Ana y sus pies descalzos (1ª Parte)

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Relato publicado por Carmen Prada

A sus siete años de edad, Ana era ya consciente de que algo le diferenciaba del resto de personas que de un modo u otro le acompañaban cada día.

Había nacido en el seno de una familia muy humilde. Sus padres, tanto a ella como a su hermana Magdalena, que acababa de cumplir veinte años, le habían inculcado todos los valores y principios que unos padres honestos, honrados y sensatos podían transmitir a sus hijas.

La familia vivía en una hermosa localidad en la costa asturiana, Llanes. Sus calles empedradas, sus estupendas playas y sus paisajes protegidos hacían que fuese una atracción turística, por lo que todo el año, pero especialmente en verano, el lugar se llenaba de visitantes.

A Ana le encantaba mirar a través de la ventana de su habitación y observar cómo la gente deambulaba por la calle, nadie parecía tener prisa, sus caras desprendían alegría, despreocupación… Y eso a ella de una manera inconsciente le producía calma. A menudo disfrutaba con el bienestar del resto de las personas, y es que este hecho le producía una paz interior que sin percatarse de ello, le dibujaba una sonrisa en su rostro.

Aun con su temprana edad, continuamente le surgía la misma duda, ¿Por qué mis compañeros de colegio, mi familia, los turistas van siempre calzados? Y lo cierto es que, este hecho le diferenciaba del resto de las personas.

Ana recordaba haber caminado siempre descalza y no encontraba una explicación. Porque al igual que a sus compañeros, le hubiese gustado estrenar sandalias, o calzar esos zapatos que no podía evitar de una manera fervorosa pararse a observar cada día ante el escaparate de la tienda que estaba a pocos metros de su casa.

Caminar descalza hacía que sus pies padeciesen, aunque era una niña con mucha vitalidad, fortaleza y buena salud, así que acostumbrada como estaba lo sobrellevaba bastante bien. Lo peor era cuando llegaba el frío o la lluvia, ya que sus pies se volvían más vulnerables, el frío le causaba muchos picores y la lluvia le provocaba una mayor sensación de cansancio aun cuando estaba en un lugar resguardada y con calor.

Ana era de otra pasta, y rápido se reponía de estos pequeños calvarios que le producían sus pies descalzos, aunque quizá por su edad no llegaba a comprender por qué ella. Aunque sí es cierto que había asumido y además con valentía “su misión”, la de andar descalza por la vida.

Era una niña inquieta, y un domingo en medio de la comida familiar se le ocurrió en la mesa preguntar a sus padres; “¿por qué todos vais con vuestros zapatos y yo tengo que caminar siempre descalza?” Su madre tomó la palabra y le respondió; “hija, todos en la vida hemos venido con una “misión” bajo el brazo, es pronto para que lo comprendas, eres joven aunque lista, pero en cualquier momento te darás cuenta cuál es la tuya…”

Carmen Prada | Asesora de Desarrollo Personal y Profesional

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