundo profesional, y muy concretamente en el sector comercial de las ventas, también ocurre a menudo que toca convivir con gente “trepa” capaz de cualquier cosa por conseguir un puesto determinado, o con quien ya lo ha conseguido y se vanagloria de ello humillando a sus subordinados. Confiar un puesto de responsabilidad a alguien, exige no solo una capacitación profesional, o unos méritos constatables, sino también calidad humana que genere corriente positiva en el trabajo, como compañerismo, honestidad, afán de superación, reconocimiento, respeto, sentido de equipo… Aunque sin duda puede ayudar, en absoluto es imprescindible que las personas se lleven bien o tengan formas de ver la vida similares para trabajar juntas de forma exitosa. Es perfectamente posible hacer equipo y que la labor sea fecunda cuando las prioridades y los objetivos se tienen claros y no pasan por mirarse el ombligo, aunque los puntos de vista difieran en ciertos aspectos. Saber valorar las diferencias como una posibilidad de enriquecimiento compartido puede ser muy provechoso, pero eso exige renunciar a los prejuicios y sectarismos que tienden a etiquetar a las personas, haciendo que nos cerremos a toda la riqueza humana y profesional que el otro puede ofrecer. Caer en este error, no solo es poco inteligente, sino que puede llegar a ser muy costoso, por lo que procuremos rodearnos de personas predispuestas a escuchar y aprender de otras, y  no malgastemos tiempo y energías con quienes levantan alambradas ficticias entre “los que son de los míos” y el resto.

En un equipo, siempre existen distintos carismas profesionales, que si se aprovechan y engarzan harán crecer más y mejor a la empresa, pero la figura de “poder”, si no se ejerce con autoridad moral y sobre todo enfocada a facilitar el desarrollo de las diversas potencialidades, terminará por diluirse en su propia inoperancia o ahogarse por la voracidad de su ego.

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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