El silencio del buen amigo

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Por Carmen Prada

 

“Un amigo es alguien con quien se puede no hacer nada y disfrutar de ello”. Anónimo.

 

No, no me he vuelto loca.  Hace pocos días, estuve hablando con unos amigos acerca de este tema, y al yo referirme a la cita con la que empieza el post, y que comparto totalmente,  se extrañaron. “¿Cómo puede ser posible eso, Carmen?”

Tengo claro que habrá opiniones de todos los tipos, pero para mí la amistad es una de las cosas más valiosas y a la vez gratuitas que la vida te puede regalar.

La amistad no es incompatible ni con la pareja ni con la familia, y tampoco debería serlo entre sí, es decir, unos amigos pueden conocer a otros a través de ti, y eso puede enriquecer a todas las partes. En el amor soy 100% monógama, pero en la amistad no hay que pretender ser monopolizador ni absorbente, pues la genuina amistad respeta la libertad y no busca satisfacer el ego siendo el centro de atención de los demás.

A menudo comparo la amistad con el amor, pues hay amistades que lo son a primera vista, otras ves que nunca llegarán a terminar de cuajar, otras relaciones a las que les cuesta madurar, pero que a base de adversidades y buenos momentos se hacen eternas. De todos modos, cuando alguien me dice que la verdadera amistad es la que lleva años de recorrido, perdonadme que dude que a la amistad haya que ponerle unos límites de tiempo para denominarla o no como tal.

Algunos ingredientes que ha de tener: confianza, confidencialidad, alegrías, lágrimas, lealtad, música…, pero también silencio.

Cuando me refiero al silencio, lo hago porque hay momentos en los que las palabras o los gestos sobran, lo más importante es el saber estar ahí. Es más, puede que incluso en ese preciso momento no tengamos a esa persona a nuestro lado, pero solo con saber que está, que existe, nos sentimos más tranquilos.

Claro que hay momentos para disfrutar de la amistad de diferentes modos, y quizás se esté abusando de la palabra en cuestión, tal vez haya en muchas personas una gran necesidad por mostrar emociones. Curiosamente, aunque las distancias se acorten en nuestros días gracias a los avances tecnológicos, la sensación de soledad en muchas personas aumenta, y enseguida, habitualmente de forma precipitada, se pasa de decir “conocido” a amigo.

No voy a ser yo la que juzgue esta necesidad, pero sí creo que otorgar o no esa etiqueta depende de cada uno de nosotros.

Hay amistades que son largas en el tiempo, que existe una distancia geográfica, pero que cuando una vez cada mucho escuchas su voz por teléfono, es como si el tiempo se hubiese parado y todo siguiese en el mismo punto. ¡Es eterna, es incondicional!

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También existe esa en la que solo necesitas su compañía mientras te desahogas con el llanto. Aunque las lágrimas recorran tus mejillas, puedes decir que eres afortunada, pues alguien importante y a quien necesitas en ese momento está a tu lado.

Podría poner más ejemplos, pero creo que son suficientes para explicar mi idea de lo que realmente es disfrutar y sentirse bien sin hacer nada cuando un amigo está a tu lado.

¡No hace falta hacer nada extraordinario para seguir disfrutando de la verdadera amistad!

No permitas que nada ni nadie te aleje de ese amigo que de un modo u otro, cada uno a su manera, te acompaña.

Tampoco te dejes condicionar por tu situación personal de pareja, por el sexo de la persona con la que tengas esa amistad, ya que ésta no entiende ni de celos ni de prejuicios.

El mejor amigo que he tenido y tengo es el hombre que es mi esposo. Y siempre, antes y después de casarnos, ha respetado con total confianza y naturalidad que pueda tener amistad con otras personas de ambos sexos.

Siempre hay alguien dispuesto para salir por la noche, tomarse unas cañas o irse de cena… Te hago una pregunta, ¿esos son los que te acompañan cuando las fuerzas fallan y necesitas hablar? Porque si es así, ¡tienes un tesoro! Si simplemente están para lo primero, dale más valor a eso que se llama AMISTAD, y no se lo llames a cualquier cosa.

*Fuente de la fotografía, Pixabay.com

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

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Heridas que dejan huella

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Artículo publicado por Carmen Prada

Vivimos con tanto frenesí, que no reparamos en muchas ocasiones en el daño que podemos causar a otras personas, pero tampoco nos percatamos del que nos causamos a nosotros mismos. Dependiendo del grado de las heridas, con el paso del tiempo pueden suceder dos cosas:

  • que cicatricen;
  • O que sigan como en un comienzo, provocando dolor.

Me gustaría presentar esta reflexión mediante un cuento, espero que lo disfrutéis y lo reflexionéis.

“Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma debía clavar un clavo en la cerca de detrás de la casa.

El primer día, el niño clavo 37 clavos en la cerca. Pero poco a poco fue calmándose, porque descubrió que era mucho más fácil controlar su carácter que clavar los clavos en la cerca. Finalmente, llegó el día en el que el muchacho no perdió la calma para nada y se lo dijo a su padre, y entonces éste le sugirió que cada día que controlara su carácter debía sacar un clavo de la cerca. Entonces el padre llevó de la mano a su hijo a la cerca de atrás.

  • Mira, hijo, has hecho bien, pero fíjate en todos los agujeros que quedaron en la cerca.

La cerca nunca será la misma de antes. Cuando dices o haces cosas con mal genio, dejas una cicatriz, como este agujero en la cerca. Es como meterle un cuchillo a alguien: aunque lo vuelvas a sacar, la herida ya quedó hecha. No importa cuántas veces pidas perdón: la herida está allí. Y una herida física es igual de grave que una herida verbal. Los amigos son verdaderas joyas a quienes hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchan, comparten una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte”.

En ocasiones nos dejamos llevar por momentos personales que nos hacen sentirnos mal, nos encontramos con la frustración, con la falta de fuerzas, nos acompañan y vamos cargando con piedras en esa bolsa que llevamos y nos acompaña cada día y nos dificulta el caminar, ¿y que produce todo este agotamiento ante la vida? Intentar tirar esas pequeñas piedras fuera de la bolsa en la dirección en la que están las personas que más nos quieren y nos acompañan en nuestro día a día.

Nos dejamos dominar por pensamientos negativos, pronunciamos frases del tipo “¡todo me pasa a mí!”, “¿qué habré hecho yo para merecer esto?”, “¡todos parecen estar en mi contra…!” Y es que al final hacemos culpables a los demás de todo lo que nos sucede.

En momentos de tensión, esos que nos hacen llegar al límite, muchas veces sin ser conscientes, en ocasiones hacemos daño a los demás, y podemos producir heridas que quizá cicatricen, pero el dolor de las mismas ha sido sufrido. También puede suceder que haya otras que no lleguen a ser curadas, que nos lleven al arrepentimiento más absoluto pero no alcanzamos a repararlas.

Las personas que nos rodean y nos quieren, no son precisamente a las que tenemos que corresponder con culpas o heridas, sino más bien con demostraciones, sin que se queden en simples palabras o promesas, de lo importante que son para nosotros.

Porque si no pensamos antes de actuar, no tenemos en cuenta el dolor de terceros, si no valoramos lo que tenemos…, terminaremos quedándonos solos.

Está claro que el daño se puede producir en cualquier instante y de un modo rápido, mientras que su reparación nos va a costar más y eso en el mejor de los casos.

Llegados a este punto dejo dos preguntas en el aire: ¿realmente somos conscientes de que para hacer el bien a los demás, debemos estar a gusto con nosotros mismos?; ¿y que es vital conocernos en profundidad y ser humildes para de este modo poder gestionar mejor nuestras emociones?

“Voy a pasar por esta vida solo una vez. Cualquier cosa buena que yo pueda hacer o alguna amabilidad que pueda hacer a algún humano, debo hacerla ahora, porque no pasaré de nuevo por aquí.”  Santa Teresa de Calcuta

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, Pixabay

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Huye, no lo intentes…

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Por Carmen Prada

No lo intentes, huye, escapa de ello. No intentes cambiar a esa persona que ahora actúa de modo diferente a hace años, o incluso quizá meses.  Habrá momentos que no la desconoces, otros en los que está lejos de ser esa persona que un día conociste. Da igual si hablamos de un familiar, de tu pareja, de un amigo, probablemente para ti nada tiene una explicación razonable.

La vida es una noria en constante movimiento. Hay alturas en las que el estómago se nos encoge, otras que controlamos bien. Debemos tener en cuenta que las personas cambian, pero a veces para bien y muchas otras al contrario, y muestran aspectos de su persona que quizá ya estaban, pero ocultos. Aun así, seguramente sigas pensando que no es justo, que quieres recuperar a la que has perdido, que esa es la que tú conociste.

¿Alguna vez te has planteado si esa persona que tú conociste era la verdadera o más bien lo es la actual?

Las personas estamos marcadas por historias, por miedos, por complejos, tenemos cicatrices y en muchas ocasiones muchas partes de estas cosas no se superan. Puede ser justo o no, ¿pero es justo querer cambiar a alguien? ¿Te gustaría sinceramente que te lo pidieran a ti? La respuesta habitual con la que me encuentro es, ¡es que yo siempre he sido así! Puede que te sorprendiese escuchar a gente que no opina lo mismo que tú.

¡Quizá ahí este el problema! Los ojos que miran a esa persona en la mayoría de los casos son los mismos que la miraban hace un tiempo, quizá sería bueno preguntarle, ¿cómo te ves tú? Pero no busquemos una respuesta poco argumentada o nada concluyente, quizá haya perdido la perspectiva de su persona, la esencia que lo determinaba. Puede que ni ella se haya percatado.

Vivimos impregnados por cuentos de hadas, de príncipes y princesas… pero la realidad de la vida es otra. No podemos diseñar a alguien a nuestra imagen y semejanza, tampoco construirlo como un puzle. Debes respetar su evolución o involución, quién sabe… Pero desde luego, no dejes que esta situación te llegue a hacer daño a ti.

Puede que ceda a tus premisas, quizá te regale esas últimas palabras que le pediste, también que sientas que ese sorbo de café junto a esa persona sigue teniendo el mismo sabor porque así lo necesitas sentir, o que ese tema de conversación que antes existía puedas recuperarlo y con respeto.

 Mi pregunta es, ¿durante cuánto tiempo? ¿Eres consciente que tienen fecha de caducidad esas peticiones? ¡Vuelves a querer recuperar a esa persona que un día tus ojos vieron!

La vida nos pone muchas pruebas, nos somete a exámenes continuos, nos analiza diariamente, pero todo esto solo lo puede hacer la vida.

Seguro que no deseas que un día te digan frases tales como “lo hice por ti…”, “ya te lo dije…”

Esa pareja que ha dejado de ser quien tú te habías imaginado de un modo infinito, quizá un día se muestre como es, o quizá descubras que nunca la llegaste a conocer.

Ese familiar con el que siempre te has sentido tan identificado, puede que la vida le haya puesto demasiadas curvas en su vida, y ésta misma le haya hecho pasar de ser dulce y cercano a frío y distante.

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Y cómo no, ese amigo con el que lo has pasado todo, incluso hasta más horas que en tu casa, que le has acompañado y lo mismo ha hecho en los peores momentos, ya no esté cuando en otras ocasiones ya estaría de camino.

¿Dolor? ¡Mucho! Pero me reitero al transmitirte que no dejes de ser tú por intentar cambiar a nadie, no lo intentes, no te desgastes, no dejes de mirar hacia adelante.

La vida me ha enseñado que hay puertas que se cierran y otras que quedan a medias, cierra esas por las que entra una brisa fría y heladora y abre otras que justo las tienes enfrente y llevas tiempo sin darte cuenta, ya que éste lo has utilizado intentando cambiar una cerradura…

*Fuente de la fotografía, Pixabay.com

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Deja caer tus hojas secas

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Una de esas hojas…

 

Por Carmen Prada

Con la entrada del otoño, llegan frases como “tengo una desgana…”, “me siento cansado y no he hecho nada”, “estoy medio depre”. No sé vosotros, pero yo las escucho a diario, y de algún modo esta estación no pasa desapercibida para muchos de nosotros.

Se dice que 6 de cada 100 personas padecen depresión otoñal, lo cual demuestra que sin llegar a ser algo generalizado, sí es algo que fácilmente puede afectar a alguien conocido o de nuestro entorno, pues la media es 1 persona de cada 16, cifras muy considerables. La aparición de este trastorno depende de diversos factores, como pueden ser el clima de la región en la que vivamos, cuestiones hereditarias y ambientales, e incluso la propia biología del cerebro, así como enfermedades crónicas, entre otros.

Cierto es que nuestro cuerpo y nuestra mente hacen puuff. Pasamos de la euforia del verano, con las vacaciones tan deseadas, la playa, la buena temperatura, las terrazas… Y de pronto, nos encontramos con una situación completamente diferente, anochece más temprano, las temperaturas empiezan a descender, el cambio de armario…

Hace unos días hablaba con una amiga y me comentaba que no sabía por qué, pero que parece que todo le afecta más en esta época. ¡Y es cierto!

Emocionalmente nos sentimos más vulnerables, situaciones o circunstancias que en otros determinados momentos no nos afectarían, en esta época todo parece un mundo. Las emociones están a flor de piel, nuestra sensibilidad es mayor, ya que también se acercan épocas de encuentros, de recuerdos, de reflexión. Y en muchas ocasiones volvemos a revivir momentos o palabras que se habían quedado lejos.

Hay una frase que me gusta mucho y que es muy significativa, del otoño aprendí que solo se caen las hojas, el árbol sigue en pie.

Debemos hacer una lectura positiva de estas emociones que recorren nuestro cuerpo y mente en esta época. Puede ser un buen momento para hacer una limpieza interior, sacudirnos de esas hojas secas que nos acompañan durante el año. La reflexión nos puede ayudar a sacar de nuestro yo más profundo todo aquello que llevamos acumulando, y en esos momentos en los que disponemos de tranquilidad, manta, sofá, nos puedan servir para hacer una cura de todo lo que nos rodea o incluso de nuestra propia persona.

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Amor de otoño…

Hay momentos en la vida en los cuales nos debemos enfrentar a una carga emocional importante, nuestra vulnerabilidad es mayor y esto también afecta a nuestra salud física. Nuestras defensas bajan, nuestro cuerpo se encuentra más debilitado, y se llega a producir un cúmulo de circunstancias que quizá ya existían, pero es en este momento precisamente en el que nos damos cuenta de todas ellas.

Siempre van a existir hojas secas, esas que por su propia naturaleza se acaban desprendiendo del árbol, pero también existen aquellas que por muy amarillentas que estén no se quieren desprender de las ramas. Y digo bien, no se desprenden, ¿y por qué?

Nos cuesta deshacernos de nuestros miedos, de personas tóxicas, de amistades que ya no son tal, de situaciones que se repiten a diario en nuestra vida y nos están haciendo daño, dejar de aferrarnos a lo poco que tenemos cuando podemos aspirar a más, conocer nuevas personas que nos aporten brotes nuevos para el próximo cambio de estación…

Algo sí es cierto, y es que hay cuatro estaciones y que cada año se repiten, pero, ¿y si para alguna venidera tanto el árbol como todas sus hojas se han secado?

No os voy a mentir, no me gustan los cuentos de hadas y menos a ciertas edades, las películas de ciencia ficción reconozco que no son lo mío, todas las historias de amor no terminan con final feliz y por desgracia, todo sueño lo debemos luchar pero quizá solo se quede en eso.

Pero lo realmente importante es que la vida debemos exprimirla al máximo, porque ésta no nos espera,  la fortaleza de la que nos debemos aprovisionar debe llevar una carga extra de optimismo, es importante pensar que las emociones son vitales en nuestra vida y no podemos pretender que todas ellas sean buenas. Son muchas y diversas las emociones con las que hemos de convivir, y no todas son alegres ni satisfactorias, pero es la vida, y nos acompañarán lo largo de la  misma independientemente de la estación en la que nos encontremos.

Veamos nuestro día a día poniendo la atención en los bellos colores que nos deja el otoño, que como cualquier otra estación está repleto de atractivos y encantos, todo depende de los ojos con los que  observemos el mundo que nos rodea.

Y sin duda, deja caer las penas caducas y reafirma tus proyectos con un corazón lleno de perenne esperanza…

 

 

 

Os dejo con uno de mis cantantes preferidos, ¿puede ser por mi romanticismo empalagoso? Manuel Carrasco – Otoño, Octubre

 

 

 

 

 

*Fuente de la fotografía, José Manuel López Gay (Amante de la fotografía)

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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La propia vida con distintos finales

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Por Carmen Prada y varios colaboradores

A mediados del pasado agosto di comienzo a una historia en una Red Social, que más bien era un relato con el final abierto, pues mi intención fue hacer participar a aquellas personas que les apeteciese, escribiendo cada cual su propio final para esa historia.

Historia solo había una, pero los finales fueron diversos.

Las personas que me conocen saben que yo no hago nada porque sí, sino que siempre hay una intención, buena, se entiende. Y lo digo ya que toda esta trama tenía un por qué, que no mencioné a propósito…

En nuestras vidas se repiten muchas historias, historias que se comparten entre mucha gente, con más de la que pensamos. Situaciones de desempleo, rupturas afectivas, crisis en nuestra economía, decepciones con amistades, fallecimientos, también alegrías… Pero cada uno decide cómo afrontar esa misma historia.

Nuestras emociones tienen mucho que ver con cómo vivimos determinadas situaciones, también el momento personal o profesional por el que estemos atravesando, la gestión de la autocrítica, hay períodos en los que quizá vivamos con una sensibilidad extrema…

Quizá alguna de las personas que puso final a esa pequeña historia hace aproximadamente un mes y medio, que tampoco es mucho tiempo, en el momento actual lo viviría de otro modo.

No me enrollo más y os dejo el resultado de este “experimento”, y vosotros sacaréis vuestras propias conclusiones.

“No encontraba el lugar ni el momento idóneo para saber hasta dónde podía llegar… Lo cierto es que el día amaneció oscuro y casi lloviznando, pero algo le invitó a tomar la decisión de ir a una cala cercana a su casa para estar en soledad.

Llegó y para su sorpresa, solo estaba ella y el mar, no había nadie más.
Cada vez que acudía a ese lugar se sentía desnuda porque a la vez se veía libre.
El sol doraba su piel, pensaba que éste hoy no saldría, parecía que solo lo había hecho para ella y aún más relajada se sintió.

La calita tenía unas grandes piedras que le permitían disfrutar del sol sin apenas tocar la arena.
Esa tarde algo le llamó la atención, caminó hacia su piedra preferida y se quedó ensimismada mirando el sinfín del mar.

Sabía que apremiaba el tiempo y tenía que tomar una decisión ya. En ese mismo instante mientras miraba el mar y sin darse cuenta, se puso a ello…
Era mucho lo que Encina había sufrido por amor, la vida le había golpeado fuerte, había perdido casi totalmente la fe en ese sentimiento.

Y es que, sin buscarlo ni quererlo, había vuelto a resurgir en ella y se había vuelto a enamorar.
¡No comprendía cómo  podía haber sucedido!
Pero en esta ocasión, su gran amor estaba a más de 400 kilómetros de su hogar y de lo más importante, de sus padres con los que ella vivía.

Su madre, una mujer mayor pero con gran fuerza y valentía. Su padre, que con el paso de los años se había vuelto solitario y muy dependiente de ambas. Lo cierto es que en gran medida Encina llevaba el peso de la casa.

¡Era el momento de tomar una decisión!, vivir su vida y caminar hacia su futuro o seguir viviendo una vida que aunque querida no era la suya…

¿Qué decisión tomar?”

 

Voy a colocar por orden las personas que intervinieron con “su final”, y lo haré de un modo textual, sin variar ni corregir ninguna de sus aportaciones.

  • José Manuel López Gay; “Mirando al Mar soñe….”

 

  • Susana Álvarez Fernández; “Sonrió por última vez a su querida cala y emprendió rumbo a casa, tenía mucho que hablar con sus amados padres”.

 

  • Óscar Montejo Rodríguez; Durante el viaje, su mente estaba desatada. Miedos contra ilusiones, pasado contra futuro,…. una lucha constante entre pensamientos ocuparon cada kilómetro del viaje. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Y si sale mal?¿Y si sale bien?. La locura de su mente contrarrestaba el volcán emocional de su corazón. Un cúmulo de emociones que confluian en una misma conclusión: quiero y necesito hacer esto.
    Al bajar los escalones del tren, sus piernas, temblorosas, apenas sabían donde dirigirse. Su amado no la esperaba. ¿Qué clase de sorpresa sería sino?. En su rostro, una sonrisa que llamaba la atención a cuantas miradas se cruzaban con Encina. Es uno de los efectos del amor, se nota. ¡Vaya si se notaba!”

 

  • Celia Benítez Pozo; Su cabeza le decía no lo hagas, no te vayas en busca de ese amor, pero su corazón gritaba…hazlo, vete, lucha por tus sueños, vive tu vida y sé feliz con tu amor. Entonces Encina decidió oir los latidos de su corazón, se levantó de su piedra mirando al mar y gritó: voy a ser feliz, voy a arriesgarme y vivir ese amor que me destroza por dentro.
    Cogió su coche y se fue en busca de la felicidad, pero cuando llegó él no estaba, en su puerta había una nota para ella. Abrió el sobre temblorosa y su corazón dio un vuelco al leer: Lo siento, no puedo hacer esto, Encina, perdóname pero soy un cobarde y no tengo derecho a cambiar tu vida, sé feliz sin mi porque yo no soy el hombre que tú deseas, sólo soy una ilusión”.

 

  • Marisa Riera; Y una canción que tarareaba continuamente le ayudó a tomar la decisión, quizás, más difícil pero más personal y consciente de su vida… Muchas veces, los pequeños detalles deciden toda una vida… “

 

Y tú, ¿te atreves a ponerle tu final?

 

Quiero agradeceros a todos los que habéis participado de un modo u otro en esta  historia que yo inicié y que con vuestra contribución ha tenido distintos finales. Todos ellos, son posibles. Cada uno, es especial…

 

 * Canción que Encina tatarareaba según el final de Marisa Riera

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Solos entre la multitud

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Post publicado por Carmen Prada

A menudo escucho y leo en distintos lugares y medios que “la persona sincera, no llegará lejos…” Bueno, desde una perspectiva puramente pragmática y egoístamente utilitarista, quizá sea así en buena medida, pues vivimos rodeados de hipocresía, pero el humilde enfoque que yo prefiero darle a mi vida, en que son importantes e innegociables ciertos valores, me lleva a pensar que no hay mayor descanso que tener la conciencia tranquila y dormir sin desvelos.

Confieso que para algunas personas soy ya “mayor”, en cambio para otras aun soy “joven”, la verdad es que medir mi persona por la edad es algo que no me preocupa, ya que no va más allá de números. El desarrollo de cualquier persona se ve reflejado por su brillo interior.

Lo que sí es cierto es que con el paso de los años, y no pretendo parecer “la abuelita Cebolleta”, he podido constatar la transformación de los valores de la sociedad, tristemente a peor en la mayoría de los casos.

Cuando aun era una adolescente, mi madre a menudo y con preocupación y desconcierto me decía y no lo olvidaré, “hija, ¿por qué no tienes amigas como las demás compañeras?” Mi respuesta siempre era la misma, “mamá, prefiero estar sola que mal acompañada”. Lo cierto es que ya desde bien jovencita había muchas cosas que tenía muy claras.

Con el paso de los años, el tipo de amistades de las que te rodeas depende en gran medida del momento por el que uno esté pasando, de la personalidad de cada uno, de las aficiones que compartas… Y evidentemente, a lo largo de nuestras vidas, las amistades no siempre son las más acertadas.

En este momento de mi vida, sinceramente no sé si las amistadas me han elegido a mí o yo las he elegido a ellas, pero llega un punto en el que toda aquella persona en mi vida que no sume, me está restando, y enseguida se dan cuenta ellas mismas que están con la “persona equivocada”. Al final, con los años y las decepciones, tomamos más decisiones de las que pensamos.

Con el paso del tiempo, ya 40 años, sigo pensando del mismo modo que a mi madre respondía. Humildemente pienso que las verdaderas amistades sí existen, pero no son perfectas, como puede suceder también con las relaciones de pareja. Cuando una amistad profunda se ve trastocada por algún acontecimiento, el malestar y el dolor ponen de manifiesto lo importante que para uno mismo resulta dicha amistad, pero no siempre hacemos lo necesario por curar esas heridas.

¿Por qué llegamos a veces a que una amistad de este tipo se llegue a romper? ¿Por qué permitimos que se pueda deteriorar? ¿Por qué no hacemos nada para cambiar un malentendido? Porque queridos amigos, ¡hay una grave falta de comunicación en el más extenso sentido de la palabra!

Voy a compartir una reflexión que yo misma muchas veces me he planteado. ¿Por qué ante dos amistades verdaderas que están a punto de “quebrar”, la comunicación llega y se habla de lo que ha sucedido,  y mientras que en una de esas amistades sientes como que nada ha sucedido y que todo sigue como siempre, y sin embargo en la otra sientes que ya nada es igual…? No sé si os ha ocurrido, pero si pensáis un poco quizá os deis cuenta.

Alguien a quien quiero mucho siempre me dice, “Carmen, cuando la amistad es de verdad, no hace falta que se tenga una comunicación continua, porque cuando el vínculo entre las personas es profundo, espiritual, ni el tiempo ni la distancia erosionan dicho vínculo, aunque ese tipo de amistad no es el más habitual…”

En la mayoría de las ocasiones, cuando me lo dice le muestro que no concibo así el cultivo de una amistad, pero en otros momentos me doy cuenta que es la respuesta a mi anterior pregunta, acerca de por qué hay amistades que cuando las recuperaras sientes que nada ha sucedido. Con lo que esta reflexión me hace pensar que en el segundo caso, quizá nunca llegó a ser verdadera más que en apariencia.

La sociedad se ha vuelto egoísta, egocéntrica, hipócrita, interesada…, podría seguir pero no es cuestión de hacer sangre. Y es que una ve esta falta de valores cuando rodeada de personas, una se siente sola, ¿os suena?

Reconozco ser una persona que evito pronunciar la palabra amistad frívolamente, es uno de los regalos más bellos que alguien pueda disfrutar. A lo largo de mi vida, amistades verdaderas que he tenido o tengo, se cuentan con los dedos de una mano. En cambio, amistades sin compromiso, personas con las que comparto un montón de cosas, aficiones, momentos de desconexión, un café, una ronda de vinos de la tierra, animar a mi querida S.D. Ponferradina, afortunadamente tengo bastantes, pero a veces confieso que me deja un poso de tristeza el comprobar que en algunas de estas relaciones, no en todas, hay una preeminencia de superficialidad. Pero es que la amistad profunda, verdadera, no es algo que se pueda forzar ni aun solicitar, es algo maravilloso que surge cuando surge, como un oasis en medio del desierto de relaciones con poco calado. Porque en estos tiempos del WhatsApp y del Skype, puedes estar interconectado a cientos de personas de los cinco continentes y, sin embargo, sentirte muy solo, porque lo que no es profundo, lo que no toca el corazón, lo que no te implica como ser humano, o bien lo utilizas egoístamente –usar y tirar-, o bien es inevitable que te deje una cierta amargura interior. En cambio, tener aunque solo sea una amistad verdadera, le da un sentido totalmente diferente a la existencia, significa que estés donde estés y hagas lo que hagas nunca estarás solo, que hay en tu vida un tesoro que no se puede comprar con dinero. Pero resulta cada vez más difícil vivir algo así, pues nuestra sociedad es paulatinamente más utilitarista, epidérmica, superficial…

Sé que habré fallado muchas veces, que no tengo todo el tiempo que me gustaría para seguir cultivando la amistad, soy conocedora de mi carácter y personalidad, no soy la reina de la fiesta, lo siento si a veces lo que digo duele, pero si lo hago es porque quiero lo mejor para ti, amistad con lealtad. Pero también puedo decir que sin ti, parte de mi interior se sentiría vacío.

No quiero en mi vida falsas amistades, por ese motivo y después de 40 años, tengo que decir: “mamá, ¿qué te decía yo? Solo verdaderas, no banalidades”.

La amistad que no pide compromisos es una soledad liberada de la angustia de la soledad.

*Autora de la fotografía, Carmen Prada

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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Quiero calzar los zapatos que tú llevas puestos

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Por Carmen Prada

Atticus Finch, personaje principal de la cinematografiada novela “Matar un ruiseñor”, dejó esta perla de frase: “nunca conoces a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y caminado con ellos”.

¿Cuántas veces hemos calzado nuestros pies con los zapatos de otro? Nos atrevemos a juzgar a las personas tanto cuando las creemos conocer bien como cuando sabemos que no es así. Sinceramente, hay momentos y circunstancias en las que ya no sé qué es peor, juzgar a quien conoces o hacerlo con quien no.

Nos atrevemos a juzgar a quien conocemos, a ese que por momentos nos ha acompañado, al que hemos llamado y siempre ha descolgado el teléfono… y un día de repente, por una acción o simplemente por “deporte”, ¡lo juzgamos! Y además, cuando lo hacemos, casi siempre es en términos de condena. Me pregunto, ¿tenemos derecho a ello? ¿Por qué nos atrevemos en ese momento a hacerlo? ¿Somos tan autocríticos con nosotros mismos? Tengo muy claro que nuestra memoria es selectiva, a la vez que interesada.

Cuando algo así te suceda, quizá debas pensar si las personas de este tipo son merecedoras de tu confianza, no pierdas tiempo, no te quedes estancando, pon un punto en el medio y sigue caminando. Aprende de la experiencia y crece con ella. ¡La vida es crecimiento, son momentos, reencuentros, experiencia, no podemos perder el tiempo!

Y en el segundo caso, ¿por qué nos atrevemos a juzgar a quien ni conocemos? ¿Nos hemos puesto sus zapatos? ¿Hemos caminado por el mismo barro? ¡Qué fácil es ser simple! Todos tenemos un pasado, muchos sin superarlo, ahogados en los recuerdos y en los miedos, guardando silencios demasiado largos, con temor a pronunciar ciertas palabras…

Me causa estupor ver cada día cómo las personas vamos perdiendo esos valores que hemos mamado desde pequeños, nos llegamos por momentos a creer que son una alternativa, negociamos con ellos sin escrúpulos, nos hemos sumergido en una sociedad cargada de prejuicios de todos los tipos, nos encontramos sumergidos en un mundo egoísta, interesado, materialista… Se valora a las personas etiquetándolas:

  • por la condición económica;
  • por el estilo de vida;
  • por las puertas que te puedan abrir;
  • por su pasado;
  • por su presente;
  • por su vida profesional;
  • por su credo, color de piel, procedencia, cultura…

Y alguien estará afirmando, ¡cómo que a mí no me juzgan! Ahí está el problema, “si conmigo lo hacen, ¿por qué no lo voy hacer yo?” Porque entonces eres de los que ven la paja en el ojo ajeno, sumándote a la masa.

Te hago una pregunta, si eres de este tipo de personas, ¿en cuántas ocasiones te has plantado frente al espejo y has sido capaz de mantener la mirada fija en lo que se refleja en él? Temes, te sientes extraño, no te gusta lo que ves, evitas la mirada, ¡pues ese que ves, eres tú!

Gracias a Dios cada semana tengo motivos para pensar que hay personas desinteresadas, preocupadas por los demás, que desean aportar su granito de arena para que no existan juicios de valor, personas que lo que reciben a cambio es nada más y nada menos que la satisfacción de ayudar a los demás, de hacer más grandes sus alegrías y de contagiarles con sus ilusión.

¡Me uno, lo deseo, anhelo aspirar a ello!, quiero caminar con esos zapatos, no quiero ver rostros ni condiciones, quiero coger de la mano al que me necesite para caminar, me niego a contagiarme, me horroriza que alguien haga un recorrido escabroso en soledad, me encanta transmitir una sonrisa, disfrutar con la alegría de otro, vivir y ayudar a saborear la vida, me gustaría evitar que las personas pasasen de puntillas por la tierra, quiero, quiero y quiero… calzar los zapatos que tú llevas puestos. Y si en algún momento te das cuenta que me descalzo, hazme recordar que para caminar hay que ir calzado…

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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