No te enamores de un hombre que no llora

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Por Carmen Prada

 

Soy consciente de que hoy, 19 de marzo, el calendario nos recuerda la celebración del Día del Padre, aunque este año la festividad litúrgica de San José se traslada al lunes 20 por coincidir con el tercer domingo de Cuaresma, que tiene preeminencia. Llevamos semanas observando cómo las tiendas se visten para ello, anuncios en los medios de comunicación, conversaciones con amigos sobre el regalo adecuado… Y a raíz de este día, quiero tocar un tema importante, pues creo que es un momento idóneo para hacerlo.

Nada me impresiona más que los hombres que lloran. Nuestra cobardía nos ha hecho considerar el llanto como cosa de mujercitas. Cuando solo lloran los valientes; por ejemplo, los héroes de Homero.  Julio-Ramón Ribeyro.

 

Esta frase representa todo lo que significa para mí el llanto en un hombre. ¿Quién dijo que los hombres no pueden llorar, que no se lo pueden permitir, que es de cobardes?

Por defecto, pensamos que llorar no es un buen síntoma, que lo debemos evitar… ¿En cuántas ocasiones has dicho o escuchado eso de “no llores, así no se soluciona nada”? ¡Pues claro que podemos y además debemos llorar!

En general, cuando alguien nos dice una frase como la anteriormente citada, en vez de ayudarnos en ese momento por el que estamos atravesando, nos produce todavía más dolor e incomprensión. En la sociedad hemos llegado a considerar el llanto una debilidad, en vez de verlo como una emoción más, como puede ser reír.

Cuando hablamos de los hombres, ¡el tema mete miedo! La debilidad que observamos en el llanto se multiplica a pasos agigantados y empezamos con las dichosas etiquetas.

Os voy a hacer una pregunta a la que cada cual responderá según su condición.

¿Has visto a tu padre llorar?

Yo os confieso que sí, la primera vez que esto sucedió me di cuenta de la sensibilidad que transmitió. De no tener miedo ni prejuicios a mostrar su llanto. Esas pequeñas lágrimas que han recorrido sus mejillas casi sin que nadie se percate de ello, han sido de liberación. Desde luego que yo no considero a mi padre un cobarde, y mucho menos débil por el mero hecho de llorar.

El llanto nos ayuda a desahogarnos, a tranquilizarnos. Nos hace sentirnos más libres, sin represiones, sin miedos.

A veces, las personas lloramos no porque seamos débiles precisamente, sino porque llevamos demasiado tiempo siendo fuertes en exceso.

Si hablamos de la figura de un padre, a mucha gente la han educado en la idea de que es el cabeza visible de la familia, la parte más fuerte, el ejemplo en muchos sentidos, y no puede permitirse el lujo de expresar sus sentimientos y como todo ser humano mostrar sus imperfecciones y miedos.

La responsabilidad es tal, que a lo largo de su recorrido en la vida la mochila que llevan permanentemente en la espalda es tan pesada, que en ocasiones se sienten solos e incomprendidos.

Pero, ¿os habéis planteado qué sucede cuando el ser humano llora de emoción? En ese momento, se produce una auténtica catarsis liberadora. En muchos casos, ese llanto viene provocado por una canción que nos envuelve en recuerdos, un reencuentro con un amigo, un ascenso profesional por el que habíamos luchado sin tregua…

Llorar de emoción se convierte en un ejercicio muy liberador a nivel emocional que se produce inmediatamente, y como consecuencia y de forma inconsciente cuando un ser humano se siente desbordado por sus sentimientos.

¿Por qué cuestionamos el llanto por sufrimiento, y no lo hacemos cuando aparece por emoción?

Lloremos cuando tengamos que llorar, no temamos a las etiquetas, compartamos esa tristeza que nos ayudará a llevarlo mejor, pero eso sí, tengamos en cuanta con quién lo hacemos… No se trata de ir llorando de esquina en esquina, se trata simplemente de liberar una emoción más que nos pesa y a veces demasiado.

Para todos los padres que son el fuerte tronco en la familia, ese espejo en el que muchos nos reflejamos… Mostraros humanos y sin miedos, ayudad a  crecer a vuestros hijos sin prejuicios y mucho menos les digáis que “los chicos no lloran, tienen que pelear”, porque los estaréis encaminando directamente a que sean “machitos” en vez de verdaderos hombres.

Y para todos nosotros, que los tenemos enfrente, dejemos que lloren. Acompañémosles en las alegrías, pero también en esos momentos en los que se muestran más frágiles. Eso sí, no os olvidéis de llevar con vosotros siempre un pañuelo, quizá alguien lo pueda necesitar. Incluso uno mismo…

Por y para los padres y en especial para el mío, que tanto nos han dado y tan poco nos han pedido. Si en estos momentos tu padre ya no te acompaña en el recorrido de la vida, no te sientas mal si al recordarlo tus ojos se humedecen.

 

Un padre jamás deja de ser padre. Un hijo, tampoco…

 

 

 

 

 

*Fuente de la fotografía, Pixabay.com

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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