Serás lo que desees ser…

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Por Carmen Prada

 

Está claro que cuando uno quiere y desea conseguir sus metas, algo se tiene que hacer al respecto, lo que no tiene cabida es el inmovilismo.

En muchas ocasiones hay cosas que debemos cambiar, en otras en las que ya estamos llevando pautas a la práctica debemos modificar sobre la marcha, e incluso dejar de seguir anclados en rutinas ineficaces. En definitiva, esos pasos que debemos ir dando marcarán nuestro camino hasta la consecución del reto definido por nosotros mismos.

Aunque no nos paremos a pensar en ello, nuestro estado de ánimo tiene mucho que ver para comenzar a caminar o más bien quedarnos paralizados.

La perspectiva que tenemos cuando visualizamos algo, no es la misma cuando nuestro estado de ánimo es óptimo, que cuando más bien tenemos que bajar nuestra mirada y buscarlo por los suelos. En este último caso, parece que todos los caminos se estrechan, incluso llegamos a dejar de verlos, les perdemos de vista y únicamente pasamos a visualizar inconvenientes y barreras para dar pasos hacia adelante, sin apenas permitirnos posibilidades de hacer las cosas de otra forma.

Toda esta situación nos lleva a perder vitalidad e ilusión, las metas se disipan, todo se oscurece y lo que antes era posible ahora lo vemos inalcanzable.

No podemos negar que el encaminar la negatividad en nuestra vida hacia la positividad nos traerá consigo un mejor estado emocional, que sin duda repercutirá en nuestra salud, pero también en nuestra relación con los demás. O sea, ello redundará en una mejor calidad de vida.

 

Quizá toda esta teoría la conocemos prácticamente todos pero, ¿cómo salimos de este círculo vicioso? ¿Conocemos prácticas o herramientas que nos pueden ayudar a ello?

 

  • Si no promovemos cambios en nuestra vida, no lograremos ver resultados.
  • Debemos intentar que en nuestro diccionario la palabra imposible no exista.
  • Un exceso de auto-exigencia y auto-crítica nos puede llevar a perder confianza en nosotros mismos. Es importante darnos una tregua, sería bueno recopilar momentos gratos, ilusionantes, esperanzadores y aferrarnos a ellos.
  • Nadie ha dicho que la vida fuese fácil, el caminar por ella con una sonrisa hace que ésta nos ayude a afrontar situaciones de un modo más positivo.
  • Debemos ser agradecidos por lo que tenemos, por lo que la vida nos regala, quizá de este modo nos demos cuenta de lo mucho que tenemos y lo poco que agradecemos este regalo.
  • ¡Claro que a veces lo vemos todo negro! Pero de nosotros depende dar el primer paso para cambiarlo de color.
  • Rodearnos de personas positivas y alegres hace que el ambiente que se genera sea emocionalmente positivo. Debemos renunciar tajantemente al aislamiento social.
  • El sentirnos útiles y ayudar a personas que pueden precisar de nosotros, nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos, pero también a encontrar razones para que los demás piensen en nosotros como una luz a la que dirigirse.
  • Que no nos condicionen lo que los demás piensen de nosotros. La envidia es mala compañera de viaje, no permitas que nadie con este perfil se cuele en tu equipaje.

 

Lo sé, pueden parecer frases hechas, mucha teoría en ella y estar preguntándoos, ¿un ejemplo real?

 

Hace poco, durante varias semanas, una persona muy cercana a mí ha pasado por unos problemas de salud importantes. Han sido días de espera, de oscuridad, de ansias porque esta situación terminase, momentos de angustia.

Quizá hubiese sido más práctico en mi día a día, dejarme llevar por esta situación y dejar de disfrutar de mi trabajo o negar el tipo de persona que soy, a las personas que me rodean.

Claro que ha habido momentos de todo tipo, y hablo de mí emocionalmente, pero, ¿por qué dejarme llevar por la apatía y la desilusión? Realmente no tenía motivos, amo lo que hago, mi familia ha estado unida ante esta situación, me ha hecho ver la calidad y cantidad de amistades y personas que me quieren y además me ha servido para medir mi capacidad de sufrimiento.

 

Y repito, ha habido picos emocionales de todo tipo, pero mi motor es la pasión que siento por las personas, y es la que ha marcado mi camino hacia la luz y la esperanza.

 

 

 

 

 

 

*Fuente de la fotografía, Pinterest.com

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

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No me gustaría olvidar

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Por Carmen Prada

Las siguientes palabras las dedico especialmente a mi familia, así como a todas las que sufren el mal del que escribo a continuación.

Como cada año desde 1994, el 21 de septiembre se celebra el Día Mundial del Alzhéimer, demencia que en España afecta a más de 600 mil personas, muchas aún sin diagnosticar. Se estima que dentro de 35 años, la llamada “enfermedad del olvido” la padecerán en España un millón y medio de personas. A la crueldad con la que se manifiesta y desarrolla, se une el hecho de suponer un gasto medio anual de unos 31000€, cantidad que ha de asumir el enfermo o su familia, ya que la tan esperada y necesaria Ley de Dependencia de momento es papel mojado para muchas personas que a duras penas sobrellevan su situación de precariedad, mientras iniciativas de lo más variopinto reciben subvenciones cuantiosas; pero no es la corrupción en sus múltiples formas -también a veces bajo el amparo de la legalidad– el tema que nos ocupa…

El que un familiar muy directo esté afectado por ella, me hace sentir esta enfermedad como mía propia, te hace valorar mucho más algunas cosas en las que antes no reparabas. Te hace vivir cada momento como único y último.

Por este motivo, deseo hacer una muy personal declaración de intenciones, y solo de intenciones, pues nadie está libre de sufrir esta dichosa enfermedad. Declaro solemnemente,  que no deseo olvidarme, entre otros muchos recuerdos, de:

  • mi primer disfraz de carnaval, de sevillana concretamente, que con tanto orgullo lucí;
  • la primera vez que comulgué, y algo dentro de mí se removió;
  • mi única canasta en dos años, jugando en el equipo de baloncesto del colegio. ¡Bueno, quizá por eso la recuerdo!
  • Escuchar a mi madre salir de casa a las cinco de la madrugada yendo a trabajar, haciéndonos ver lo importante que en la vida es el sacrificio;
  • las vacaciones estivales que en la infancia y adolescencia disfrutaba gracias al esfuerzo desmesurado de mis padres durante todo el año;
  • momentos en los que sufrí lo que ahora se llama “acoso escolar”, y no lo quiero olvidar porque me hizo afrontarlo con más fortaleza de la que yo podía imaginar;
  • mi juventud, que me hizo ver lo que era bueno en la vida de una persona y de lo que siempre me debería alejar;
  • el fatal primer amor que dejó secuelas en mi vida, y al que nunca he guardado rencor;
  • mi primer coche, que lo pagué con mi primer trabajo, ¡y lo que me costó!, con un contrato de aprendizaje y trabajando 9 horas y media seis días a la semana;
  • mi abuela paterna, mi fiel confidente, tan importante en mi juventud, cuya muerte nos cogió a todos por sorpresa, haciéndome vivir uno de los momentos más duros de mi existencia, agudizado por el fallecimiento en accidente de tráfico poco tiempo después de un tío materno solo un año mayor que yo;
  • mi primer logro profesional, bien jovencita. En un sobre y sin saber qué era, fui premiada con un viaje por las islas griegas, tras alcanzar un gran objetivo comercial;
  • la aparición inesperada de mi gran amor, con su peculiar modo pizpireto y desenfadado;
  • uno de los peores momentos de mi vida, cuando después de muchas pruebas y resultados, nos dieron el diagnóstico, diciéndonos “sufre Alzhéimer”;
  • mi boda, y muy especialmente el momento en el que entré en la basílica del brazo de mi padre, mientras mi prometido esperaba en mitad del templo, y yo le miraba entregada a lo que iba a hacer;
  • cada uno de mis logros profesionales, siempre vinculados a todos los valores que mis padres me han inculcado, y con sacrificio y tesón nos siguen mostrando;
  • cada “te quiero” de mi esposo, de los que les digo y me dicen mis padres, de los momentos que ya hemos vivido pero también de los que estamos viviendo;
  • dónde vengo y a dónde voy. Vengo de la humildad, la sencillez, la honradez, la generosidad y el sacrificio, y voy por el mismo camino sin desviarme, o por lo menos así lo estoy intentando.

 

¡Y es que no me quiero olvidar de nada ni de nadie! La vida está repleta de momentos buenos, pero también de los que no son tanto. Gracias a todos ellos nos desarrollamos como personas.

Y en especial en este día quiero tener presente que esta enfermedad no es solo de quien la sufre, también muy especialmente de la persona que le acompaña día y noche. De esa persona que llora en silencio por un mal gesto o palabra que le hace recordar que antes no era así. El enfermo adopta a veces actitudes muy cómodas, se hace difícil discernir hasta qué punto sería eso evitable, o si es solo debido al avance del mal, pero en todo caso esas situaciones del día a día hacen que el peso sea paulatinamente más difícil de sobrellevar. Los silencios prolongados al acompañante le causan dolor, porque le dan la sensación de vivir aún en mayor soledad. Tantas veces se dice “no puedo más”, y sin embargo sigue… Y se angustia y le falta el aire cuando la persona enferma tarda en llegar a casa un poco más de lo previsto, vive de cerca los episodios más fuertes de la dichosa enfermedad, está pendiente de su medicación en cada momento… Nada sería igual sin su presencia, sin la presencia de las familias y cuidadores que velan por el bienestar de estos enfermos.

Hay que intentar sacarle el jugo a cada instante, porque algún día llegará la oscuridad, pero hasta ese momento quiero contribuir a que esta persona muy querida por mí viva con la mayor plenitud posible, y que los recuerdos que aún le queden sean de ese modo felices.

 

 

Hace semanas escuché en la radio a la esposa de un enfermo de alzhéimer el siguiente pensamiento que comparto: “no hace falta tener buena memoria para tener buenos recuerdos.”

 

 

 

 

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

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Quiero calzar los zapatos que tú llevas puestos

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Por Carmen Prada

Atticus Finch, personaje principal de la cinematografiada novela “Matar un ruiseñor”, dejó esta perla de frase: “nunca conoces a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y caminado con ellos”.

¿Cuántas veces hemos calzado nuestros pies con los zapatos de otro? Nos atrevemos a juzgar a las personas tanto cuando las creemos conocer bien como cuando sabemos que no es así. Sinceramente, hay momentos y circunstancias en las que ya no sé qué es peor, juzgar a quien conoces o hacerlo con quien no.

Nos atrevemos a juzgar a quien conocemos, a ese que por momentos nos ha acompañado, al que hemos llamado y siempre ha descolgado el teléfono… y un día de repente, por una acción o simplemente por “deporte”, ¡lo juzgamos! Y además, cuando lo hacemos, casi siempre es en términos de condena. Me pregunto, ¿tenemos derecho a ello? ¿Por qué nos atrevemos en ese momento a hacerlo? ¿Somos tan autocríticos con nosotros mismos? Tengo muy claro que nuestra memoria es selectiva, a la vez que interesada.

Cuando algo así te suceda, quizá debas pensar si las personas de este tipo son merecedoras de tu confianza, no pierdas tiempo, no te quedes estancando, pon un punto en el medio y sigue caminando. Aprende de la experiencia y crece con ella. ¡La vida es crecimiento, son momentos, reencuentros, experiencia, no podemos perder el tiempo!

Y en el segundo caso, ¿por qué nos atrevemos a juzgar a quien ni conocemos? ¿Nos hemos puesto sus zapatos? ¿Hemos caminado por el mismo barro? ¡Qué fácil es ser simple! Todos tenemos un pasado, muchos sin superarlo, ahogados en los recuerdos y en los miedos, guardando silencios demasiado largos, con temor a pronunciar ciertas palabras…

Me causa estupor ver cada día cómo las personas vamos perdiendo esos valores que hemos mamado desde pequeños, nos llegamos por momentos a creer que son una alternativa, negociamos con ellos sin escrúpulos, nos hemos sumergido en una sociedad cargada de prejuicios de todos los tipos, nos encontramos sumergidos en un mundo egoísta, interesado, materialista… Se valora a las personas etiquetándolas:

  • por la condición económica;
  • por el estilo de vida;
  • por las puertas que te puedan abrir;
  • por su pasado;
  • por su presente;
  • por su vida profesional;
  • por su credo, color de piel, procedencia, cultura…

Y alguien estará afirmando, ¡cómo que a mí no me juzgan! Ahí está el problema, “si conmigo lo hacen, ¿por qué no lo voy hacer yo?” Porque entonces eres de los que ven la paja en el ojo ajeno, sumándote a la masa.

Te hago una pregunta, si eres de este tipo de personas, ¿en cuántas ocasiones te has plantado frente al espejo y has sido capaz de mantener la mirada fija en lo que se refleja en él? Temes, te sientes extraño, no te gusta lo que ves, evitas la mirada, ¡pues ese que ves, eres tú!

Gracias a Dios cada semana tengo motivos para pensar que hay personas desinteresadas, preocupadas por los demás, que desean aportar su granito de arena para que no existan juicios de valor, personas que lo que reciben a cambio es nada más y nada menos que la satisfacción de ayudar a los demás, de hacer más grandes sus alegrías y de contagiarles con sus ilusión.

¡Me uno, lo deseo, anhelo aspirar a ello!, quiero caminar con esos zapatos, no quiero ver rostros ni condiciones, quiero coger de la mano al que me necesite para caminar, me niego a contagiarme, me horroriza que alguien haga un recorrido escabroso en soledad, me encanta transmitir una sonrisa, disfrutar con la alegría de otro, vivir y ayudar a saborear la vida, me gustaría evitar que las personas pasasen de puntillas por la tierra, quiero, quiero y quiero… calzar los zapatos que tú llevas puestos. Y si en algún momento te das cuenta que me descalzo, hazme recordar que para caminar hay que ir calzado…

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Somos seres afectivos

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Por Carmen Prada

Hoy toca algo distinto, ¿qué va a cambiar? Simplemente la forma de plantear el tema que voy a tratar. Nos va a tocar trabajar a todos, voy a ir dejando preguntas y cada cual que haga su propia reflexión. Además, podéis compartirlas en comentarios y quizá nos ayudemos unos a otros.

Hablemos del amor. En nuestra sociedad ha ido cambiando el concepto de lo que entendemos por amar, también sufrir por amor, concebirlo como un proceso con batacazos y recompensas, pero lo que no cambia es que como el aire y el agua, sin amor no podemos subsistir.

 ¿El amor tiene un significado universal? Para mí este sentimiento es personal e intransferible, como el ADN. Cada uno damos y acogemos de manera diferente. La dificultad radica en que la interrelación sea fluida, pues hay a quien le cuesta dar, pero no olvidemos que hay a quien también le cuesta acoger. ¿Realmente uno recibe en proporción a lo que da? ¿Se puede llamar amor cuando se da esperando recibir? ¿Das lo que crees dar…?
Realmente complicado, lo admito. Difíciles preguntas a las que hacer frente…

¿Por qué algunos amores se agotan? ¿Se puede evitar de forma continuada la monotonía? ¿Es posible mantener el amor con la misma intensidad? ¿Todo se puede asumir por amor? ¿Necesitas el amor en tu vida? ¿Todos necesitamos “vivir de esa pasión”? Y ya no hablo del amor de pareja, pues hay mucha gente que sufre la soledad, a pesar de vivir rodeada de vecinos o poder estar conectados por las redes sociales a un montón de personas. Por ello hay personas que buscan la compañía y una caricia en los animales, otros que banalizan el amor haciendo de ello una permanente aventura. La amistad es una muy noble forma de amor, quizá la más necesaria.

Pero el amor y la amistad son muchas veces palabras que se las lleva el viento. De nosotros depende en gran medida demostrar que nos importa una persona, darle valor y autenticidad a la relación que tengamos con ella, sea del tipo que sea.

El amor se muestra, se expresa, se dona, también se habla e incluso se canta y se baila. Y si no es así, piensa que quizá algo estás haciendo mal.

Vivimos atrapados y atropellados por la rutina, las prisas, el egocentrismo que nunca nos hará felices…

Y a veces llegamos al andén, y de repente nos damos cuenta de que hemos perdido tontamente el tren por habernos entretenido demasiado en el quiosco de la estación…

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Esa última ola…

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Artículo publicado por Carmen Prada

Las dos pequeñas que estaban junto a mí, poco mas allá de la orilla del mar, cuando el agua nos llegaba a la altura de la cintura, sentían lo mismo que yo: simplemente disfrutaban.

Una de ellas, que parecía la que llevaba la voz cantante, le decía a la otra: “venga, la última ola y salimos, que mamá nos va a regañar”. Al escucharla pensé que esa sería la última mía, también. Pero venía esa última ola que nos habíamos prometido, y ¡¡ahí seguíamos!!

Nos estábamos engañando a nosotras mismas, pero nos encantaba, porque estábamos gozando con cada una de ellas que llegaban, pensando en que se retrasase la siguiente, y mientras tanto la brisa, la frescura del agua… y esa última ola para nosotras llegó y allí seguíamos las tres, disfrutando como pequeños pececillos. No nos importaban las que estuviesen por venir, ya que cualquier preocupación dejó de existir, dejándonos llevar por esa sensación de tranquilidad.

Aun cuando sufrimos, lloramos, nos falta el aire, no encontramos la salida, esperamos esa última ola pero, ¿cuándo saber en cuál retirarse? ¿Qué debe pasar para que tomemos la decisión definitiva? Pues quizá que esa última ola sea tan grande y fuerte que haga que traguemos tanta agua que no seamos capaces de salir a flote. ¿Realmente es necesario llegar a ese punto?

Si pensamos un poco, tanto para lo bueno como para lo que no es tanto, nos cuesta horrores salir de nuestra zona de confort, sea cual sea la situación de cada uno en cada momento. Esa zona que nos da miedo abandonar por si lo que esta por venir es aún peor de lo que ya tenemos, ese conocido: “por si acaso…”.

Las tres como peces en el agua disfrutábamos de esa ola y de la siguiente y la otra porque nos sentíamos felices con cada una de ellas… Pero el que sufre, el que no ve una salida, el que tiene miedos, ese debe tirar de valentía y apearse antes de que la siguiente ola se presente, ya son demasiadas olas de oportunidades.

Yo deseo disfrutar del frescor del aire, de la arena bajo los pies, de un beso, de la familia, del amor eterno, de un olor, de una canción acompañada de recuerdos, de la cercanía de un amigo, de una oportunidad, pero también soy consciente que debo ser valiente cuando camino bajo la lluvia sin paraguas, cuando me encuentro entre dos caminos con direcciones opuestas, ante la melancolía, las dudas, una decisión a tiempo, frente a un día gris que puede pintar de color, caminando por un sendero pedregoso y hasta sacar la valentía con humildad hasta en un error.

Pero siempre, eso sí, tirando en estos casos de casta y seguramente en ocasiones con miedos, cogeré esa última ola, porque para la próxima, ya me habré apeado.

Yo soy yo… pero tú, Fernando, Juan, Laura, Daniel, Enrique, Sonia, María, Nuria, Marta, José, Blanca, Charo, Rebeca, Carlos… todos y cualquiera con valentía, pensemos en cuál es nuestra última ola para intentar llegar a ser felices por momentos y entonces poder disfrutar como “peces en la vida”.

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, Carmen Prada

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La muerte de Jesusa no ha de ser en vano

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Por Carmen Prada

 

Así comenzaba un artículo que escribí con fecha 5 de marzo de 2016: “cuando vi colgado en una red social el llamamiento para buscar a una mujer de 82 años enferma de alzhéimer, perdida desde hacía 8 días, no lo pensé. Esta mujer vive en mi ciudad, un día como otro cualquiera salió a caminar pero no ha regresado…” El nombre del artículo es, Hoy es ella y, ¿mañana?

El pasado domingo día 3 fue encontrado un cadáver en un paraje silvestre a unos pocos kilómetros de Ponferrada, en la localidad de Cortiguera. Al día siguiente, el lunes, las autoridades confirmaron que se trataba de Jesusa. Su desaparición se produjo el 24 de febrero, y después de tantos días, sus familiares, amigos y todas las personas que nos habíamos involucrado de un modo u otro, hemos podido descansar de tal inexplicable suceso, y sabemos dónde podemos acudir para llevarle una flor o rezar por su eterno descanso.

 Muchas personas mantuvimos la fe y la esperanza de que aparecería, en una situación complicada pero que entre todos la devolveríamos a su hogar. Al ver que los días transcurrían uno tras otro y no había rastro, la duda se apoderó de mí, inevitablemente se piensa en lo peor. Y es que Jesusa podía ser mi abuela, madre, tía, amiga… y solo de pensar en esa tragedia, por momentos me impacientaba más.

El día que reconocieron su cadáver, reconozco fue un día de duelo interno, lágrimas recorrieron mi rostro y un montón de emociones me invadieron, me vinieron a la cabeza muchos momentos transcurridos en esas semanas de incertidumbre.

Momentos de emociones compartidas con más de 70 personas, que se unieron a la causa, minutos y horas en los que mi whatsapp sonaba y sonaba porque algún mensaje recibía del grupo creado con el nombre, “Por Jesusa”, pidiéndome, “por favor, Carmen, añade este número…,” y el grupo sumaba y sumaba gente. Ella ha sido capaz de unir a muchos bercianos en torno a una causa, unirnos por una esperanza, un único objetivo, y era sencillamente llegar a encontrarla.
Ha logrado que surgieran amistades, que existiesen unos lazos de unión que hasta ahora no habían existido, muchos hemos pasado horas con la mirada perdida buscándola, somos muchos los que hemos colaborado de un modo u otro.
Realmente no se ha ido, ha sido capaz de crear un lazo de esperanza entre muchos de nosotros, un lazo que en muchas ocasiones y antes de buscarla habíamos pensado ya estaba caduco, y éste ha sido el de la solidaridad.
Han sido mañanas, tardes, atardeceres, momentos en la oscuridad, en los que la hemos buscado, pero no nos ha importado, porque en nuestra mente estaba su fotografía, la de la esperanza.

Ha sido una gran experiencia en muchos sentidos, que me ha dejado ver que debemos seguir creyendo en los demás, que la solidaridad debe ser indispensable en nuestras vidas, no mirar a otro lado si la desgracia no nos salpica directamente, que la unión en la sociedad hace la fuerza, que todos necesitamos dar y recibir gestos y palabras de apoyo, que nada se puede dejar para dentro de un rato o mañana porque quizá, ese “en otro momento”, puede resultar demasiado tiempo. Que hay momentos para nuestro trabajo, estrés diario, para preocuparnos por la facturas, por llegar a final de mes, pero llegado este momento me he preguntado, ¿le damos el suficiente valor a la vida? ¡Solo tenemos una, y además el privilegio de gozar de las personas a las que queremos! ¿La aprovechamos lo suficiente? ¿Expresamos todo lo que sentimos? ¿Queremos de la forma correcta?… Muchísimas y muchísimas preguntas.

Algo sí que tengo muy claro, “nuestra Jesusa” solo hay una, pero con el apellido alzhéimer, demasiados, cada vez más. No miremos a otro lado ante esta tragedia, se está multiplicando demasiado, debemos levantar la vista cuando vayamos caminando por la calle,  y observar lo que sucede, ya que este mal no cesa… ¡No tiene piedad! Si vemos a una persona desorientada, caminar sola a una hora intempestiva o por un paraje alejado, pensemos que puede ser un caso similar, sobre todo si es alguien de cierta edad, no caigamos en el maldito individualismo de ir solo a lo nuestro, pues a lo mejor evitamos otra tragedia. Mejor equivocarnos por ser demasiado prudentes, y que nos llamen indiscretos por preguntar, que pecar de indiferencia ante una situación que puede costar una vida y mucho dolor.

Bello nombre el de Jesusa, estará en nuestra mente y en un trocito de nuestro corazón.

Te toca descansar, Jesusa, le toca a tu familia, y a todos los que hemos velado por ti aun sin conocerte. Ahora sabemos dónde te podemos encontrar para estar unos minutos a tu lado, tu recuerdo siempre estará entre nosotros. Descansa en paz.

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Un tren llamado amor

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Con cariño por Carmen Prada

Un día lo conociste, pensaste que iba a estar siempre, pero se esfumó, y cuando regresó creíste que ahora sí se iba a quedar… Pero no, falsa alarma, volvió a tomar el mismo camino y se fue.

El amor es generoso cuando es puro, no avisa, llega, lo sientes, todo dentro se mueve, suena una constante melodía en tus oídos, brilla con luz propia… Seguramente todos sabemos lo que se siente, pero cuando vuelves a vivir la ruptura y ya con cierta edad, te vienen a la cabeza infinitos miedos, dudas. Llegas a pensar que ya no hay tiempo, mi belleza no es la misma, mi poder de atracción se ha ido, no quiero volver a sentir las mariposas porque ya me han herido, deseas huir del dolor, no quieres ni besos acompañados de promesas porque regresaron, se fueron, volvieron y en nada se quedaron… ¿Y ahora qué haces? Te vuelve a acompañar nuevamente la soledad, ¿no te asusta más ésta que el amor?

Al final te das cuenta que sin amor no puedes vivir, no encuentras un motivo, una razón… Necesitas esa caricia que nadie más es capaz de prestarte cuando realmente existe el amor.

Era de las que pensaban que mi tren ya había pasado, que no encontraría esa media naranja, y es que con el paso de los años uno se vuelve más exigente y ¡no, la vida volvió a ser generosa conmigo!

Él se presentó como una ráfaga de aire fresco en mi vida, el arco iris volvió a aparecer, la ilusión de una quinceañera resucitó… y cuando sientes estas emociones y otras muchas, te das cuenta de que esa es la otra parte de ti que te faltaba para poder ser más tú misma, pues somos seres relacionales, sentimentales, necesitados de una alteridad que nos complemente. Enseguida supimos ambos que habíamos encontrado ese amor que tanto añorábamos, la amistad, la confianza y la lealtad han forjado nuestro pasado, presente y seguro futuro. Cuando algo se construye con unos pilares tan fuertes como esos no hay huracán capaz de echarlo abajo.

El amor duele y duele porque sientes. No creo en las parejas perfectas, porque todo amor es imperfecto, pero lo importante es que los fundamentos del mismo sean sanos y auténticos, más allá de los defectos de cada cual. No nos durmamos cuando lo tengamos, no nos acomodemos porque ya lo hemos conseguido, se debe celebrar cada día, no tan solo el 14 de febrero, muéstrale que tus besos, palabras y caricias son algo más que simplemente eso, hazle ver que cada día es una oportunidad nueva de crecer y madurar juntos.

Mi ráfaga de aire hoy está de enhorabuena, celebra un nuevo año. Yo disfruto de una doble celebración, ese nuevo regalo que Dios le ha dado y el que este día lo volvamos a disfrutar juntos.

Por este motivo, te aseguro que ¡el amor existe! No lo temas. Porque si le das la oportunidad de que entre en tu vida, tienes la posibilidad de que se quede. ¿Y si es ese el tren del para siempre?

Desea ardientemente el volver a sentir el cosquilleo, los minutos previos a los encuentros, los mensajes que se hacen esperar, esa voz que te hace temblar, esas las palabras que se pronuncian cerca del cuello, una mirada penetrante… No lo niegues, no te resistas, lo necesitamos como al aire, pero esta vez…Pídele, diciéndoselo al oído, que no se vaya, por favor… Porque sin su presencia no puedes vivir.

Totalmente cierto, sin tu presencia me cuesta respirar. Una vez pronunciamos, “siempre es siempre”, y un año más disfrutamos de esa frase…

Y para terminar, os invito a disfrutar de una maravillosa canción, la cual escuché por vez primera cuando mi esposo me la cantó el día de nuestra boda, aunque el pobre estaba casi afónico…

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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