Cuando un amigo se va

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Por Carmen Prada

El 24 de octubre de 2016 escribí mi post mensual en La Nueva Ruta del Empleo, no sé si como desahogo y ejercicio de esperanza ante una situación que para mí estaba siendo muy dura de asimilar. El texto era el siguiente:

“Hoy os quiero hablar de un gran amigo al que quiero muchísimo, el cual siempre me ha dicho, `Carmen, si uno trabaja únicamente por dinero en esta vida, nada le quedará cuando ya no pueda seguir haciéndolo. El dinero no sirve para mucho, ya que la pasión por lo que uno hace, el dinero no la paga´.

Prefiero no decir aquí su nombre, y lo entenderéis cuando sigáis leyendo, pues considero adecuado preservar su intimidad. Es una persona que desempeña con mucha profesionalidad y honradez sus trabajos, y digo en plural, porque además de tener su propia asesoría desde hace años, es profesor en un centro de Formación Profesional. Es la persona con mayor nobleza y entrega que conozco. Os sorprenderá, pero ¡ya podría estar jubilado! Pero ha entregado su vida a lo que hace, llegándome a confesar muchas veces que “qué haría yo sin poder hacer lo que me gusta, Carmen”.

He compartido largos cafés con él, conversaciones profundas, de fe, de política, de la vida, de la familia, de los dichosos impuestos… Yo me pasaría horas y horas con él charlando. Siempre he tenido presente una frase que a menudo pronuncia en nuestros encuentros, “el dinero solo me serviría por si un día enfermase, y aun así…”. Y es cierto, al dinero siempre lo ha tratado como al mayor traidor del hombre.

No olvidaré el momento en el que me regaló la mayor lección de vida y valentía.

Fue a principios del mes de abril, cuando sonó mi teléfono y vi su nombre en la pantalla. Pensé, ¡toca café y tertulia! Pues la realidad fue otra, y ésta se distanciaba infinitamente de mi deseo. Él llevaba una temporada con unos dolores muy fuertes en la espalda y estaba en medio de pruebas médicas. Desde el otro lado del teléfono me dice, “Carmen, ¿recuerdas que me tenían que dar los resultados de las pruebas pendientes? Pues ya me los han comunicado, tengo cáncer”.

 

Os tengo que confesar que de repente mi rostro se inundó de lágrimas (como en este mismo momento me está sucediendo al escribirlo y recordarlo), al escucharlo noté que la voz me fallaba. Dejé que siguiese hablando, y con total serenidad y calma me dijo, “no te preocupes, la vida es así, Carmen, yo estoy en paz y preparado para lo que tenga que ser. Si todo va bien esto solo será un contratiempo, y si no, no pasa nada, tú sabes que aquí solo estamos de paso”. A través del teléfono además de transmitir lo que me estaba confesando con toda serenidad, le pude intuir una sonrisa y continuó diciéndome, “¡ves, cuántas veces te dije que para qué valía el dinero!, ¿te acuerdas?”

No fue fácil para mí reaccionar con serenidad y calma, pero cuando escuché el modo con el que me transmitía lo que le estaba sucediendo, me dije que nunca podría pagarle (y no hablo de dinero), todos los valores que siempre me ha transmitido, como son humildad, sensatez, valentía, pasión por lo que hace y una inmensa entrega a los demás.

Después de acudir todas las semanas a una clínica fuera de nuestra provincia a recibir sesiones de quimioterapia, en ocasiones muy esporádicas ya que apenas tenía fuerza física, quedábamos a tomar un café. Y no olvidaré el último hasta hoy, ya que hace 3 meses que no puedo hablar con él ya que está ingresado en la clínica, bastante grave por la dichosa enfermedad.

Sentados en una terraza me dijo, “me he pasado toda mi vida entregado a los demás, estoy en un momento que en ocasiones me viene a la cabeza el pensar qué habría pasado si me hubiese querido y pensado más en mí. No sé si el dinero me salvará la vida, pero si no puede ser, estoy preparado para lo que tenga que suceder. La vida es muy corta, pasa demasiado deprisa, he tenido la gran suerte de disfrutar siempre de lo que he hecho. Y si me tengo que ir, Carmen, me gustaría irme pensando que a través de esa pasión he ayudado a personas.” Después de escucharle y con la voz temblorosa le dije, (su nombre), a mí me has ayudado mucho, y puedo decir algo de lo que últimamente no es fácil presumir, y es que tengo al mejor amigo que se puede tener y jamás me has fallado. Solo espero que te haya podido devolver una mínima parte de todo lo que tú me has regalado.

 

Ruter@s, hace tres meses para mí larguísimos que no lo veo. Hablo con su familia y me van informando, pero si hoy os estoy hablando de él es porque la sabiduría que tiene de la vida le ha terminado dando la razón.

El dinero lo necesitamos, todos queremos y necesitamos cubrir nuestras necesidades y aspiramos a una calidad de vida, no solo a sobrevivir a duras penas, que es la situación de mucha gente, por desgracia, pero os invito a reflexionar seriamente si no le damos a veces más importancia de la que realmente tiene.

¿Realmente crees que acumular riquezas garantiza la felicidad?

¿Las verdaderas amistades surgen o se compran con dinero?

¿Desaparecerían de tu vida todos los problemas?

¿Teniendo mucho dinero te daría igual cuidar o no tu desarrollo personal y profesional?

Quizá la pasión con la que desempeño todo aquello que llevo a cabo, el mirar a los ojos a las personas sin esquivarlas, el dar sin pensar en cuándo recibiré, el intentar por lo menos arrancar una sonrisa en un momento delicado, y sobre todo ir por la vida teniendo claro que a mí la felicidad me la aportan pequeños momentos, como esos cafés con mi amigo, son las cosas que me hacen sentir viva.

Ojalá pronto lo pueda volver a ver, y que me pueda decir que “el dinero me ayudó a hacer frente a una enfermedad y gracias a él la pude superar, pero lo que me mantuvo vivo, ¡fueron las ganas de vivir!”

 

Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro, y podéis creerme que conocerlo ha sido uno de los mayores regalos que la vida me ha dado, espero y rezo de corazón por su pronta mejoría, pues mi amigo es una persona de la que se aprende cada día en el terreno profesional y personal, y aún tiene mucho bien que hacer en este mundo, si Dios quiere.”

 

 

Como arriba he señalado, esto fue publicado en octubre. Pues bien, el pasado 21 de diciembre de 2016 me despertaron con la dolorosísima noticia de que en la noche había finalizado su existencia terrena. Fueron días realmente duros e intensos, y en su multitudinario funeral quedó de relieve el mucho bien que hizo por tanta gente. En estas situaciones, las lágrimas brotan no solo de tristeza, sino también por la impotencia de no encontrar la forma de expresar el agradecimiento hacia la persona fallecida.

Nuestros cafés, tertulias y confesiones no volverán, pero siempre me sentiré una privilegiada por haber podido contar con su generosa amistad, su ejemplo y sabiduría de vida.

Él se fue en paz, y me consta que el legado que ha dejado en todos los que lo conocimos perdurará mientras vivamos cada uno de nosotros.

Solo puedo decirte, querido amigo, GRACIAS POR SER UN ÁNGEL EN MI VIDA, EN MÍ TU RECUERDO SIGUE VIVO, Y ESPERO VOLVER A ENCONTRARTE EN LA ETERNIDAD.

Carmen Prada | Consultora de Desarrollo Personal y Profesional

Imagen de Pixabay

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4 comentarios en “Cuando un amigo se va

  1. Carmen, cuando las palabras contienen buenos sentimientos y cuando dejan una “foto” de ese ser extraordinario que se ha ido, poco mas queda por decir. Tambien hay una “foto” tuya, de alguien que es capaz de escribir palabras que son imagenes. Cordial saludo
    Luis

    Le gusta a 1 persona

    • Gracias, Luis, por tus palabras. Cierto, era una persona extraordinaria a la que debo mucho.
      Me dejas intrigada con la última frase, espero y deseo que esa “foto” mía que mencionas, sea una “foto” cargada de buenos sentimientos. Intentaré honrar el legado que este gran amigo me dejó, para así crear esa imagen.
      ¡Un abrazo!

      Me gusta

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