Heridas que dejan huella

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Artículo publicado por Carmen Prada

Vivimos con tanto frenesí, que no reparamos en muchas ocasiones en el daño que podemos causar a otras personas, pero tampoco nos percatamos del que nos causamos a nosotros mismos. Dependiendo del grado de las heridas, con el paso del tiempo pueden suceder dos cosas:

  • que cicatricen;
  • O que sigan como en un comienzo, provocando dolor.

Me gustaría presentar esta reflexión mediante un cuento, espero que lo disfrutéis y lo reflexionéis.

“Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio una bolsa con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma debía clavar un clavo en la cerca de detrás de la casa.

El primer día, el niño clavo 37 clavos en la cerca. Pero poco a poco fue calmándose, porque descubrió que era mucho más fácil controlar su carácter que clavar los clavos en la cerca. Finalmente, llegó el día en el que el muchacho no perdió la calma para nada y se lo dijo a su padre, y entonces éste le sugirió que cada día que controlara su carácter debía sacar un clavo de la cerca. Entonces el padre llevó de la mano a su hijo a la cerca de atrás.

  • Mira, hijo, has hecho bien, pero fíjate en todos los agujeros que quedaron en la cerca.

La cerca nunca será la misma de antes. Cuando dices o haces cosas con mal genio, dejas una cicatriz, como este agujero en la cerca. Es como meterle un cuchillo a alguien: aunque lo vuelvas a sacar, la herida ya quedó hecha. No importa cuántas veces pidas perdón: la herida está allí. Y una herida física es igual de grave que una herida verbal. Los amigos son verdaderas joyas a quienes hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a mejorar. Te escuchan, comparten una palabra de aliento y siempre tienen su corazón abierto para recibirte”.

En ocasiones nos dejamos llevar por momentos personales que nos hacen sentirnos mal, nos encontramos con la frustración, con la falta de fuerzas, nos acompañan y vamos cargando con piedras en esa bolsa que llevamos y nos acompaña cada día y nos dificulta el caminar, ¿y que produce todo este agotamiento ante la vida? Intentar tirar esas pequeñas piedras fuera de la bolsa en la dirección en la que están las personas que más nos quieren y nos acompañan en nuestro día a día.

Nos dejamos dominar por pensamientos negativos, pronunciamos frases del tipo “¡todo me pasa a mí!”, “¿qué habré hecho yo para merecer esto?”, “¡todos parecen estar en mi contra…!” Y es que al final hacemos culpables a los demás de todo lo que nos sucede.

En momentos de tensión, esos que nos hacen llegar al límite, muchas veces sin ser conscientes, en ocasiones hacemos daño a los demás, y podemos producir heridas que quizá cicatricen, pero el dolor de las mismas ha sido sufrido. También puede suceder que haya otras que no lleguen a ser curadas, que nos lleven al arrepentimiento más absoluto pero no alcanzamos a repararlas.

Las personas que nos rodean y nos quieren, no son precisamente a las que tenemos que corresponder con culpas o heridas, sino más bien con demostraciones, sin que se queden en simples palabras o promesas, de lo importante que son para nosotros.

Porque si no pensamos antes de actuar, no tenemos en cuenta el dolor de terceros, si no valoramos lo que tenemos…, terminaremos quedándonos solos.

Está claro que el daño se puede producir en cualquier instante y de un modo rápido, mientras que su reparación nos va a costar más y eso en el mejor de los casos.

Llegados a este punto dejo dos preguntas en el aire: ¿realmente somos conscientes de que para hacer el bien a los demás, debemos estar a gusto con nosotros mismos?; ¿y que es vital conocernos en profundidad y ser humildes para de este modo poder gestionar mejor nuestras emociones?

“Voy a pasar por esta vida solo una vez. Cualquier cosa buena que yo pueda hacer o alguna amabilidad que pueda hacer a algún humano, debo hacerla ahora, porque no pasaré de nuevo por aquí.”  Santa Teresa de Calcuta

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen, Pixabay

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