Camina con tus propios zapatos

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Por Carmen Prada

 

Llevaba muchos años, desde la adolescencia, caminando con los mismos zapatos, un calzado que sus padres en aquel entonces habían comprado para ella con todo el cariño.

Evidentemente, esto suponía que el número de pie no había variado, porque tampoco había crecido apenas. Sus pies sufrían dolores en las plantas, durezas insoportables, grietas interdigitales, y todo este suplicio porque durante muchos años de su vida, había caminado con los dedos encogidos, ya que apenas había espacio en esos zapatos.

Después de tantos años y kilómetros recorridos en su vida, de repente paró su recorrido sin saber muy bien el motivo.

No comprendía muy bien la razón de haberlo hecho. Algo dentro de ella se removió y sintió la necesidad de descansar y reflexionar.

 

El lugar elegido por ella para hacer el descanso en primera instancia no parecía un sitio apetecible, no invitaba a nada puesto que el calor era insoportable y el sol quemaba.

 

Pero de pronto se dio cuenta que algo así, parar y estar con ella misma en un descanso, jamás se lo había planteado. Lo pensó más detenidamente y se dio cuenta con lágrimas recorriendo su rostro que nunca lo había hecho.

 

Esta parada en su vida tenía un sentido, y era buscar una explicación a por qué durante tantos años había calzado esos zapatos que no soportaba, pero de los cuales nunca se había quejado, y que incluso ella no había elegido.

 

La dificultad al caminar con ellos le había hecho perder muchas oportunidades de haber disfrutado de bellos recorridos y caminos. Todavía no había podido deleitarse con la sensación de caminar descalza, sin nada que le obstaculizase la sensación de sentirse viva, de sentirse libre.

Habían pasado tres horas desde su decisión. Seguía tumbada sobre el césped. El sofocante calor se llevaba un poco mejor sobre el frescor de la hierba. Miró a su alrededor y se dio cuenta que estaba sola, nadie le estaba observando como acostumbraban, no se sentía enjuiciada ni tampoco sometida… Por primera vez se sentía ella, aunque la sensación de soledad siempre a lo largo de su vida le había acompañado, pero lo que estaba sintiendo en ese momento era bien diferente…

Sacó de su minúsculo bolso una libreta diminuta que siempre le acompañaba, y sin ser consciente de lo que estaba realmente haciendo escribió en ella: “¿quién soy?” Enseguida y con dolor se dio cuenta que era un pedacito de muchas personas menos de ella misma.

No podía permitirse seguir así, deseaba ser dueña de sus decisiones, actos, sentimientos, emociones… Y de pronto se dio cuenta que un pequeño paso había dado, y era que había tomado una primera decisión, la de hacer una parada en su vida.

La sonrisa apareció en su rostro, y de pronto llevó sus manos hacia esos zapatos que tanto detestaba y con gran decisión se deshizo de ellos.

 

¡Era libre! ¡Era ella! Una mujer que curiosamente no le resultaba del todo desconocida…

Levantó la vista del suelo y volvió a mirar a su alrededor, y lo que vio, fue sorprendente, ¡estaba rodeada de personas y no se sentía diferente!

 

¿Había recuperado su vida? No exactamente, ¡había comenzado a vivir su propia vida!

 

 

 

  • Y para acompañar…

 

 

 

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, Pixabay

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