No lo compliquemos más, por favor

2016-03-9--17-18-49

 

Por Carmen Prada

Partamos de la base de que la palabra “feminismo” es definida por la R.A.E. como “ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”. Pero, ¿realmente sabemos lo que es una ideología? Pues dice la R.A.E. que es el “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político…”

Bien, teniendo en cuenta que el “feminismo” es una ideología, se podría decir que el feminismo es un conjunto de ideas fundamentales, y se supone que éstas tendrán una cierta homogeneidad, más allá de matices, y que quienes apoyan esta ideología – y cabe suponer que la inmensa mayoría de las mujeres defienden tener los mismos derechos que los hombres – tendrán en su vida diaria una serie de pautas de conducta que también tengan una cierta homogeneidad, más allá de matices…

Todo esto no pasa de ser un razonamiento sencillo, pero la realidad es mucho más compleja, sin duda, porque lo que yo me encuentro en el día a día son mujeres que sí, que al menos de palabra piensan que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres, con lo cual son feministas, se reconozcan o no como tales, pero a la vez protagonizan situaciones que más bien reflejan lo contrario. Y no son nuestras palabras las que de verdad hablan de nosotros, no. Los que de un modo elocuente, certero y nítido hablan de cada uno de nosotros, son nuestros hechos, comportamientos y decisiones.

Soy mujer, con mis virtudes y mis defectos, y conocedora de mis limitaciones, con objetivos y metas en mi vida, en la cual nunca me han faltado obstáculos que salvar, y algunos por razón de mi sexo, es cierto. Pues fijaros, me atrevo a decir y sin pelos en la lengua que de esto nos estamos encargando todos, hombres y mujeres. Sí, chicas.

Lo mismo cobramos menos que ellos, en algunos casos, por el mismo trabajo, que necesitamos demostrar dos veces más nuestra valía para estar en puestos de responsabilidad, como escuchamos eso de “para este trabajo una mujer no valdría…”, sin olvidarnos de “¿tienes hijos o tienes pensado tenerlos?”, esto entre otras muchas. Por poner solo algunos ejemplos en el campo profesional.

Pero es que en el personal, también hay mucha tela que cortar. Evidentemente, a mí ninguna de las situaciones anteriormente mencionadas me hacen ni pizca de gracia, pero hemos llegado a un punto de irrespetuosidad en el que, ¡quién lo iba a decir!, recuerdo con nostalgia, y no porque me gustaran, aquellos tiempos en los que algún hombre, y no necesariamente albañil, te echaba un piropo. Ahora lo que se estila es la obscenidad,  ya que una mujer va por la calle y puede escuchar auténticas barbaridades que no se pueden ni reproducir, tanto de día como de noche. Si tales groserías las pronunciase una mujer… Uff, no quiero ni pensarlo.

Voy más allá, si un hombre suelta algún taco no pasa nada, es un hombre. Ahora, si éste lo reproduce una mujer, ¡menuda mal hablada! Si se toma 2 copas de más, tampoco pasa nada, es un hombre. Ahora, si lo hace una mujer, ¡cómo se pone ésta! Un hombre sale a tomar algo, a cenar… con varias mujeres, y se escucha “no sé cómo lo hace, pero éste siempre tiene una suerte…”. Claro que en el caso contrario, menos guapa cualquier cosa… Tampoco nos pasemos con la ropa, porque igual es que vamos provocando y después pasa lo que pasa…

Pero ojo, porque el machismo existe también porque hasta cierto punto lo hemos permitido, agachamos la cabeza ante situaciones injustas, hasta nos cuestionamos ser madres o no, según el mercado laboral. Pues algo falla, hay sin duda mujeres conformistas que están muy a gusto en su inmovilismo, no es que muestren mucho querer la igualdad. Sucede que después va otra mujer que sí da un golpe encima de la mesa y además con argumentos, y tiene un burofax en su casa cuando llega. Con lo que, como muchas veces he repetido, ¡las mujeres somos nuestras propias enemigas! Y siento si alguna se ofende y recurre a la frase, “¿y qué vamos a hacer?, aceptas o a la calle”. Perdonadme, solo que acepte una, se inicia esa diabólica dinámica…

Etiquetas ideológicas hay muchas, y reconozco que a mí me resulta harto difícil identificarme con cualquiera de ellas, pues en todas hay incongruencias y aspectos que chirrían, por no hablar de los intereses inconfesables que siempre hay detrás de cada movimiento ideológico, pero una cosa tengo clara, y es que posicionarse en contra de la injusticia de un modo sincero, pasa inexorablemente por denunciar aquellas situaciones de las que también podemos resultar injustamente beneficiadas a veces. Pongo 2 ejemplos, uno más desenfadado, que no frívolo, y otro mucho más grave. Me repugna ver cómo las mujeres entran en los garitos como ganado – esa es la idea – cuando su acceso es gratuito, mientras que los hombres han de abonar entrada. Y no nos quejamos, aunque nos utilicen como reclamo de clientela masculina. Me produce vómito que las mujeres entremos en ese juego. Pero aún me parece mucho más grave tener conocimiento de casos reales en los que la resolución judicial sobre la custodia de los hijos ha favorecido a la mujer, siendo ésta bastante más inadecuada que el padre para asumir esa responsabilidad. ¿Queremos igualdad y justicia? Bien, reivindiquemos, pero no callemos tampoco ante situaciones en las que un hombre tenga razón para protestar.

Como he dicho antes, no soy capaz de identificarme con ninguna ideología, y aunque sea de forma muy breve y simple, permitidme que enumere algunas:

-el machismo sostiene que el varón es por naturaleza superior a la mujer, y que por este motivo ésta ha de vivir sometida a aquel, sin poder desarrollarse como sujeto autónomo;

-el hembrismo es la contraposición del machismo, pues defiende el dominio, represión y prepotencia de la mujer respecto al hombre, así como la discriminación favorable a la mujer;

-el feminismo, como ya se ha explicado al principio, tiene como objetivo la reivindicación de derechos de la mujer, se opone a la dominación de los varones sobre las mujeres y a la asignación de roles sociales por razón de sexo;

-el masculinismo se considera la contraparte del feminismo, ya que busca la igualdad con la mujer, pero desde el punto de vista del hombre. Temas como la custodia de los hijos o la trivialización / silenciamiento / ridiculización  de la violencia de la mujer contra el varón son algunos de sus caballos de batalla habituales;

-el humanismo propone una ética en la que la dignidad y autonomía del individuo son centrales, aboga por la libertad responsable, la tolerancia y el altruismo, pero niega la dimensión trascendente de la persona, pues todo lo somete a pautas racionalistas, cientificistas y tecnologistas, haciendo del ser humano el centro de todo.

En fin, un artículo como éste, que no pretendo sea una tesis,  no da para más, pues el tema es complejísimo, y de cada una de estas ideologías se derivan a la vez un montón de variantes de toda índole, pero creo humildemente que si de corazón buscamos hacer de este mundo un lugar mejor, si procuramos practicar la empatía con nuestros semejantes, no tiene que ser tan difícil encontrar el equilibrio. Estamos en el mundo para caminar juntos, para construir juntos, para crecer juntos. Ni yo ni ninguna de estas ideologías está en posesión de la verdad, pero una cosa es segura, y es que cualquier iniciativa que fomente o se alimente de la ira, el deseo de revancha, la prepotencia y el afán de someter a los demás a sus esquemas, no hace más que complicar y aumentar el conflicto, lo que se ha venido a llamar tristemente como guerra de sexos.

No tengas miedo a echar a la basura tus prejuicios. No tengas miedo a liberarte de tus demonios. No tengas miedo a que te llamen iluso. No tengas miedo a construir un mundo mejor. No tengas miedo a ver en cada persona un regalo, una oportunidad. No tengas miedo al miedo.

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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