Solo hay una opción sensata en la vida, vivirla

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Por Carmen Prada

A menudo he escuchado decir que cuando una persona sufre una enfermedad o un accidente y su vida corre peligro, parece que aquellos que le quieren están más preparados para asumir su pérdida… Reconozco que lo dudo, aunque también es cierto que las personas más queridas que me han dejado, ha sido en todos los casos de manera inesperada. Y puedo decir que las emociones se manifiestan como un huracán que llega a absorber todo tu ser y sentimientos.

Es duro levantarse un día, y que de una manera inesperada alguien te diga que una persona muy cercana y querida ha fallecido. Este hecho lo he vivido hace muy pocos meses, cuando me comunicaron el fallecimiento de uno de mis mejores amigos, alguien muy próximo en lo personal y profesional, un gran apoyo, en quien yo confiaba.

Cuando pronuncias la palabra muerte, las caras que percibes alrededor son de que se trata de un tema tabú, y mi opinión es que tratar algo tan evidente e inevitable, como también lo es la vida, con tanto terror e inmadurez, nos hace alejarnos de la realidad.

Es como si algo dentro de nosotros se partiese en varios pedacitos, el dolor se centra en el pecho y las lágrimas se hacen presentes como nuestras compañeras de camino. Algo cotidiano en lo que esa persona habitualmente estaba presente, nos hace recordar una y otra vez que ya no está, que no nos acompaña…

Aunque puedo decir que son innumerables las ocasiones en las que con el paso de los días me doy cuenta que esas personas están más presentes en mi vida quizá que en otros momentos lo hayan estado.

 

Uno mira al cielo en las noches estrelladas y busca cuál es la que más brillo tiene, porque sin duda, esa es la de cada uno.

 

Entonces dudas de todo, sobre todo de uno mismo. ¿Le dije todo lo que quería decirle? ¿Por qué no hice todo lo posible por verle el último día en el que quedamos para vernos? ¿De verdad sabía lo mucho que le quería y siempre le querré? ¿Le di ese tipo de abrazos que hacen crujir todo el cuerpo? ¿Estuve siempre que me necesitó? Qué sé yo, infinidad de preguntas nos inundan…

Y si éstas nos surgen con dolor, ¿será que algo nos estamos “perdiendo”? Podemos seguir toda la vida de luto, con lágrimas constantes, con recuerdos que nos alejan de toda realidad, fustigándonos por lo que dejamos sin hacer o eso pensamos… O, ¿por qué no aprovechamos estos azotes que nos da la vida para valorar todo lo bueno vivido y aprender de los posibles errores, para no volver a cometerlos con los que aún están en este mundo?

Hay personas a tu alrededor que te necesitan, que te extrañan en los momentos en los que estás ausente, viven tu dolor como suyo, cada lágrima que derramas salpica sus corazones, son testigos de tus desvelos, quisieran poder pulsar un interruptor y transformar tu llanto en tu mejor sonrisa. Pero no es tan sencillo, lo sé.

Él ya no está físicamente a tu lado. Pero sabes que le gustaría verte feliz, afrontando la vida con entusiasmo, contagiando tu alegría por doquier, algo que en ti es muy natural, pues es tu marca personal.

No te sientas mal por sentirte mal, tienes derecho a esos momentos, pero no olvides que a tu alrededor estamos personas que te queremos, que te comprendemos, pero que no renunciaremos a volver a reír contigo, pues eso también le gustará a él, allá donde esté. Muchos besos.

 

 

 

 

 

 

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, propia

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Deja que te encuentre el amor

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Artículo publicado por Carmen Prada

 

Nos paseamos por la vida idealizando demasiadas cosas. De repente, un día te das de frente con la realidad, y es cuando conoces en persona a la decepción y a la frustración.

Hay personas que no saben estar solas, necesitan siempre de la compañía o cercanía de otras. No tengo en mente edades determinadas, ni clases sociales, la necesidad de sentirse acompañadas aun sintiendo en el fondo un vacío inmenso puede más que esos filtros. Hay momentos que llenan con rapidez, pero con la misma se desinflan. Cuando se encuentran a sí mismos, en ese preciso momento comienza el vacío, la soledad más absoluta, sin darse cuenta que ni a ellos mismos conocen.

¿A qué pueden temer? ¿A encontrarse?

¿Cuántos miedos y frustraciones superaríamos así? ¡Muchos de ellos! Pero no nos damos esa oportunidad.

Por otro lado, desde bien jovencitos tenemos en mente los cuentos de princesas y príncipes. Creemos que amar o que alguien lo haga con nosotros debe ser obligatorio en esta vida, y además de una forma que nosotros mismos hemos determinado.

Llevamos años imaginándonos a nuestro príncipe azul, hemos desechado lo que no nos gustaría que tuviese, lo hemos hasta vestido y le hemos colocado todo aquello con lo que siempre hemos soñado. ¡Ya tenemos al hombre de nuestra vida!

¡Para nada! La realidad dista de la imaginación. Regresa la frustración.

El amor, el cariño, el respeto, es algo que no podemos suplicar ni pedir, simplemente llega.

A veces como un huracán, nos coge desprevenidos y sin estar preparados para recibirle y simplemente nos dejamos llevar. Esa sensación de sorpresa a veces nos confunde. Nos llegamos a cuestionar el motivo de su aparición si no lo estábamos buscando. ¿Y quién nos dice que éste que aparece como un relámpago no es el propicio?

¿Es que queremos programar nuestro encuentro con el amor?

También nos encontramos el caso contrario. Ese en el que sí o sí necesitamos sentirnos queridos pese a todo. Tenemos la necesidad de ser importante para alguien, aun a pesar de que ese alguien no sea el más adecuado… En el mejor de los casos nos damos cuenta de esas taras, y ese momento en el que queremos cambiar a la persona que tenemos en frente.

No lo intentemos, solo lograremos colocar una tirita. No podemos permitirnos ni tenemos derecho a pedir a alguien que sea la persona que no es. No podemos hacer a nadie según el “molde” que hemos diseñado. ¡Es nuestro problema, lo hemos idealizado nosotros!

¿Nos hemos puesto en el caso contrario? ¿Y si nos lo piden a nosotros?

La reflexión que ahora comienza solo es la mía, pero sí me gustaría invitar a la reflexión a todos los que me leéis.

Llega el 14 de febrero, “San Valentín”, que como todas las celebraciones del calendario litúrgico, el mercado se ha encargado de desvirtuar hasta lo grotesco, con el consentimiento de una sociedad que se deja llevar, claro… Todas hemos tenido la necesidad de sentirnos princesas en muchos momentos. Me considero una persona de pequeños detalles, romanticona, sensible ante el amor, me encantan las películas que finalizan en boda, las sorpresas me derriten… Pero con el paso de los años y con la madurez, una se da cuenta que los verdaderos momentos de demostración de amor y de cariño son esos que cada día y en varios instantes te regalan. Y digo te regalan, porque no los puedes pedir.

Los príncipes azules son protagonistas en los cuentos infantiles, la realidad es otra. Es esa que vivimos en nuestras carnes cada día.

El amor es algo que se siente, que se percibe, que se regala… Amar es darlo todo, a veces viene acompañado de dolor, otras de momentos entrañables.

Amor también es el que siente un padre hacia su hijo, el de una abuela por su nieta, el de dos hermanas, entre amigos, y cómo no, el que surge entre un hombre y una mujer.

Estamos rodeados de amor, pero sin duda el más importante de todos es ese que debemos sentir por nosotros mismos. Querernos, conocernos, aceptarnos es el mejor y único camino para poder entregar a los demás nuestra mejor versión. No podemos exigir amor, solo podemos exigirnos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás, y el amor llegará a nuestra vida de múltiples formas.

 

Porque de la misma forma que la violencia engendra violencia, el amor sembrado trae consigo cosecha de amor, aunque el factor sorpresa hace que esa cosecha pueda llegar en el modo y el momento más inesperados.

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen de Pixabay

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Deja caer tus hojas secas

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Una de esas hojas…

 

Por Carmen Prada

Con la entrada del otoño, llegan frases como “tengo una desgana…”, “me siento cansado y no he hecho nada”, “estoy medio depre”. No sé vosotros, pero yo las escucho a diario, y de algún modo esta estación no pasa desapercibida para muchos de nosotros.

Se dice que 6 de cada 100 personas padecen depresión otoñal, lo cual demuestra que sin llegar a ser algo generalizado, sí es algo que fácilmente puede afectar a alguien conocido o de nuestro entorno, pues la media es 1 persona de cada 16, cifras muy considerables. La aparición de este trastorno depende de diversos factores, como pueden ser el clima de la región en la que vivamos, cuestiones hereditarias y ambientales, e incluso la propia biología del cerebro, así como enfermedades crónicas, entre otros.

Cierto es que nuestro cuerpo y nuestra mente hacen puuff. Pasamos de la euforia del verano, con las vacaciones tan deseadas, la playa, la buena temperatura, las terrazas… Y de pronto, nos encontramos con una situación completamente diferente, anochece más temprano, las temperaturas empiezan a descender, el cambio de armario…

Hace unos días hablaba con una amiga y me comentaba que no sabía por qué, pero que parece que todo le afecta más en esta época. ¡Y es cierto!

Emocionalmente nos sentimos más vulnerables, situaciones o circunstancias que en otros determinados momentos no nos afectarían, en esta época todo parece un mundo. Las emociones están a flor de piel, nuestra sensibilidad es mayor, ya que también se acercan épocas de encuentros, de recuerdos, de reflexión. Y en muchas ocasiones volvemos a revivir momentos o palabras que se habían quedado lejos.

Hay una frase que me gusta mucho y que es muy significativa, del otoño aprendí que solo se caen las hojas, el árbol sigue en pie.

Debemos hacer una lectura positiva de estas emociones que recorren nuestro cuerpo y mente en esta época. Puede ser un buen momento para hacer una limpieza interior, sacudirnos de esas hojas secas que nos acompañan durante el año. La reflexión nos puede ayudar a sacar de nuestro yo más profundo todo aquello que llevamos acumulando, y en esos momentos en los que disponemos de tranquilidad, manta, sofá, nos puedan servir para hacer una cura de todo lo que nos rodea o incluso de nuestra propia persona.

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Amor de otoño…

Hay momentos en la vida en los cuales nos debemos enfrentar a una carga emocional importante, nuestra vulnerabilidad es mayor y esto también afecta a nuestra salud física. Nuestras defensas bajan, nuestro cuerpo se encuentra más debilitado, y se llega a producir un cúmulo de circunstancias que quizá ya existían, pero es en este momento precisamente en el que nos damos cuenta de todas ellas.

Siempre van a existir hojas secas, esas que por su propia naturaleza se acaban desprendiendo del árbol, pero también existen aquellas que por muy amarillentas que estén no se quieren desprender de las ramas. Y digo bien, no se desprenden, ¿y por qué?

Nos cuesta deshacernos de nuestros miedos, de personas tóxicas, de amistades que ya no son tal, de situaciones que se repiten a diario en nuestra vida y nos están haciendo daño, dejar de aferrarnos a lo poco que tenemos cuando podemos aspirar a más, conocer nuevas personas que nos aporten brotes nuevos para el próximo cambio de estación…

Algo sí es cierto, y es que hay cuatro estaciones y que cada año se repiten, pero, ¿y si para alguna venidera tanto el árbol como todas sus hojas se han secado?

No os voy a mentir, no me gustan los cuentos de hadas y menos a ciertas edades, las películas de ciencia ficción reconozco que no son lo mío, todas las historias de amor no terminan con final feliz y por desgracia, todo sueño lo debemos luchar pero quizá solo se quede en eso.

Pero lo realmente importante es que la vida debemos exprimirla al máximo, porque ésta no nos espera,  la fortaleza de la que nos debemos aprovisionar debe llevar una carga extra de optimismo, es importante pensar que las emociones son vitales en nuestra vida y no podemos pretender que todas ellas sean buenas. Son muchas y diversas las emociones con las que hemos de convivir, y no todas son alegres ni satisfactorias, pero es la vida, y nos acompañarán lo largo de la  misma independientemente de la estación en la que nos encontremos.

Veamos nuestro día a día poniendo la atención en los bellos colores que nos deja el otoño, que como cualquier otra estación está repleto de atractivos y encantos, todo depende de los ojos con los que  observemos el mundo que nos rodea.

Y sin duda, deja caer las penas caducas y reafirma tus proyectos con un corazón lleno de perenne esperanza…

 

 

 

Os dejo con uno de mis cantantes preferidos, ¿puede ser por mi romanticismo empalagoso? Manuel Carrasco – Otoño, Octubre

 

 

 

 

 

*Fuente de la fotografía, José Manuel López Gay (Amante de la fotografía)

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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La propia vida con distintos finales

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Por Carmen Prada y varios colaboradores

A mediados del pasado agosto di comienzo a una historia en una Red Social, que más bien era un relato con el final abierto, pues mi intención fue hacer participar a aquellas personas que les apeteciese, escribiendo cada cual su propio final para esa historia.

Historia solo había una, pero los finales fueron diversos.

Las personas que me conocen saben que yo no hago nada porque sí, sino que siempre hay una intención, buena, se entiende. Y lo digo ya que toda esta trama tenía un por qué, que no mencioné a propósito…

En nuestras vidas se repiten muchas historias, historias que se comparten entre mucha gente, con más de la que pensamos. Situaciones de desempleo, rupturas afectivas, crisis en nuestra economía, decepciones con amistades, fallecimientos, también alegrías… Pero cada uno decide cómo afrontar esa misma historia.

Nuestras emociones tienen mucho que ver con cómo vivimos determinadas situaciones, también el momento personal o profesional por el que estemos atravesando, la gestión de la autocrítica, hay períodos en los que quizá vivamos con una sensibilidad extrema…

Quizá alguna de las personas que puso final a esa pequeña historia hace aproximadamente un mes y medio, que tampoco es mucho tiempo, en el momento actual lo viviría de otro modo.

No me enrollo más y os dejo el resultado de este “experimento”, y vosotros sacaréis vuestras propias conclusiones.

“No encontraba el lugar ni el momento idóneo para saber hasta dónde podía llegar… Lo cierto es que el día amaneció oscuro y casi lloviznando, pero algo le invitó a tomar la decisión de ir a una cala cercana a su casa para estar en soledad.

Llegó y para su sorpresa, solo estaba ella y el mar, no había nadie más.
Cada vez que acudía a ese lugar se sentía desnuda porque a la vez se veía libre.
El sol doraba su piel, pensaba que éste hoy no saldría, parecía que solo lo había hecho para ella y aún más relajada se sintió.

La calita tenía unas grandes piedras que le permitían disfrutar del sol sin apenas tocar la arena.
Esa tarde algo le llamó la atención, caminó hacia su piedra preferida y se quedó ensimismada mirando el sinfín del mar.

Sabía que apremiaba el tiempo y tenía que tomar una decisión ya. En ese mismo instante mientras miraba el mar y sin darse cuenta, se puso a ello…
Era mucho lo que Encina había sufrido por amor, la vida le había golpeado fuerte, había perdido casi totalmente la fe en ese sentimiento.

Y es que, sin buscarlo ni quererlo, había vuelto a resurgir en ella y se había vuelto a enamorar.
¡No comprendía cómo  podía haber sucedido!
Pero en esta ocasión, su gran amor estaba a más de 400 kilómetros de su hogar y de lo más importante, de sus padres con los que ella vivía.

Su madre, una mujer mayor pero con gran fuerza y valentía. Su padre, que con el paso de los años se había vuelto solitario y muy dependiente de ambas. Lo cierto es que en gran medida Encina llevaba el peso de la casa.

¡Era el momento de tomar una decisión!, vivir su vida y caminar hacia su futuro o seguir viviendo una vida que aunque querida no era la suya…

¿Qué decisión tomar?”

 

Voy a colocar por orden las personas que intervinieron con “su final”, y lo haré de un modo textual, sin variar ni corregir ninguna de sus aportaciones.

  • José Manuel López Gay; “Mirando al Mar soñe….”

 

  • Susana Álvarez Fernández; “Sonrió por última vez a su querida cala y emprendió rumbo a casa, tenía mucho que hablar con sus amados padres”.

 

  • Óscar Montejo Rodríguez; Durante el viaje, su mente estaba desatada. Miedos contra ilusiones, pasado contra futuro,…. una lucha constante entre pensamientos ocuparon cada kilómetro del viaje. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Y si sale mal?¿Y si sale bien?. La locura de su mente contrarrestaba el volcán emocional de su corazón. Un cúmulo de emociones que confluian en una misma conclusión: quiero y necesito hacer esto.
    Al bajar los escalones del tren, sus piernas, temblorosas, apenas sabían donde dirigirse. Su amado no la esperaba. ¿Qué clase de sorpresa sería sino?. En su rostro, una sonrisa que llamaba la atención a cuantas miradas se cruzaban con Encina. Es uno de los efectos del amor, se nota. ¡Vaya si se notaba!”

 

  • Celia Benítez Pozo; Su cabeza le decía no lo hagas, no te vayas en busca de ese amor, pero su corazón gritaba…hazlo, vete, lucha por tus sueños, vive tu vida y sé feliz con tu amor. Entonces Encina decidió oir los latidos de su corazón, se levantó de su piedra mirando al mar y gritó: voy a ser feliz, voy a arriesgarme y vivir ese amor que me destroza por dentro.
    Cogió su coche y se fue en busca de la felicidad, pero cuando llegó él no estaba, en su puerta había una nota para ella. Abrió el sobre temblorosa y su corazón dio un vuelco al leer: Lo siento, no puedo hacer esto, Encina, perdóname pero soy un cobarde y no tengo derecho a cambiar tu vida, sé feliz sin mi porque yo no soy el hombre que tú deseas, sólo soy una ilusión”.

 

  • Marisa Riera; Y una canción que tarareaba continuamente le ayudó a tomar la decisión, quizás, más difícil pero más personal y consciente de su vida… Muchas veces, los pequeños detalles deciden toda una vida… “

 

Y tú, ¿te atreves a ponerle tu final?

 

Quiero agradeceros a todos los que habéis participado de un modo u otro en esta  historia que yo inicié y que con vuestra contribución ha tenido distintos finales. Todos ellos, son posibles. Cada uno, es especial…

 

 * Canción que Encina tatarareaba según el final de Marisa Riera

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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En el amor, ¿”siempre” puede resultar demasiado tiempo?

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Artículo publicado por Carmen Prada

En el año 1994, y firmada por Edward Zwick, y basada en una novela de Jim Harrison, llegó a los cines una cinta maravillosa, mezcla de drama y amor, con tintes de los más grandes clásicos, una película con alma, que desborda pasión y derrocha majestuosidad. Como protagonistas, Brad Pitt y Julia Ormond.

Esta preciosa historia nunca la olvidaré,  Leyendas de pasión. Sí, una vez más, reconozco públicamente que soy una romanticona empedernida, pero esta película me dejó muchas frases interesantes, y hay una que sobresale por encima del resto y la he tenido presente en muchos momentos de mi vida, “siempre, resultó ser demasiado tiempo…” Una frase con contenido, de estas que dan para un café largo de tertulia.

Y es que me viene de perlas en este caso echar mano de esta “generosa” frase para hablar sobre el tema que quiero tratar hoy.

 En los días de descanso que pude disfrutar en el mes de julio, toda mi persona absorbía información y se quedaba con detalles y momentos que me darán para mucho… pero soy consciente que toda esta información la pude procesar en parte gracias al descanso y relajación.

En una de las playas en las que estuve, observé mientras estaba a la orilla del mar, como un hombre ya adulto y una anciana mujer –intuyo que eran hijo y madre-, disfrutaban como cualquier otra familia lo podía hacer en el mar, jugando con las olas. Evidentemente mi atención no se paró en ellos por ese motivo, sino por cómo el hijo transportaba a su madre sobre el agua con una especie de carrito que flotaba sobre el mar, ya que esta mujer, pude ver después, estaba impedida y ya sobre tierra utilizaba una silla de ruedas, pues no podía caminar.

La escena en sí no era lo que me mantenía entusiasmada, sino la ternura de ese momento. Al hijo se le veía incluso más feliz que a su madre, estaba disfrutando tanto o más que ella mientras ésta no paraba de sonreír, jugaba con sus manos sobre el agua y parecía feliz. Sus miradas lo decían todo, y todo era amor. Desprendían amor y felicidad… No sabría decir cuál de los dos se sentía más pleno en ese momento.

Fue en ese preciso instante cuando me pregunté, ¿por qué nos empeñamos en llamar amor siempre a “lo mismo”?

Sé que hablar de amor, puede llegar a ser un tema recurrente, ¿qué no se ha dicho ya sobre él? Estamos por un motivo u otro cada día hablando de este sentimiento, pero también es cierto que en los últimos tiempos me he encontrado demasiadas personas que han dejado de creer en él, por un motivo u otro.

Y es cierto, puede resultar un tema cansino pero, vuelvo a preguntar, ¿por qué nos empeñamos en llamar amor siempre a “lo mismo”? Y vuelvo al comienzo, con la famosa frase de Leyendas de pasión. ¿”Siempre”, puede entonces, resultar demasiado tiempo? Puede ser que aquí esté el problema. Nos desilusionamos con el amor porque lo vemos como “enamoramiento” por una persona, por nuestra pareja, esposo… y además estamos convencidos de que la palabra “siempre” debemos eliminarla porque no es posible en este contexto. Pensamos que el amor no es eterno.

El amor es más que ese sentimiento, vi amor en la mirada de ese hijo hacia su madre. Durante la estancia en el hotel durante esos días, vi amor en una pareja de ancianos que durante todo el día iban cogidos de la mano a todas partes y cuando llegaba la noche, bailaban agarraditos en la discoteca que había en el hotel, como si fuese la primera vez.

Y es que hay amores eternos, amores para siempre. Quizá el amor más fuerte es el de una madre hacia sus hijos, yo lo noto con la mía y creo en ese amor eterno. Creo en el amor y el cariño de unos abuelos hacia sus nietos. Creo en el amor por lo que uno hace o sueña, he crecido con el cariño que mi madre siempre ha mostrado hacia sus flores y plantas, y es que hay infinitos amores que no nos traicionarán, incluso el de pareja, fijaros en los ancianos. ¡No desesperemos, existe! Lo ha hecho siempre.

Pero por encima de todo, creo en el amor que debemos tenernos a nosotros mismos y a la vida, aunque ésta a veces se presente llena de dificultades. Me tengo que querer para amar a la vida, y espero amarla siempre, porque es un regalo de Dios, y he pasado por momentos difíciles, pero les he plantado cara y todo porque sé que la vida merece la pena. Cada día es una oportunidad, cada día nos regala amor, ¡me da igual de dónde proceda, pero me lo regala!

¿De verdad os atrevéis a decir que el amor nunca es para siempre? Hagamos un pequeño ejercicio, ¿cuántos amores te atreverías a decir que tienes ahora mismo en tu vida? ¡Yo muchos, y muchos para siempre!

El primer sábado de agosto de 2012 fue un día inolvidable, el más especial de mi vida, pues celebré mi matrimonio con mi gran amor, mi gran amigo y alma gemela. Tras 4 años, que habrá quien piense que es poco tiempo, pero que han dado para mucho, puedo afirmar que el amor es posible, no faltan las dificultades, pero es viable y provechoso cultivarlo día a día, reafirmarse en el proyecto de una vida en común, compartiendo penas y alegrías, proyectos e ilusiones, momentos y sensaciones. No es imposible mantener encendido el corazón, la mirada cómplice, la caricia tierna, pero aun cuando pudiera llegar un momento de aridez, merece la pena tener presente que lo más importante no son las mariposillas en el estómago, sino la voluntad de caminar juntos, la lealtad contra viento y marea, el compromiso de ser una sola carne, el amor hecho camino, paso a paso, hombro con hombro…

No hacen bien algunas fantasías sobre un amor idílico y perfecto, privado así de todo estímulo para crecer. Una idea celestial del amor terreno olvida que lo mejor es lo que todavía no ha sido alcanzado, el vino madurado con el tiempo. Como recordaron los Obispos de Chile, «no existen las familias perfectas que nos propone la propaganda falaz y consumista. En ellas no pasan los años, no existe la enfermedad, el dolor ni la muerte […] La propaganda consumista muestra una fantasía que nada tiene que ver con la realidad que deben afrontar, en el día a día, los jefes y jefas de hogar»[137]. Es más sano aceptar con realismo los límites, los desafíos o la imperfección, y escuchar el llamado a crecer juntos, a madurar el amor y a cultivar la solidez de la unión, pase lo que pase.

Amoris laetitia, 135

 

 

 

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Somos seres afectivos

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Por Carmen Prada

Hoy toca algo distinto, ¿qué va a cambiar? Simplemente la forma de plantear el tema que voy a tratar. Nos va a tocar trabajar a todos, voy a ir dejando preguntas y cada cual que haga su propia reflexión. Además, podéis compartirlas en comentarios y quizá nos ayudemos unos a otros.

Hablemos del amor. En nuestra sociedad ha ido cambiando el concepto de lo que entendemos por amar, también sufrir por amor, concebirlo como un proceso con batacazos y recompensas, pero lo que no cambia es que como el aire y el agua, sin amor no podemos subsistir.

 ¿El amor tiene un significado universal? Para mí este sentimiento es personal e intransferible, como el ADN. Cada uno damos y acogemos de manera diferente. La dificultad radica en que la interrelación sea fluida, pues hay a quien le cuesta dar, pero no olvidemos que hay a quien también le cuesta acoger. ¿Realmente uno recibe en proporción a lo que da? ¿Se puede llamar amor cuando se da esperando recibir? ¿Das lo que crees dar…?
Realmente complicado, lo admito. Difíciles preguntas a las que hacer frente…

¿Por qué algunos amores se agotan? ¿Se puede evitar de forma continuada la monotonía? ¿Es posible mantener el amor con la misma intensidad? ¿Todo se puede asumir por amor? ¿Necesitas el amor en tu vida? ¿Todos necesitamos “vivir de esa pasión”? Y ya no hablo del amor de pareja, pues hay mucha gente que sufre la soledad, a pesar de vivir rodeada de vecinos o poder estar conectados por las redes sociales a un montón de personas. Por ello hay personas que buscan la compañía y una caricia en los animales, otros que banalizan el amor haciendo de ello una permanente aventura. La amistad es una muy noble forma de amor, quizá la más necesaria.

Pero el amor y la amistad son muchas veces palabras que se las lleva el viento. De nosotros depende en gran medida demostrar que nos importa una persona, darle valor y autenticidad a la relación que tengamos con ella, sea del tipo que sea.

El amor se muestra, se expresa, se dona, también se habla e incluso se canta y se baila. Y si no es así, piensa que quizá algo estás haciendo mal.

Vivimos atrapados y atropellados por la rutina, las prisas, el egocentrismo que nunca nos hará felices…

Y a veces llegamos al andén, y de repente nos damos cuenta de que hemos perdido tontamente el tren por habernos entretenido demasiado en el quiosco de la estación…

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Tú decides quién quieres ser

 

 

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Imagen cedida y proveniente de un trabajo realizado por Salvi Design

 

Por Carmen Prada

Una de las costumbres que, el que más o el que menos, tiene a primera hora de la mañana, cuando uno salta de la cama y apoya el primer pie sobre el suelo, por un motivo u otro es darse de frente con un espejo. A esas horas sólo pensamos: “si alguien viese con qué cara me he levantado”, “menudo pelo, esto no hay por donde cogerlo”, “esta arruga no la tenía ayer”… Pero a medida que va transcurriendo el día nos volvemos a encontrar con nuestro compañero, el espejo, en cualquier momento, como cuando nos retiramos a retocar el lápiz de labios, lavarnos las manos, cepillarnos los dientes, a desahogarnos por una desafortunada compañía… Y cuando el día llega a su fin, y las mujeres lo buscamos para extendernos la crema de noche y los hombres a indagar en la última cana que ayer no tenían, entonces es ahí, en ese preciso momento, cuando nos damos cuenta que lo que estamos viendo no es lo que hace horas habíamos observado.

Personalmente pienso que hay dos tipos de personas. La primera, aquella que le gusta prácticamente siempre lo que ve, y si algo no le encaja mira en otra dirección, pensando: “es lo que llevo viendo toda mi vida y no lo voy a cambiar ahora, al que no le guste que no mire”. Y es cierto, a estas personas ni con lejía. ¡Nadie las va a cambiar! Y el que pretenda hacerlo se sentirá frustrado una y otra vez.

La segunda, es aquella que con bastante frecuencia, lo que ve no le agrada. Ésta es consciente de que podría ser más dulce en su vida personal, o buscar ese tiempo que nunca tiene para escuchar a un amigo, tener la capacidad de comprometerse más en su trabajo, cumplir aquellas promesas que siempre se quedan en eso, quizá arreglarse físicamente para gustarse más, devolver una llamada perdida que nunca devuelve, dedicarle a la familia un poco por lo menos de lo tanto que ésta le ha dedicado… Pero también es cierto que a este tipo de personas, y no a las primeras, es a las que más difícil les resulta prácticar “deportes” como es el auto-beso y el auto-abrazo. ¿Alguna vez lo habéis practicado?

Debemos valorarnos, reconocernos y pronunciar públicamente del mismo modo nuestra satisfacción por lo bien hecho, las alegrías, el orgullo de un triunfo, una meta alcanzada y todo aquello bueno y mejor que nos suceda, sin esperar a que alguien lo haga por nosotros. Esto no es soberbia, altanería, arrogancia, sino humildad, comenzando ésta con llorar cuando debemos hacerlo, pero también celebrarlo cuando existan motivos para ello.

Alguna vez he puesto en práctica dicho “deporte,” y le digo a quien en ese momento lo precisa (y entre ellas me incluyo): “da infinidad de besos a una de tus manos, y cuando en ella no tenga cabida ni un beso más, llévatela a la mejilla y date todos esos besos que de ti venían,” todos terminan sonriendo.

Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto querernos y a la vez nos gusta tanto fustigarnos? Pon en marcha esa frase que tanto escuchamos o hemos dicho alguna vez los que somos futboleros, “hay que saber perder pero también ganar”. Afrontemos las pequeñeces que cada uno tenemos con humildad, compromiso, tenacidad, inconformismo… Pero eso sí, sin mirar a otro lado, y cuando tengamos algo que celebrar… muéstralo, compártelo, hazlo saber y sobre todo, ¡gústate mucho!

Hace ya unos cuantos años uno de los más grandes como fue Albert Einstein, dijo algo que no ha pasado de moda ni pasará: “si buscas resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo”.

Perdonémonos a nosotros mismos para así querernos y, una vez lo hagamos, tendremos la mejor versión de nosotros. Así lograremos ser quien deseamos. Tú decides quién quieres ser…

 

 

 

 

 

Carmen Prada/ Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

 

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